La lucha por el anillo de la NBA ha vivido su desembarco en el Madison Square Garden por primera vez en el presente siglo. Las Finales no pisaban el mítico pabellón neoyorquino desde junio de 1999, una efeméride que prometía desatar el éxtasis entre la marea azul y naranja. Sin embargo, las horas previas al tercer compromiso de la serie terminaron por dibujar un escenario completamente anticlimático y alejado de la fiesta popular.
El hipercapitalismo imperante en el deporte estadounidense se cobró su peaje con unos precios de entradas prohibitivos para el aficionado común, superando los 10.000 dólares por un boleto estándar. A este elitismo se sumó la polémica decisión del propietario de la franquicia, James Dolan, de invitar a su suite al expresidente Donald Trump. La visita del mandatario provocó la militarización absoluta de los aledaños, el endurecimiento de los accesos y la cancelación de cualquier evento festivo en los alrededores.
La pleitesía de Dolan hacia su invitado enfrió de manera notable el ambiente de una grada que dedicó una sonora pitada a Trump durante la interpretación del himno nacional. En ese ecosistema enrarecido, los New York Knicks terminaron por pagar los platos rotos sobre el parqué. El conjunto de la Gran Manzana vio rota su histórica racha de trece victorias consecutivas en estos playoffs ante unos renacidos San Antonio Spurs.
El choque se desarrolló bajo unos parámetros de extrema dureza física, juego deslavazado y constantes interrupciones por parte de un arbitraje deficiente. El fango de la segunda mitad terminó por beneficiar la propuesta de supervivencia de los tejanos, que no tenían nada que perder. Los Spurs jugaron al límite de la barra libre reglamentaria y castigaron desde la línea de personal para salir de la tumba.
El encuentro ofreció un guion repleto de dientes de sierra y alternativas emocionales a lo largo de toda la noche. Los Spurs golpearon con contundencia en el parcial de apertura, estirando una tendencia que les ha permitido arrollar a su rival en los arranques de la serie. La réplica de los pupilos de Mike Brown llegó en el segundo cuarto con un vendaval de 42-24 que parecía encarrilar el definitivo tres a cero al descanso.
El colapso ofensivo de los Knicks en el último cuarto da alas al bloque de Texas
La reanudación demostró que la tormenta local estaba encapsulada y San Antonio volteó el electrónico en apenas siete minutos. La hora de la verdad, a la que se llegó con un ajustado 91-92, presenció la congelación absoluta de las ideas ofensivas de los Knicks. El bloque neoyorquino naufragó con un doloroso 7/27 en de campo y un 2/14 en triples en el último cuarto.
A excepción de Jalen Brunson (32 puntos y 5 pérdidas) y un excelso OG Anunoby (28 tantos), el resto del plantel firmó un suicida 1/16 en el tiro. Karl-Anthony Towns se disolvió en la pintura con solo 11 puntos en su casillero tras perder su jerarquía habitual. Los ingresos de Jose Alvarado y Jordan Clarkson funcionaron temporalmente, pero descarrilaron junto a los fallos exteriores de Shamet y McBride.
Por parte de los visitantes, Victor Wembanyama ejerció finalmente como el jugador más determinante de las Finales. El gigante francés dominó las inmediaciones del aro para sellar una hoja de servicios de 32 puntos, 8 rebotes, 6 asistencias y 3 tapones. El base De’Aaron Fox aportó una canasta de sangre fría en el alambre para sostener la ventaja en el tramo definitivo.
El joven Stephon Castle se vistió de héroe al clavar un triple agónico sobre la bocina y certificar la victoria con tiros libres. Con esta victoria a domicilio, los Spurs consiguieron devolver el primer golpe tras haber sufrido dos tropiezos letales en su propia casa. El triunfo le inyecta una dosis vital de fe a un equipo que necesitaba reaccionar para no quedar eliminado.
La serie se sitúa ahora con un emocionante dos a uno favorable a los Knicks, lo que convierte el cuarto asalto del Madison en una auténtica batalla psicológica. Permitir el empate de los Spurs implicaría ceder la inercia de la eliminatoria antes de emprender el viaje de regreso a Texas. Nueva York afronta las próximas horas con el depósito al límite y el temor de que esta cita sea recordada para siempre como el Donald Trump Game.
