Trump y Netanyahu: la alianza que ha condicionado Oriente Próximo y afronta su mayor prueba

Durante más de una década, Donald Trump y Benjamín Netanyahu han construido una de las relaciones políticas más singulares de la escena internacional. Han intercambiado elogios públicos, se han presentado mutuamente como aliados imprescindibles y han defendido una visión compartida sobre las amenazas que afronta Israel. Pero también han protagonizado desencuentros, reproches y episodios de profunda desconfianza.

La guerra que estalló en Oriente Próximo ha vuelto a poner esa relación bajo presión y ha dejado al descubierto una realidad incómoda: incluso entre dos dirigentes que han basado parte de su liderazgo en la fortaleza mutua, los intereses nacionales pueden acabar imponiéndose a la afinidad política.

Una relación marcada por los altibajos

Uno de los principales puntos de unión entre ambos ha sido Irán. Netanyahu convirtió durante años la contención del régimen iraní en una prioridad absoluta de su política exterior. Trump respondió a esa demanda durante su primer mandato retirando a Estados Unidos del acuerdo nuclear firmado en 2015 entre Teherán y las grandes potencias.

Aquella decisión representó probablemente el momento de mayor sintonía entre ambos dirigentes. Para el primer ministro israelí suponía la validación de una estrategia que llevaba años defendiendo; para Trump, una oportunidad para reforzar su imagen de aliado firme de Israel.

Sin embargo, la relación nunca fue lineal. Tras la victoria electoral de Joe Biden en 2020, Netanyahu felicitó públicamente al nuevo presidente estadounidense. Trump interpretó aquel gesto como una deslealtad y tardó meses en recuperar el contacto con el dirigente israelí. Las heridas personales demostraron entonces que la cercanía política tenía límites.

El regreso de Trump recompuso la alianza

Cuando Trump regresó a la Casa Blanca, Netanyahu fue el primer líder extranjero recibido oficialmente. El presidente estadounidense volvió a presentarse como el gran defensor de Israel, mientras el mandatario israelí recuperaba un interlocutor mucho más receptivo a sus planteamientos.

La relación parecía plenamente restablecida. Incluso hubo gestos simbólicos de enorme relevancia. Netanyahu llegó a proponer a Trump para el Premio Nobel de la Paz por su implicación en determinados acuerdos regionales, mientras el presidente estadounidense insistía en describirse como «el mejor amigo que Israel ha tenido jamás en la Casa Blanca».

Cuando los objetivos dejan de coincidir

El deterioro más evidente ha surgido en torno a cómo debe terminar el conflicto. Mientras Trump ha mostrado interés en contener la escalada y explorar salidas diplomáticas que eviten una guerra prolongada, Netanyahu se enfrenta a una presión interna creciente para mantener una línea dura frente a los enemigos de Israel.

Cada ataque, cada misil interceptado y cada amenaza procedente de grupos aliados de Irán alimentan las exigencias de quienes consideran que el Gobierno israelí debe responder con mayor contundencia.

En ese contexto, los desacuerdos tácticos se han transformado en diferencias estratégicas. Las filtraciones sobre conversaciones tensas entre ambos dirigentes reflejan una realidad inédita: Washington quiere evitar una expansión descontrolada del conflicto, mientras parte del liderazgo israelí considera que este es precisamente el momento para incrementar la presión militar.

Una relación desigual

La crisis también ha puesto de manifiesto una asimetría evidente. Israel depende del respaldo diplomático, militar y estratégico de Estados Unidos. Su capacidad operativa está estrechamente vinculada al suministro estadounidense y al apoyo de Washington en los principales foros internacionales.

Estados Unidos, en cambio, dispone de mayor margen de maniobra. Esa diferencia explica por qué Trump suele expresar públicamente sus frustraciones y amenazas con un tono directo, mientras Netanyahu recurre a mensajes mucho más prudentes y evita la confrontación abierta con el presidente estadounidense.

Incluso en los momentos de mayor tensión, el primer ministro israelí ha optado por rebajar públicamente las discrepancias y presentar cualquier diferencia como simples desacuerdos propios de una relación sólida.

¿Puede romperse la alianza?

A pesar de las fricciones, una ruptura total parece improbable. Los intereses estratégicos siguen siendo profundos: la contención de Irán, la seguridad regional y la cooperación militar continúan siendo prioridades compartidas.

Los recientes ataques estadounidenses contra objetivos iraníes demuestran que, incluso cuando existen desacuerdos sobre el ritmo o el alcance de las operaciones, ambos países mantienen una coordinación estrecha.

Sin embargo, la relación ha dejado de basarse únicamente en la confianza personal. Hoy depende más que nunca del cálculo político y de la utilidad mutua.

Lo que está en juego

El momento actual puede marcar un punto de inflexión. Para Netanyahu, enfrentarse abiertamente a Trump supondría asumir un riesgo político y estratégico difícil de gestionar en plena guerra. Para Trump, distanciarse excesivamente de Israel podría generar costes internos entre parte de su electorado y debilitar la imagen de liderazgo internacional que pretende proyectar.

Por eso, la gran pregunta ya no es si Trump y Netanyahu mantienen una buena relación personal.

La verdadera incógnita es cuánto resistirá una alianza histórica cuando los dos líderes empiezan a tener respuestas diferentes sobre cómo poner fin a la misma guerra. @mundiario