EL GRAN.
Por: Héctor E. Contreras.
Ocurrió en una noche de verano del año 1997. Elena y yo, junto a Claudia y Diana, nuestras hijas, habíamos visitado a un señor conocido por nosotros en el Ensanche Quisqueya de esta ciudad, con el propósito de ayudar a un hermano y amigo que nos había pedido tratar de conseguirle una casa de alquiler. Nos habló de una casa en un segundo nivel, que tenía un letrero de alquiler. Cuando llegamos, escuchamos voces, entre lamentos y lloro. Elena sube hasta la segunda planta y pudo ver a varias jovencitas que allí se encontraban. Como siempre, Elena entabla una conversación con éstas, en inglés, ellas le comienzan a decir de su odisea. Las escucha atentamente y descubre que todas eran de origen hindú, pero de nacionalidad sudafricana. La mayor de ellas no llegaba a los 21 años y habían venido al país con el propósito de estudiar medicina, si mal no recuerdo en la UCE. Estas fueron estafadas y abandonadas a su suerte, por la persona que sus padres habían contratado en este país, para tales fines. El representante nunca cumplió con las jovencitas. Estaban en una casa que supuestamente alquiló para ellas, en cuyas paredes aún se veía el tizne del humo, fruto de un incendio causado por el antiguo inquilino que había quemado a toda su familia en una de las habitaciones de ésta. Estaban llenas de miedo, de pavor en un país en donde no conocían el idioma y a miles de kilómetros de su familia. Al escucharlas, Elena fue movida a misericordia y me dice: “Vamos a llevarnóslas”, yo le respondo: ¿Para dónde? Ella me responde: Para nuestro hogar, pues si esto le pasara a una de nuestras hijas, quisiéramos que encontraran ayuda. Con dudas y a regañadientes, le respondí que estaba bien. Eran siete en total y al Elena ofrecerles albergue junto a nosotros, se llenaron de algarabía y aceptaron, mientras Claudia y Diana estaban felices por la acción de su madre
“Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor. Pero él les dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; mas no así a vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve.
Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve”, Lucas 22:24-27. Había una discusión entre los discípulos del Señor sobre quién sería el de mayor rango entre ellos cuando Él partiera de este mundo. En la mayoría de los casos, cuando se trata de la posición a ocupar, buscamos ser los principales, sin importar nada, absolutamente nada.
Aquí, Jesús redefine el significado de la grandeza, revirtiendo los valores del mundo. “La verdadera grandeza se mide en términos de servicios, sin pensar en recompensa”. Fue lo sucedido con las siete jovencitas sudafricanas. Sin saber cómo, las acomodamos en nuestro vehículo. Recuerdo que era un Pontiac Grand Am. Una por una, con sus bultos, y algunos efectos personales, entraron en el auto. Al llegar al hogar, Elena quiere dividirlas con Claudia y con Diana, pero ellas pidieron que las dejaran en una habitación todas juntas, siendo aceptada la sugerencia. No recuerdo el tiempo que permanecieron junto a nosotros, pero fue hasta que se pudo resolver su situación, recibir dinero de sus padres, alquilarles un apartamento, comunicarse con la Escuela de Medicina de la UCE, en donde encontraron conocidos referenciales, pero para nosotros se convirtió en una bendición, porque en nuestro interior pensábamos en la agonía que vivirían los padres de estas jóvenes al saber de la situación por la que pasaban sus hijas en tierra extraña. ¡Fueron días de gloria! Con algunas dificultades, pero nuestro Dios nos ayudó con tan ardua tarea en servir a aquellas jóvenes como si fuera al mismo Señor. ¡Bendito sea Dios!
“Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará”, Juan 12:26. El amor tiene espíritu de servicio. La mentalidad del mundo jamás entenderá o aceptará este llamado. Un siervo es el que acepta y reconoce que está subordinado a quienes sirve. Es alguien que está dispuesto a renunciar al prestigio social de nuestra escala humana de valores. Nuestro Señor dice que quienes aceptan servirle, en otras palabras, servir al prójimo en su nombre, serán honrados por el Padre celestial. Cada verdadero servidor será, finalmente, honrado por aquél a quien sirve y a quien le ha prometido honrar en este servicio. Si nosotros seguimos y servimos a nuestro Rey, en este acto de servicio somos elevados a un lugar de honor.
“Entonces los doce convocaron a la multitud de los discípulos, y dijeron: No es justo que nosotros dejemos la palabra de Dios, para servir a las mesas. Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo”, Hechos 6:3-4. Podemos notar en esta declaración apostólica, que la tarea administrativa no se tomó a la ligera. Era necesario destacar los requerimientos para los hombres que se encargarían del programa de alimentación, de servicio. De buen testimonio y llenos del Espíritu Santo; también de sabiduría. Los trabajos que requieren responsabilidad y trato con personas, necesitan líderes con estas cualidades. Las prioridades de los apóstoles fueron adecuadas, porque el ministerio de la palabra, es decir, de la predicación, nunca debe abandonarse. Dios te llama a tí hoy para que le sirvas de todo corazón, siempre tomando en cuenta lo que tú puedas dar en beneficio de la obra de Dios en este mundo de tanta necesidad. Dios te invita a que, primero lo aceptes en tu corazón y luego te conviertas en un ente de entrega para los necesitados; siempre y por siempre, no pensando en tí mismo, sino en servir para gloria de Dios. Hombres y mujeres llenos del Espíritu Santo, con sabiduría y por ende, con testimonio de lo que son para sus prójimos. ¿Quieres ser un verdadero servidor del reino de Dios? ¡Házlo, sin temor! Dios te llama ahora.
“De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe; o si de servicio, en servir; o el que enseña, en la enseñanza; el que exhorta, en la exhortación, el que reparte, con liberalidad; el que preside,con solicitud; el que hace misericordia, con alegría”, Romanos 12:6-8. Los dones declarados aquí por el apóstol Pablo, si nos fijamos en la lista, podemos imaginarnos los tipos de personas que podrían poseerlos. Los profetas poseen, por lo general, denuedo y una gran oratoria. Los que sirven, deben ser fieles a sí mismos y a los que reciben, brindarles lo mejor de ellos. Cuando Elena vió a aquellas jóvenes, extranjeras todas, sin nunca haber conocido nada acerca de ellas, su corazón fue estremecido por el poder de Dios, porque en ese momento se encontraban asustadas, abandonadas, sin saber qué hacer o a quien recurrir por su caso.
Se decía, por voz de los vecinos, que en la casa en que se encontraban había sucedido una tragedia donde el esposo había asesinado a toda su familia . ¡Vamos a llevarnósla! Fueron las palabras de mi esposa, tratando de servir de apoyo, tanto espiritual, como emocional.
“Porque nosotros somos la circuncisión, los que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne”, Filipenses 3:3. Es más fácil enfatizar en los esfuerzos religiosos, es decir confiar en la carne, que en la fe interior, pero Dios da valor a la actitud de nuestros corazones por encima de todo. No podemos juzgar a las personas y su espiritualidad por el cumplimiento de ritos o el nivel de su actitud humana. Tampoco debemos pensar que lograremos satisfacer a Dios por el fervor con que se hace el trabajo. Dios se da cuenta de lo que somos y hacemos para Él y nos premiará por eso, pero solo si primero se acepta en amor su regalo de salvación. La verdadera señal de una correcta relación con Dios no era la observancia de una ceremonia o rito formal, sino la manifestación de las tres características mencionadas. Los que en espíritu servimos a Dios no se refiere a estar vivos en el espíritu, sino que también abarca las expresiones más profundas de nuestra adoración, inspiradas siempre en el poder del Espíritu Santo. Es lo descrito por nuestro Señor en su conversación con la mujer de Samaria. Él le dijo: “Dios es Espíritu, y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren”, Juan 4:24. Cuando servimos a los demás, entregándonos incondicionalmente sabiendo que lo que estamos haciendo es para gloria del Señor, estamos sirviendo al reino de Dios. “En espíritu y en verdad”. La verdad nace del griego “aletheia” y se deriva del negativo a, y lanthaho, que significa “estar escondido”, “oculto”, comparable con “latente”, “leterago” y “letal”. Aletheia es lo opuesto a ficticio, fingido o falso; denotando veracidad, realidad, sinceridad, integridad, formalidad y propiedad. Estas son las cualidades de una persona que sirve, no para que sea exaltada o exhibida en público, sino para agradar a Dios con lo que realiza. El servir al Señor, se hace con gratitud, porque al venir al reino de Dios, llegamos a un reino inconmovible y al convertirnos al Dios de los cielos mediante Jesucristo su Hijo, aprendemos, por medio de la Palabra, que nos ha llamado el Señor a su servicio incondicional.
Les bendiga Dios en abundancia, amados del Señor.


