El ansiado revulsivo anímico que debía personificar la llegada de Jürgen Klopp al banquillo de la selección alemana ha sufrido un frenazo de proporciones históricas. En el WWK Arena de Augsburgo, la Mannschaft encajó una humillante derrota por 0-1 frente a Grecia en la segunda jornada de la Nations League. El tropiezo supone la primera victoria de toda la historia del combinado heleno frente al tetracampeón mundial, dejando a la escuadra germana sumida en una preocupante crisis de identidad tras sumar apenas un punto en dos jornadas.
Tras las discretas sensaciones cosechadas en el empate inaugural ante Países Bajos, el técnico de Stuttgart optó por agitar el árbol con una rotación masiva en su alineación titular. Marc-André ter Stegen se quedó en el banquillo para ceder la portería a Alexander Nübel, mientras que futbolistas que no estuvieron en el pasado Mundial como Aboubakar Conté, Josha Vagnoman, Faride Ebnoutalib y Yann Bisseck saltaron de inicio, configurando un once experimental que acusó de principio a fin la falta de automatismos colectivos.
En medio del desorden y la imprecisión germana, la única nota verdaderamente luminosa la aportó Karim Adeyemi. El futbolista del FC Barcelona, indiscutiblemente el atacante más en forma de la expedición, monopolizó las escasas acciones de peligro local. Aunque su primer intento se marchó directamente a saque de banda tras un mal apoyo, el extremo azulgrana afinó la mirilla de inmediato para protagonizar dos ocasiones clarísimas que pusieron a prueba los reflejos de la zaga visitante.
En el minuto 26, Adeyemi rompió al espacio con una zancada descomunal que dejó clavado a su marcador, pero tras plantarse en el área helena definió por encima del larguero ante la salida del arquero Konstantinos Tzolakis. Apenas cinco minutos después, el ex del Borussia Dortmund volvió a rozar el tanto con una magnífica volea desde la frontal, sentando a su par con un recorte soberbio antes de sacar un latigazo que obligó al guardameta griego a desviar a córner con una formidable estirada.
Pese a los 75 minutos de insistencia del atacante culé, Alemania evidenció los mismos vicios estructurales y la preocupante esterilidad ofensiva que lastraron su rendimiento durante la pasada cita mundialista. El dominio de la posesión resultó inocuo ante el orden táctico impuesto por el cuadro heleno, que esperó con paciencia su oportunidad mientras Tzolakis frustraba cada acercamiento germano en el área pequeña.
La estocada de Kourbelis y el atasco clasificatorio
El castigo definitivo a la inoperancia local llegó en el minuto 74. En una de las escasas transiciones ofensivas de Grecia, Dimitrios Kourbelis, atacante del Asteras Tripolis, conectó un disparo en el área que, tras desviarse decisivamente en Joshua Kimmich, sorprendió a Nübel y terminó en el fondo de la red. El tanto congeló a las gradas de Augsburgo y desató la euforia en la expedición helena, consciente de estar a las puertas de una gesta inédita.
La reacción a la desesperada en el tramo final volvió a chocar contra un muro infranqueable. La Mannschaft abusó de los centros laterales sin rematador claro, incapaz de filtrar balones entre la tupida zaga griega y evidenciando una preocupante desconexión entre la sala de máquinas y los puntas en un esquema que todavía no asimila la intensidad que demanda Klopp desde la banda.
El pitido final certificó una noche para el olvido que deja a Alemania relegada a la tercera posición de su grupo, obligada a remar contracorriente en las próximas ventanas internacionales si no quiere comprometer su permanencia en la Liga A. El crédito del seleccionador se topa así con la cruda realidad competitiva de un bloque que arrastra demasiadas secuelas anímicas del ciclo anterior.
El balance de la ventana de septiembre obliga a una profunda reflexión en la Federación Alemana de Fútbol (DFB). Lejos de obrar un milagro inmediato, la pizarra de Jürgen Klopp requerirá tiempo, orden defensivo y ajustes en la columna vertebral para reconstruir la confianza de un gigante que continúa mostrándose sorprendentemente frágil ante rivales teóricamente inferiores.
Grecia celebra un triunfo legendario que figurará con letras de oro en sus anales futbolísticos, mientras Alemania abandona Augsburgo con la cabeza baja y una sensación de impotencia generalizada. El reto de Klopp se vislumbra mucho más complejo de lo previsto: reactivar a una potencia dormida que sigue sin encontrar el rumbo tras un nuevo revés histórico sobre el césped. @mundiario
