Ezequiel 28:1-5.
Por el Pastor: Héctor E. Contreras
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La RAE, Real Academia Española, define el orgullo en cuatro categorías, y son las siguientes:
1-) Sentimiento de satisfacción por los logros, capacidades o méritos propios o por algo en lo que una persona se siente concernida. Sintió un gran orgullo al recibir el premio. El triunfo del equipo despertó el orgullo nacional.
2-) Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que suele conllevar sentimiento de superioridad. A veces nos ciega el orgullo.
3-) Amor propio, o autoestima. Se sintió herido en su orgullo.
4-) Persona o cosa que es motivo de orgullo (sentimiento de satisfacción). Todo esto, según lo describe la Real Academia, equivale a: Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas.
“Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado el hijo de perdición, el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios”, II-Tesalonicenses 2:3-4. El hombre de pecado, también “hombre inicuo”, versos 8-10, es llamado anticristo en las cartas de Juan. Sobre el hijo de perdición, según I-Tesalonicenses 5:5, que dice: “Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas”. “Hijos de luz e hijos del día”: Es la expresión que refleja el trasfondo judío de Pablo. Prosiguiendo con nuestra primera cita, se hace necesario destacar lo siguiente: La historia judía ya había tenido en Antíoco Epifanes, alrededor del año 167 a.C, a un fiero y despiadado monarca que profanó el templo de Jerusalén, Daniel 11:31-36. El relato se refiere a estos acontecimientos. Emperadores romanos como Calígula, 37-41 a.C y Domiciano, 81-96 d.C, quisieron que se les considerara divinos. Este potencial corruptor del poder político, caracteriza también al hombre de pecado.
“Volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre. Y les dijo: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará. Pero no os regocijeis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos”, Lucas 10:17-20. El nombre de Jesús significa autoridad. Lo del Señor no fue una visión en la cual Jesús veía a Satanás caer del cielo; sino que, por el contrario, el Señor vio en su ministerio la derrota presente y definitiva de Satanás. Las serpientes y escorpiones eran símbolos de los enemigos espirituales y los poderes demoníacos sobre los que Jesús había dado autoridad a sus discípulos. Al llegar ante su Señor, los discípulos reconocieron que la autoridad venía de Jesús, no de ellos, porque la sujeción demoníaca a que ellos hacen referencia, solamente con el poder de la Sangre de Cristo se someten; en otras palabras, su testimonio ante Jesús por la misión cumplida, no llenó sus corazones de orgullo y satisfacción propia por lo logrado, sino que supieron dar gloria al Señor, despojándose de cualquiera pensamiento interno por lo alcanzado.
“Vino a mí palabra de Jehová, diciendo: Hijo de hombre, di al príncipe de Tiro: Así ha dicho Jehová el Señor: Por cuanto se enalteció tu corazón, y dijiste: Yo soy un dios, en el trono de Dios estoy sentado en medio de los mares (siendo tú hombre y no Dios), y has puesto tu corazón como corazón de Dios, he aquí que tú eres más sabio que Daniel; no hay secreto que te sea oculto”, Ezequiel 28:1-2. “Yo soy un dios”. Es probable que el que pronunciara estas palabras, era el Príncipe de Tiro en ese tiempo lo fuera Itobal II, de quien dice Josefo era rey durante el sitio de Nabucodonosor. Debido a su sabiduría y riqueza, el rey se consideraba un ser divino. Esta misma pretensión se ve en el libro del profeta Isaías 14:12-15., donde el rey de Babilonia se exalta a sí mismo. El uso del término “dios”, aquí se puede comparar con la forma cómo se emplea en el Salmo 82, donde esos “dioses” mueren como los seres humanos, es decir, como cualquier hombre común. En todos estos pasajes, el que reclama poseer la condición de un “dios”, morirá de muerte de incircuncisos, según lo declara más adelante el verso 10, que dice:
“De muerte de incircuncisos morirás por mano de extranjeros; porque yo he hablado, dice Jehová el Señor”. “Yo soy un dios, soy el mejor, no existe nadie como yo”, puede ser la expresión de cualquier persona en su entorno en cuanto a lo que ha logrado alcanzar. Sin embargo, en el ámbito de lo concerniente a Dios, mientras más alto sea el pedestal en que nos podamos encontrar, la posición o cualquiera sea el renglón en que nos encontremos, nuestra actitud hacia Dios, hacia nosotros mismos y ante la sociedad toda, debe ser la HUMILDAD.
“He aquí que tú eres más sabio que Daniel; no hay secreto que te sea oculto. Con tu sabiduría y con prudencia has acumulado riquezas, y has adquirido oro y plata en tus tesoros. Con la grandeza de tu sabiduría en tus contrataciones has multiplicado tus riquezas; y a causa de tus riquezas se ha enaltecido tu corazón”, Ezequiel 28:3-5. Anteriormente, Ezequiel profetizó en contra de Tiro, cito a continuación: “Tus riquezas, tus mercaderías, tu tráfico, tus remeros, tus pilotos, tus calafateadores y los agentes de tus negocios, y todos tus nombres de guerra que hay en ti, con toda tu compañía que en medio de ti se halla, caerán en medio de los mares el día de la caída”, Ezequiel 26:27. El profeta de Dios, enfocado ahora en su profecía contra su líder. El pecado principal del rey de Tiro era la soberbia, ya que se creía ser un dios. Pero Ezequiel tiene una aplicación más amplia, hablando acerca del príncipe espiritual de Tiro, Satanás, a quien en realidad el pueblo seguía. En aquel entonces, Daniel era un funcionario importante en el reino de Nabucodonosor, Ezequiel 14:14, era bien conocido por su sabiduría. Daniel proclamó que toda sabiduría proviene de Dios, Daniel 2:20-23. En contraste, el rey de Tiro pensaba que él mismo era un dios. Cuando el pueblo realmente sabio está cerca de Dios, reconoce su necesidad de depender de la dirección de Él, de Dios.
“Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás, me eres de tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres”, Mateo 26:23. “tropiezo”, del griego “skandalon”, es igual a una trampa, un vástago curveado a una vara flexible con carnada que se utiliza para la caza de animales.
La palabra llegó entonces a denotar un lazo o piedra de tropiezo. Metafóricamente, su significado es aquello que da lugar al error o al pecado. “Quítate de mí, Satanás”. Jesús reconoció en las palabras de Pedro la misma tentación diabólica de Satanás en Mateo 4:10, donde el Diablo le sugería evitar el sufrimiento como parte de su vocación mesiánica. En ocasiones, la tentación nos llega por alguien cercano, que nos motiva a realizar algo que sabemos no está bien; sin embargo, en ocasiones nos dejamos seducir y caer en el engaño.
Te invito de todo corazón a fijar tus ojos en Cristo Jesús, evitando caer en los lazos de Satanás, de dónde nace el orgullo, la soberbia y la altivez. Y centrarte en lo escrito por Isaías, inspirado por Dios, cuando plasmó el siguiente verso: “Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados”, Isaías 57:15. Para el quebrantado de espíritu, Dios tendrá misericordia, vivificando su corazón que se haya quebrantado por el sufrimiento de alguna enfermedad o pérdidas que han ocurrido en su vida. Dios desea que reine su paz en tí, en tu familia y en lo que realizas; pero nunca existirá esta paz para los orgullosos, altaneros y arrogantes, que se creen estar por encima de todo, creyendo ser “dios”.
En un abrir y cerrar de ojos, todo puede acabar en lo que tú haces por creerte ser lo que no eres. Es el caso de Saúl cuando ofreció holocausto por sí mismo, debiendo esperar al sacerdote para tal evento. “Entonces Samuel dijo: ¿Qué has hecho? Y Saúl respondió: Porque vi que el pueblo se me desertaba, y que tú no venías dentro del plazo señalado, y que los filisteos estaban reunidos en Micmas, me dije: Ahora descenderán los filisteos contra mí a Gilgal, y yo no he implorado el favor de Jehová. Me esforcé, pues, y ofrecí holocausto”, I-Samuel 13:11-12. ¿Cuál fue la respuesta de Samuel a las palabras del rey Saúl? ¡Locamente has hecho! Es difícil confiar en Dios cuando sientes que tus recursos se te agotan. Cuando Saúl sintió que se le agotaba el tiempo, se volvió impaciente con el tiempo de Dios al pensar que todo lo que necesitaba era un simple ritual en lugar de la fe en Dios. Cuanto tú enfrentes una decisión difícil, asegúrate de que la impaciencia no te impulse a hacer algo que vaya en contra de los propósitos de Dios.
Cuando sepas lo que Dios quiere, sigue el plan a pesar de las circunstancias. Saúl quiso convertirse en rey, sacerdote y dios. Todo se derrumbó para él a partir de ese momento. Te invito a que, juntos, tratemos por todos los medios que Dios ponga a nuestra disposición de no caer en la trampa del orgullo.
Les bendigo, una vez más, con la oración sacerdotal: “Jehová te bendiga, y te guarde; Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia; Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz.”, Números 6:24-26.




