Turrientes acerca a la Real Sociedad de Matarazzo a la final de La Cartuja

La Copa tiene estas cosas: te regala un derbi en semifinales y lo convierte en un ritual. San Mamés fue un volcán, sí, pero también un escenario de esos donde el fútbol se juega con una cordialidad rara, casi elegante, como si Athletic y Real supieran que están escribiendo algo más grande que un simple partido. Y en esa primera batalla, la Real de Matarazzo fue la que dio el primer golpe: 0-1 y billete a Sevilla un poquito más cerca.

El primer tiempo fue un amago constante. Mucha intención, poco mordisco. La Real tuvo las más claras, pero se topó con un Padilla inmenso: le sacó un remate a Pablo Marín y después volvió a aparecer para negar un cabezazo de Jon Martín. El Athletic también asomó, pero Remiro respondió con oficio, colocación y esa calma de portero que parece un central con guantes.

Hubo además dos acciones polémicas bien gestionadas por Sánchez Martínez. No señaló penalti en una mano de Laporte tras un cabezazo de Caleta-Car, y lo sostuvo con una explicación que, por una vez, sonó a fútbol y no a excusa: brazo pegado al cuerpo, sin posición antinatural. Y en el rifirrafe entre Aramburu y Adama, el árbitro también estuvo fino. En un partido así, eso ya es media victoria para el espectáculo.

Tras el descanso, la Real salió con otra marcha. Padilla volvió a salvar ante Oyarzabal y el rechace acabó en el palo con Pablo Marín, aunque la jugada estaba invalidada por fuera de juego. Valverde olió el peligro y movió el banquillo con todo: Nico, Selton, Galarreta y Nico Serrano. Pero el guion ya tenía dueño: la Real estaba cómoda, seria, y sobre todo, convencida.

Y entonces llegó el momento que decide una semifinal. Una presión alta, un pase de Galarreta que Jauregizar no controla, y Turrientes, con la sangre fría de los futbolistas que nacen para estas noches, clavó el 0-1. Gol de esos que no solo valen por el marcador: valen por el mensaje. La Real no vino a resistir. Vino a mandar.

El Athletic lo intentó con orgullo, como siempre. Nico tuvo un cabezazo desviado y otra ocasión que murió en el cruce salvador de Jon Martín. Pero la Real ya estaba donde quería: defendiendo con rigor, sin caer en el caos, sin regalar transiciones, sosteniendo el partido como si fuera un libro que ya conoce el final.

La eliminatoria, eso sí, sigue abierta. Anoeta dictará sentencia. Un gol no es una muralla, pero sí es una ventaja. Y la Real viaja a casa con la sensación más peligrosa en el fútbol: la de haber hecho un partido completo, maduro, y de haber encontrado el camino. @mundiario