Zelenski rechaza la petición de Fedorov de ir a las urnas: la peligrosa fractura que amenaza a Ucrania

El debate sobre la sucesión política en Ucrania ha estallado formalmente tras el desafío directo del popular exministro de Defensa, Mykhailo Fedorov, quien ha exigido romper la suspensión electoral fijada por la ley marcial. En una declaración pública que sacudió los cimientos políticos de Kiev, Fedorov afirmó que «la democracia no puede ser rehén de Rusia». Como respuesta inmediata, el presidente Volodímir Zelenski clausuró la propuesta advirtiendo que celebrar comicios en este contexto de bombardeos constantes representaría «un tsunami capaz de dividir y destruir al país».

La importancia de la discusión no reside tanto en que Ucrania vaya a celebrar elecciones próximamente —hoy no existe un escenario jurídico ni operativo claro para hacerlo— como en que la cuestión ha dejado de ser políticamente innombrable. Fedorov ha puesto sobre la mesa una discusión que afecta directamente al futuro del poder ucraniano, precisamente cuando la guerra, los escándalos de corrupción y las protestas internas han comenzado a erosionar la imagen de cohesión que Kiev había mantenido durante buena parte del conflicto.

La intervención de Fedorov no fue una simple declaración sobre el calendario electoral. El antiguo titular de Defensa pidió encontrar un mecanismo «legal, seguro y realista» que permitiera garantizar el voto de los militares, de los ucranianos desplazados al extranjero y de quienes viven en las zonas próximas al frente.

Su argumento es políticamente potente: Rusia no debería determinar cuándo los ucranianos pueden elegir a su Gobierno. Fedorov sostiene que la democracia no puede convertirse en un elemento aplazable indefinidamente por la guerra y vincula la convocatoria electoral con una mayor rendición de cuentas, la lucha contra la corrupción y la necesidad de que quienes ejercen el poder expliquen sus decisiones.

Pero el contexto resulta decisivo. Fedorov fue destituido en julio después de un enfrentamiento con la cúpula militar y su salida provocó semanas de protestas. Posteriormente rechazó otros puestos ofrecidos por Zelenski y, cuando su regreso al Ministerio de Defensa quedó descartado, pasó a formular una crítica mucho más amplia al funcionamiento del sistema político.

Eso explica que su propuesta sea interpretada simultáneamente como una reivindicación democrática y como el nacimiento de una posible alternativa política a Zelenski. Fedorov no ha anunciado formalmente una candidatura presidencial, pero su creciente exposición pública y determinados sondeos lo han situado ya dentro de las especulaciones sobre una futura carrera electoral.

Zelenski responde con un rechazo que va más allá de la ley

La respuesta presidencial ha sido contundente. «Creo que en una guerra como esta, las elecciones son un enorme riesgo. Ahora mismo, las elecciones son un tsunami para el país que dividirá Ucrania», afirmó Zelenski ante periodistas.

Por un lado, la ley marcial vigente suspende las elecciones en Ucrania, a lo que se suma una dimensión práctica y política: para organizar unos comicios legítimos habría que resolver cómo votan los cientos de miles de militares desplegados, los ciudadanos en zonas de combate, los millones de refugiados en el extranjero y quienes residen en territorios ocupados por Rusia; todo ello en un escenario donde cualquier campaña electoral tendría que desarrollarse bajo la amenaza constante de ataques con misiles y drones, además del riesgo añadido de interferencias, ciberataques y desinformación rusa.

Zelenski plantea, por tanto, una condición que parece difícil de cumplir mientras continúe la guerra: elecciones seguras, legítimas y democráticas con garantías internacionales. El problema es que ni Moscú ha aceptado un alto el fuego estable ni existe actualmente un mecanismo internacional que pueda proporcionar esas garantías.

Ucrania lucha por preservar un Estado democrático frente a una invasión, pero precisamente la guerra que amenaza ese Estado es la que impide desarrollar normalmente sus mecanismos democráticos.

Existe además una cuestión inevitable: el mandato presidencial de Zelenski terminó formalmente en mayo de 2024. Sin embargo, las elecciones no se celebraron porque Ucrania permanece bajo ley marcial. Eso no significa que el presidente haya quedado automáticamente desprovisto de autoridad. El marco legal ucraniano contempla la continuidad de las instituciones durante la ley marcial. Pero políticamente la prolongación de la guerra abre una pregunta que será cada vez más difícil de evitar: ¿cuánto tiempo puede mantenerse un Gobierno elegido antes de la guerra sin someterse nuevamente al voto ciudadano?

Hasta ahora, la respuesta social había sido relativamente clara. La mayoría de los ucranianos no consideraba prioritario celebrar elecciones mientras continuaran los combates. Una encuesta citada por Reuters sitúa en un 57% la proporción de ciudadanos que prefiere esperar al final de las hostilidades.

Eso proporciona a Zelenski un argumento político considerable. Pero también demuestra por qué el desafío de Fedorov es diferente: no necesita conseguir hoy una mayoría favorable a las elecciones para modificar el debate. Basta con conseguir que la sociedad empiece a discutir cuándo y bajo qué condiciones deberán celebrarse.

El verdadero cambio: el tabú ya está roto

El problema no es únicamente determinar una fecha. Ucrania tendría que reconstruir buena parte de la infraestructura electoral después de años de guerra.

Habría que actualizar el censo, establecer mecanismos de voto para los desplazados, garantizar la participación de los militares, organizar el sufragio exterior, determinar cómo votar en territorios recuperados y decidir qué ocurre con las zonas ocupadas. También habría que garantizar la seguridad física de los centros electorales y proteger el proceso frente a campañas de desinformación y ataques informáticos.

A ello se suma una cuestión política particularmente delicada: una campaña electoral dividiría inevitablemente a una sociedad que hasta ahora ha necesitado mantener un elevado grado de cohesión frente a Rusia. Fedorov considera que precisamente esa normalización democrática puede fortalecer al Estado. Zelenski teme el efecto contrario: que la competencia política durante la guerra transforme las diferencias internas en una fractura estratégica. Ambas posiciones tienen una lógica propia.

Por eso la consecuencia más importante de la polémica no es una convocatoria electoral inmediata. Es que la discusión ha entrado definitivamente en la política ucraniana. Incluso quienes participaron en las protestas a favor de Fedorov rechazaron su propuesta de celebrar elecciones durante la guerra. Veteranos y organizadores de las movilizaciones han advertido de las dificultades para permitir votar a los soldados desplegados en el frente y del riesgo de introducir divisiones electorales mientras continúan los combates.

Esto deja a Fedorov en una posición singular. Ha conseguido cuestionar públicamente al presidente, pero no ha conseguido arrastrar automáticamente detrás de él al movimiento que reclamaba su regreso al Ministerio de Defensa. Para Zelenski, en cambio, el desafío obliga a gestionar algo más complejo que una candidatura rival: la necesidad de demostrar que la ausencia de elecciones responde a una imposibilidad objetiva y temporal, y no a una voluntad de perpetuarse en el poder.

Mientras Rusia continúe atacando Ucrania, resulta difícil imaginar unas elecciones plenamente normales. Pero cuanto más se prolongue la guerra, más inevitable será preparar las condiciones para que puedan celebrarse. El debate abierto por Fedorov no exige necesariamente votar mañana; exige responder qué tendría que ocurrir para poder votar próximamente. @mundiario