Irán acaba de introducir una idea especialmente peligrosa en su confrontación con Estados Unidos: la proporcionalidad deja de ser, al menos en su discurso, el principio que limitará sus represalias. Mohammad Bagher Ghalibaf advirtió que cualquier nueva agresión estadounidense recibirá una respuesta “más rápida, más intensa y más dolorosa”, después de varios ataques cruzados contra petroleros y objetivos navales en torno al estrecho de Ormuz. La amenaza importa porque transforma el cálculo estratégico del conflicto: cuando cada parte promete imponer al adversario un coste superior al ataque recibido, la escalada puede dejar de responder a decisiones controladas y comenzar a alimentarse de su propia lógica.
Ormuz convierte esa dinámica militar en un problema internacional. Irán mantiene ampliamente bloqueado el paso por el estrecho desde el inicio de la guerra, el 28 de febrero, mientras Washington sostiene un contrabloqueo sobre los puertos iraníes y desarrolla una campaña que define como de “asfixia económica”. No se trata únicamente de una confrontación entre dos fuerzas armadas: el escenario elegido conecta el conflicto con las rutas marítimas y energéticas que rodean el Golfo Pérsico. Cada ataque sobre un petrolero introduce así una variable económica en una guerra cuya capacidad de afectar a terceros puede superar ampliamente el espacio donde se producen los combates.
La estrategia iraní parece asumir precisamente esa interdependencia como instrumento de presión. Ghalibaf pidió mejorar la gestión de las importaciones para responder a lo que describió como un intento estadounidense de paralizar el suministro y la gestión energética del país. El reconocimiento resulta significativo porque muestra dónde empieza a sentirse la presión: no solamente en instalaciones militares o exportaciones petroleras, sino en la capacidad de mantener funcionando una economía sometida simultáneamente al conflicto, las restricciones comerciales y las dificultades de abastecimiento.
Teherán intenta, al mismo tiempo, convertir esa vulnerabilidad en una amenaza contra su adversario. El portavoz de la Guardia Revolucionaria, Hossein Mohebi, sostuvo que por cada dólar de daño económico provocado a Irán, Estados Unidos sufriría decenas de dólares en pérdidas. La afirmación forma parte del discurso iraní y no constituye por sí misma una estimación económica verificable, pero permite comprender la estrategia: elevar el precio indirecto de la guerra hasta que continuarla resulte política y económicamente más difícil para Washington.
Según Infobae, el último intercambio incluyó ataques iraníes contra un dron naval y buques estadounidenses, mientras el CENTCOM aseguró haber inutilizado dos petroleros iraníes frente a la isla de Kharg y destruido un tercero en el mar de Omán. Washington afirmó además que sus buques consiguieron evitar los ataques lanzados por Teherán. La sucesión de operaciones demuestra que la confrontación ha entrado en una fase donde los objetivos económicos y militares empiezan a confundirse: un petrolero puede convertirse simultáneamente en infraestructura comercial, fuente de ingresos y pieza estratégica.
Ormuz, el lugar donde una represalia puede convertirse en crisis global
La historia reciente explica por qué el estrecho representa mucho más que una franja de agua entre Irán y la península arábiga. Durante décadas, las tensiones del Golfo han encontrado allí uno de sus principales puntos de presión porque el control de la navegación ofrece a Teherán una capacidad de influencia que excede su poder económico convencional. En la crisis actual, esa ventaja geográfica adquiere una dimensión todavía mayor: bloquear, condicionar o amenazar el tránsito marítimo permite convertir una confrontación bilateral en un problema que afecta a países que ni siquiera participan directamente en ella.
Washington parece haber adoptado una lógica igualmente basada en el castigo creciente. El comandante del CENTCOM, Brad Cooper, resumió el planteamiento al señalar que si Irán dispara contra dos buques estadounidenses, Estados Unidos impondrá un coste económico mayor destruyendo tres objetivos iraníes. La frase resulta reveladora porque reproduce exactamente la dinámica que Teherán asegura querer intensificar: responder al daño con un daño superior. Cuando ambas potencias aplican simultáneamente esa fórmula, cada represalia contiene las condiciones para justificar la siguiente.
Existe además una contradicción política dentro de Washington. Mientras las operaciones militares aumentan, la Administración de Donald Trump intenta reducir públicamente la dimensión del enfrentamiento. El vicepresidente JD Vance afirmó que no lo denominaría una guerra y Trump llegó a describir el conflicto como “insignificante” para Estados Unidos. Ese esfuerzo por rebajar su importancia coincide, sin embargo, con un escenario doméstico sensible: el conflicto pierde popularidad cuando se acercan las elecciones legislativas de mitad de mandato. La batalla de Ormuz también comienza, por tanto, a proyectarse sobre la política interna estadounidense.
Irán tampoco muestra señales públicas de querer rebajar el tono. Su comando militar Khatam al Anbiya ha advertido que, si continúan los ataques estadounidenses, las represalias contra buques de guerra podrán ser todavía más severas y eventualmente ampliarse. El problema estratégico reside en esa última posibilidad. Una escalada limitada puede mantenerse mientras ambos adversarios conocen aproximadamente las líneas que el otro no está dispuesto a cruzar; cuando esas fronteras se vuelven ambiguas y las respuestas buscan superar deliberadamente el daño anterior, aumenta el riesgo de que un ataque provoque consecuencias que ninguna de las partes había previsto.
La verdadera amenaza de Ormuz no consiste únicamente en que Irán y Estados Unidos intercambien ataques, sino en que hayan empezado a describir la escalada como herramienta para obligar al contrario a retroceder. Ambos parecen confiar en que imponer un coste mayor terminará quebrando la voluntad adversaria; la historia demuestra que esa lógica también puede producir el resultado opuesto. En un estrecho donde confluyen poder militar, comercio y energía, un error de cálculo no necesitaría convertirse inmediatamente en una guerra más amplia para afectar al resto del mundo. Bastaría con que la incertidumbre sobre quién controla Ormuz comenzase a trasladarse de los buques a los mercados. @Mundiario
