José Mourinho sigue despertando una devoción difícil de explicar en determinados sectores del madridismo. Ni sus enfrentamientos institucionales ni sus cuestionables decisiones parecen suficientes para agotar el crédito de un entrenador al que muchos continúan defendiendo prácticamente sin condiciones.
Su primera etapa en el Real Madrid suele recordarse como un éxito rotundo. Sin embargo, entre 2010 y 2013 conquistó una Liga, una Copa del Rey y una Supercopa de España. Tres títulos en tres temporadas para un técnico que llegaba después de ganar la Champions con el Oporto y el Inter de Milán.
Sería injusto olvidar la Liga de los 100 puntos y 121 goles de 2012, pero tampoco podemos ignorar que jamás alcanzó una final de Champions con el conjunto blanco. Mientras tanto, el Barcelona continuaba acumulando títulos y protagonismo europeo.
Aquel Mourinho también dejó una herencia de enfrentamientos, tensiones en el vestuario y episodios difíciles de justificar, como lo sucedido con Tito Vilanova. Sin embargo, para una parte del madridismo su figura terminó representando algo más importante que los propios resultados: la confrontación permanente con el rival.
Todavía es pronto para juzgar definitivamente su segunda etapa, pero algunas costumbres permanecen intactas. El portugués continúa siendo un maestro del micrófono, capaz de transformar una rueda de prensa deportiva en un enfrentamiento contra árbitros, instituciones o medios de comunicación.
No sería justo afirmar que nunca reconoce sus errores, porque también lo ha hecho. El problema es que sus denuncias externas adquieren frecuentemente más protagonismo que las explicaciones futbolísticas. Y buena parte de su entorno mediático parece seguir ese discurso sin someterlo al mismo examen crítico que merece cualquier entrenador.
La gestión de determinados futbolistas también plantea interrogantes. Mbappé disfrutó de varios días de descanso tras lesionarse con Francia, aunque Mourinho aseguró que todo estaba supervisado médicamente. Una explicación legítima que no impide preguntarse si todos los integrantes del vestuario reciben el mismo trato.
Más difícil de explicar resulta el caso de Valverde. El Real Madrid anunció un esguince de grado 3 y apenas veinte días después el uruguayo ya era titular ante el Villarreal. Un estudio científico sitúa la baja media de estas lesiones en 50,5 días. Una recuperación tan excepcional deja seriamente en entredicho el diagnóstico anunciado por el club, cuya precisión merece ser cuestionada. Hasta el Atlético de Madrid ironizó sobre semejante rapidez.
Mientras tanto, el Real Madrid de Florentino Pérez continúa acumulando frentes abiertos. La Liga, la RFEF, los árbitros o determinados medios forman parte de una batalla institucional casi permanente. Y Mourinho, lejos de rebajar la tensión, vuelve a convertirse en uno de sus principales portavoces.
Quizá ahí esté la respuesta a la pregunta inicial. Una parte del madridismo no sigue defendiendo a Mourinho por sus títulos, sino por su capacidad para convertir cualquier problema en una batalla contra un enemigo exterior. El portugués puede ganar o perder partidos, pero rara vez pierde el control del relato. Y ese parece ser, para algunos, su mayor título. @mundiario
