El hundimiento del carguero ruso Ursa Major frente a la costa de Murcia, ocurrido el 23 de diciembre de 2024, continúa rodeado de interrogantes más de un año después del incidente. Lo que inicialmente fue presentado como un accidente marítimo provocado por una explosión en la sala de máquinas ha evolucionado hacia una investigación internacional cargada de implicaciones geopolíticas, militares y nucleares.
La controversia se intensificó tras las revelaciones difundidas por la cadena CNN y diversas fuentes vinculadas a la investigación española, según las cuales el buque transportaba supuestos componentes de reactores nucleares destinados a Corea del Norte. Las hipótesis más sensibles incluso apuntan a que el carguero pudo haber sido atacado deliberadamente para impedir una transferencia tecnológica estratégica entre Moscú y Pyongyang.
El Ursa Major, también conocido como Sparta III, era un buque de 142 metros perteneciente a la empresa estatal rusa Oboronlogistics, vinculada al aparato logístico militar ruso. La embarcación ya había sido utilizada anteriormente en operaciones de apoyo a la presencia militar rusa en Siria, por lo que no era un carguero convencional dentro de la flota mercante rusa.
Oficialmente, el barco había zarpado desde San Petersburgo con destino a Vladivostok, en el extremo oriental de Rusia. El manifiesto de carga mencionaba dos grandes “tapas de pozo”, 129 contenedores y dos enormes grúas Liebherr. Sin embargo, la ruta elegida comenzó rápidamente a generar dudas entre investigadores occidentales y autoridades marítimas.
La principal anomalía residía en que Rusia cuenta con una extensa red ferroviaria capaz de conectar ambos extremos del país sin necesidad de realizar una larga travesía marítima alrededor de Europa y Asia. Para muchos analistas, el viaje no tenía lógica comercial si la carga era realmente la declarada.
Las sospechas crecieron aún más cuando trascendió que Oboronlogistics había recibido meses antes autorización para transportar material nuclear. Posteriormente, el propio Gobierno español reconoció en un documento parlamentario de contestación a la oposición que el capitán del buque terminó admitiendo ante los investigadores que las supuestas “tapas de pozo” eran en realidad “componentes de dos reactores nucleares similares a los utilizados en submarinos”.
Aunque el capitán aseguró que no contenían combustible nuclear, expertos consultados por distintos medios señalaron que podrían tratarse de escudos biológicos utilizados para sellar reactores de propulsión atómica en submarinos. Incluso sin combustible activo, piezas de este tipo podrían conservar rastros radiactivos si provenían de submarinos desmantelados.
Corea del Norte y la hipótesis del desvío hacia Rason
Uno de los elementos más delicados de la investigación es la supuesta confesión del capitán Igor Anisimov sobre el verdadero destino del cargamento. Según fuentes citadas por CNN, el plan no era finalizar el viaje en Vladivostok, sino desviarse posteriormente hacia el puerto norcoreano de Rason, situado relativamente cerca de la frontera rusa.
La posibilidad de que Rusia estuviera transfiriendo tecnología nuclear naval a Corea del Norte encajó rápidamente con el contexto geopolítico del momento. Meses antes, Pyongyang había enviado tropas para apoyar a Moscú en la guerra de Ucrania, consolidando una alianza militar cada vez más visible entre ambos regímenes.
A finales de 2025, Corea del Norte mostró imágenes del casco de lo que afirmó sería su primer submarino de propulsión nuclear. Aunque no existían pruebas públicas de que el reactor estuviera operativo, las fotografías alimentaron las sospechas de que Rusia podría estar ayudando al desarrollo de capacidades submarinas nucleares norcoreanas.
De confirmarse esta transferencia tecnológica, el equilibrio militar en la península coreana podría verse alterado de manera significativa. Un submarino nuclear otorgaría a Corea del Norte una capacidad de permanencia mucho mayor bajo el agua, mejorando sus posibilidades de disuasión y supervivencia estratégica frente a Estados Unidos y Corea del Sur.
El extraño comportamiento ruso tras el hundimiento
Otro aspecto que alimentó las sospechas fue la reacción rusa después del naufragio. Durante las labores de rescate, el buque militar ruso Ivan Gren, que escoltaba al carguero, ordenó a las embarcaciones cercanas mantenerse alejadas de la zona.
Posteriormente, el buque ruso Yantar, acusado en varias ocasiones por países occidentales de realizar actividades de espionaje submarino, permaneció durante días sobre el lugar donde se hundió el Ursa Major. Según fuentes citadas en la investigación, mientras el Yantar operaba en la zona se detectaron cuatro explosiones adicionales en el fondo marino.
La sospecha es que Rusia intentó destruir restos sensibles del cargamento o evidencia relacionada con la verdadera naturaleza de la misión del barco.
El interés estadounidense también resultó significativo. La Fuerza Aérea de Estados Unidos desplegó un avión WC-135R, especializado en la detección de partículas radiactivas en la atmósfera. La aeronave sobrevoló la zona del hundimiento en al menos dos ocasiones, un movimiento que reforzó las especulaciones sobre la posible presencia de material nuclear.
Más allá de si el Ursa Major fue víctima de un accidente, un sabotaje o una operación militar encubierta, el caso evidencia hasta qué punto la guerra en Ucrania ha ampliado su dimensión global.
El incidente combina espionaje, operaciones marítimas, tecnología nuclear, rutas comerciales militares y alianzas estratégicas cada vez más profundas entre Rusia y Corea del Norte. También refleja el temor occidental a que Moscú transfiera conocimientos militares avanzados a países sometidos a sanciones internacionales. @mundiario
