Surinam, la pequeña pieza sudamericana donde China juega a lo grande

Surinam rara vez ocupa el centro de la conversación geopolítica sudamericana, y precisamente ahí reside parte de su importancia. Con poco más de 650.000 habitantes, fronteras con Brasil y Guayana Francesa y una relación cultural más próxima al Caribe que al resto del continente, el país se ha convertido silenciosamente en un escenario donde confluyen recursos naturales, capital extranjero y competencia por influencia. China lleva años aumentando allí su presencia económica. El interrogante ya no es simplemente cuánto invierte Pekín, sino hasta qué punto esa dependencia económica puede terminar condicionando decisiones territoriales, ambientales y políticas de un Estado pequeño.

Un episodio ocurrido el 14 de julio convirtió esa discusión abstracta en una imagen difícil de ignorar. Catorce ciudadanos chinos armados y vestidos con uniformes de apariencia militar fueron detenidos después de ser grabados cerca de Sarakreek, en el distrito selvático de Brokopondo. Según las autoridades surinamesas, se habría tratado de personal que realizaba labores de seguridad. El hecho resulta relevante porque ocurrió en una región vinculada a la minería de oro y con fuerte presencia empresarial china. No demuestra que militares de Pekín estén controlando territorio surinamés —una conclusión que la información disponible no permite sostener—, pero sí plantea preguntas sobre quién protege determinadas explotaciones y bajo qué autoridad.

La diferencia es importante. Presentar automáticamente a aquellos hombres como tropas enviadas por China sería ir más allá de las pruebas conocidas. La información disponible apunta a personal de seguridad presuntamente contratado para operar en una zona minera. Pero que civiles extranjeros puedan desplazarse armados y uniformados alrededor de explotaciones estratégicas ya constituye por sí mismo un asunto de soberanía que merece explicaciones. La ausencia de una respuesta pública de la Embajada china sobre el incidente alimentó todavía más las dudas. En geopolítica, los vacíos de información casi siempre terminan ocupados por sospechas.

Detrás de esos uniformes está el verdadero activo que convierte a Surinam en territorio estratégico: sus recursos. En Sarakreek operan compañías como Zijin Mining Group y China Mega Suriname Mining Investment Company. La minería del oro ha transformado áreas selváticas y generado una economía donde actividades legales e ilegales pueden coexistir en territorios difíciles de fiscalizar. Cuando una empresa extranjera no solo extrae recursos sino que necesita desarrollar sus propios mecanismos de seguridad, infraestructura y logística, la relación con el Estado anfitrión comienza inevitablemente a adquirir una dimensión política.

Según Infobae, el avance chino tampoco termina en el oro. Un proyecto de Chinalco para explotar bauxita en el oeste del país contempla una concesión de unas 280.000 hectáreas y una producción estimada de seis millones de toneladas anuales durante tres décadas. El acuerdo incorpora además infraestructuras portuarias y ferroviarias y derechos prioritarios relacionados con el dragado del río Corantijn. La magnitud permite comprender por qué China mira hacia un país que para buena parte de América Latina continúa siendo casi invisible: Surinam es pequeño en población, pero extraordinariamente relevante cuando se observa el mapa de materias primas.

Recursos naturales a cambio de dependencia

La expansión minera también ha abierto un conflicto con los pueblos indígenas. La Asociación de Líderes de Aldeas Indígenas de Surinam cuestionó que el memorando relacionado con Chinalco se firmara antes de que las comunidades fueran formalmente informadas y reclamó que el proyecto se paralizara hasta realizar una consulta. El problema adquiere una dimensión adicional porque Surinam mantiene importantes déficits en el reconocimiento jurídico de los derechos territoriales ancestrales. Cuando la inversión extranjera avanza más deprisa que las garantías institucionales, quienes viven sobre los territorios codiciados suelen convertirse en la parte más débil de la negociación.

La madera completa esa ecuación. Nuevas concesiones en territorios saamaka han abierto caminos dentro de la selva que facilitan la extracción y el transporte de troncos, mientras dirigentes comunitarios denuncian falta de consulta y un incremento de la deforestación. La discusión no consiste únicamente en señalar a China como responsable de todos los problemas ambientales de Surinam. Existe una responsabilidad evidente del propio Estado que concede permisos, establece controles y decide hasta dónde permite operar a compañías nacionales o extranjeras. Una potencia puede aprovechar las debilidades de un país, pero son sus instituciones las que determinan cuánto espacio le entregan.

Y después aparece la deuda. Entre 2010 y 2020, durante el Gobierno de Dési Bouterse, Surinam profundizó sus relaciones con Pekín y acumuló unos 544 millones de dólares de deuda con entidades financieras chinas, entre ellas China Exim Bank e Industrial and Commercial Bank of China. En noviembre de 2024, el entonces ministro de Finanzas Stanley Raghoebarsing alcanzó un acuerdo para reestructurar esos compromisos. Para una gran economía, cientos de millones pueden parecer una cifra manejable; para un país de apenas cientos de miles de habitantes, la capacidad de negociación cambia radicalmente.

Aquí conviene evitar también el concepto simplista de la llamada “trampa de deuda china”, como si cualquier préstamo de Pekín respondiera automáticamente a un plan para apropiarse de activos estratégicos. Las relaciones financieras internacionales son más complejas y los gobiernos receptores conservan responsabilidad sobre las condiciones que aceptan y el uso que hacen del dinero. Pero tampoco sería sensato ignorar la asimetría. Cuando el mismo socio aparece como acreedor, inversor, comprador de materias primas y protagonista de grandes proyectos de infraestructura, su capacidad de influencia aumenta. La dependencia no necesita una bandera plantada sobre un territorio: puede construirse mediante contratos, créditos y recursos indispensables.

Surinam consiguió su independencia de Países Bajos en 1975. Medio siglo después, su soberanía ya no se discute bajo las antiguas reglas coloniales, sino bajo mecanismos mucho más sofisticados. No hay que imaginar necesariamente soldados extranjeros ocupando Paramaribo para preguntarse quién posee capacidad real de decisión sobre una mina, un bosque, un puerto o una deuda. Tampoco corresponde presentar cada inversión china como una operación de conquista. La cuestión verdaderamente importante es si Surinam dispone de instituciones suficientemente fuertes para negociar con una potencia económica incomparablemente mayor sin hipotecar sus recursos, su medio ambiente ni los derechos de sus comunidades. En el siglo XXI, perder margen de soberanía puede no parecerse a una invasión: a veces empieza con un préstamo, continúa con una concesión y termina cuando decir “no” resulta demasiado caro. @Mundiario