Los televisores espían a quien los compra y el caso de LG ha convertido ese hallazgo en un problema de negocio. Una investigación publicada en vídeo, de más de dos horas de duración, sostiene que los aparatos del fabricante coreano pueden grabar audio con el televisor aparentemente apagado, registrar todo lo que se ve en pantalla y, en el peor de los escenarios, ser interceptados de forma remota para funcionar como micrófonos encubiertos. LG ha respondido con un comunicado urgente. No ha calmado a nadie.
El detonante es un vídeo de dos horas y quince minutos firmado por el canal Gamers Nexus, que ha reabierto un debate que la industria llevaba años intentando mantener en en la letra pequeña. Parte de las acusaciones se apoyan en conjeturas y no en pruebas forenses, tal y como admite el propio análisis publicado por The Verge. El problema para el sector es otro: el núcleo del asunto, el reconocimiento automático de lo que el usuario ve, no es una excepción de una marca concreta, sino el estándar sobre el que se construyó el negocio de la televisión conectada.
Claves de la operación
- El vídeo que encendió la mecha. Gamers Nexus sostiene que los televisores LG graban y almacenan audio incluso cuando parecen apagados, además de rastrear el consumo de quien los usa.
- La respuesta del fabricante. LG ha salido al paso con un comunicado rápido, insuficiente para desactivar la indignación de sus clientes y de buena parte del sector tecnológico.
- No es un caso aislado. El reconocimiento automático de contenido está desplegado en las principales marcas del mercado, con la autorización enterrada en los ajustes iniciales del aparato.
Qué graba realmente una televisión cuando nadie la mira
La tecnología que está en el centro de la polémica se llama reconocimiento automático de contenido: un sistema que identifica por huella de audio y vídeo qué canal, serie o anuncio se está reproduciendo en el televisor inteligente y lo convierte en un flujo de datos. Ese flujo alimenta la publicidad segmentada, el análisis de audiencias y la venta de inventario a los grandes compradores de medios. El aparato no necesita vernos para saber qué hacemos con él.
La incomodidad del usuario no viene solo de la grabación. Viene de que la casilla que autoriza ese rastreo llega activada de fábrica en buena parte del mercado y se entierra en un menú de configuración que casi nadie abre. Nadie pidió ese permiso. Desactivarlo tampoco es sencillo: en algunos modelos obliga a navegar por por cuatro o cinco pantallas distintas y, en otros, solo limita el uso publicitario sin detener la recogida de datos.
La respuesta de LG ha seguido el guion habitual. La compañía niega que exista un sistema de vigilancia deliberado y remite a las condiciones de uso aceptadas durante la instalación. Es un argumento legal sólido y comercialmente frágil. La mayoría de los usuarios prefiere creer que ha comprado un televisor, no un medidor de audiencia.
La escala del fenómeno explica por qué nadie quiere moverse primero. Cada pantalla conectada de un hogar genera cientos de millones de eventos de visionado al año que se venden a anunciantes, agencias y plataformas de medición. El dato de lo que vemos es hoy más rentable que el propio aparato.
El televisor dejó de ser un mueble para convertirse en un sensor con pantalla, y el usuario medio solo descubre el cambio cuando alguien publica un vídeo incómodo.
El pulso publicitario que sostiene el aparato más barato del salón
Los márgenes del hardware son estrechos y las marcas lo compensan con software. Samsung, Roku, Amazon, Google y las chinas TCL y Hisense compiten en el mismo terreno: regalar un sistema operativo barato y monetizar la atención que pasa por él. La publicidad en televisión conectada es la línea de ingresos que más crece en el negocio del salón, y crece precisamente porque el sistema sabe qué se está viendo.
De ahí la incomodidad de la industria con esta polémica. LG es la primera marca señalada con nombre y apellidos, pero su gran rival coreano, Samsung, despliega una arquitectura de datos equivalente. Lo mismo ocurre con los sistemas operativos de terceros que se licencian a decenas de fabricantes. Si la discusión se convierte en un problema de confianza del consumidor, el coste no lo asumirá una sola compañía. Solo cambia el logotipo.
Los fabricantes tienen además un incentivo perverso para no facilitar el apagado completo del rastreo. La publicidad contextual, la que se sirve sin identificar al espectador, se paga peor que la segmentada. Cada usuario que desactiva el reconocimiento automático de contenido reduce el valor del inventario que la marca puede colocar. Cosas que pasan en 2026.
La factura reputacional: de la tele del salón al consejo de administración
En España el asunto llega en un momento delicado para el negocio audiovisual. La televisión conectada se ha convertido en el refugio publicitario de las cadenas ante la caída del consumo lineal, y operadores como Movistar Plus+ han construido parte de su estrategia comercial sobre la medición avanzada de su base de clientes. Telefónica, matriz del operador y uno de los valores de referencia del IBEX 35, lleva años defendiendo esa pata publicitaria como motor de crecimiento. Cualquier endurecimiento del marco de consentimiento golpea directamente ese relato.
El paraguas regulatorio ya existe. El Reglamento General de Protección de Datos exige consentimiento informado para el tratamiento de datos personales, y la Agencia Española de Protección de Datos ha demostrado capacidad para actuar contra prácticas opacas de rastreo en el entorno digital. Lo que falta, según coinciden los abogados del sector, es una interpretación específica sobre el audio y la huella de contenido en los electrodomésticos conectados. Bruselas y las autoridades nacionales tienen aquí un hueco evidente.
Conviene separar dos cosas que la indignación mezcla. Que un televisor pueda grabar y almacenar audio no equivale a que exista un ejército de espías domésticos enviando conversaciones a un servidor. Pero que la capacidad técnica exista y venga activada por defecto sí es un problema de diseño, no una teoría conspirativa. La distancia entre ambas cosas es exactamente el terreno donde se juega la reputación de las marcas.
El sector tiene dos citas ineludibles en los próximos meses. LG Electronics presentará sus cuentas del tercer trimestre a finales de octubre, la primera ventana pública para medir si la polémica toca las ventas de su división de electrónica de consumo. Después llegará el CES de enero de 2027 en Las Vegas, donde todas las grandes marcas volverán a competir por el mismo titular y ninguna querrá responder a la pregunta de qué hace su televisor cuando el espectador se queda dormido en el sofá.
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