Ucrania ha decidido activar en 2026 la primera fase de desmovilización de soldados que llevan combatiendo desde el inicio de la invasión rusa en 2022. No es una decisión menor ni improvisada. Durante años, la prioridad absoluta fue mantener el frente con el máximo número de efectivos posible, incluso aplazando cualquier discusión sobre relevos. Sin embargo, la prolongación del conflicto, el desgaste humano y la evolución tecnológica de la guerra han cambiado el escenario.
El propio Gobierno reconoce que la guerra ya no se libra solo con infantería masiva, sino con una creciente dependencia de drones y sistemas remotos que reducen la necesidad de presencia humana directa en algunas zonas del frente. Aun así, el coste humano sigue siendo alto y la presión social para permitir el regreso de soldados veteranos ha ido en aumento.
Reforma del reclutamiento y fin del modelo improvisado
El presidente Volodímir Zelenski impulsa una reforma profunda del sistema de reclutamiento que entrará en vigor este año. El objetivo es claro, pasar de un modelo basado en la movilización forzosa y la urgencia a otro más estructurado, con contratos definidos y tiempos de servicio establecidos.
Hasta ahora, muchos militares no tenían una fecha clara de salida, lo que generaba incertidumbre y desgaste. Con el nuevo sistema, los contratos oscilarán entre tres y cinco años, con periodos de retorno temporal a la vida civil. La idea es dar previsibilidad, algo que los mandos militares consideran clave para mejorar el reclutamiento.
En paralelo, el debate interno se intensifica. El ejército supera los 800.000 efectivos, pero enfrenta problemas de deserción, evasión del servicio obligatorio y dificultades para atraer nuevos soldados a la infantería, la parte más expuesta del frente.
El coste humano de la guerra prolongada
Más allá de las cifras, el impacto psicológico es evidente. Los soldados que han permanecido durante meses en trincheras describen un desgaste extremo. Informes del propio Ministerio de Defensa alertan de que estancias prolongadas en el frente pueden generar una pérdida de motivación crítica, donde la supervivencia deja de percibirse como prioridad.
El mando militar ha comenzado a introducir rotaciones más claras y a limitar los periodos continuados en primera línea, que en algunos casos llegaban a superar los límites razonables para la salud física y mental. La guerra, en este sentido, no solo desgasta territorios, también erosiona a quienes la sostienen.
Salarios más altos y una guerra que cambia de forma
Uno de los cambios más visibles es el aumento salarial. Los soldados en primera línea podrán llegar a cobrar entre 4.800 y 7.700 euros, más del doble que antes. El Gobierno busca con ello reforzar la motivación y hacer más atractivo el servicio militar en un contexto donde el reclutamiento es uno de los principales problemas.
La financiación de este esfuerzo dependerá en gran medida del apoyo internacional, especialmente de la Unión Europea. Pero el debate de fondo va más allá del dinero. La guerra está dejando de ser solo una cuestión de resistencia militar para convertirse en una prueba de sostenibilidad social.
En este escenario, Ucrania intenta equilibrar dos necesidades difíciles de armonizar, mantener su capacidad defensiva y, al mismo tiempo, evitar que la guerra se convierta en un desgaste humano sin horizonte claro. La desmovilización parcial no es solo una medida administrativa, sino una señal de que incluso en un conflicto prolongado, las sociedades buscan recuperar cierto orden en medio del caos. Como en una cuerda tensada al límite, el sistema empieza a ajustar sus nudos para no romperse por completo.
El desafío ahora será comprobar si estas reformas logran estabilizar el ejército sin debilitar su capacidad en el frente, en una guerra donde cada decisión tiene un coste inmediato y profundo. @mundiario

