DIOS BUSCA SERVIDORES, NO RELIGIOSOS.

Por Héctor E. Contreras.

 

Lucas 10:25-37.

Existe un verso en la Biblia que, desde que lo conozco me ha impresionado bastante. El mismo se encuentra en el Evangelio de Mateo y es el siguiente: “Cuando salían, hallaron a un hombre de Cirene que se llamaba Simón, y le obligaron a que llevase la cruz”, Mateo 27:32. Al analizar este texto detenidamente, podemos ver la transculturalidad del Evangelio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. “¿Quién era la ciudad de Cirene?”, nace de una jóven que renunció a sus labores propias de la mujer y se dedicó a vigilar los rebaños de su padre. Ella se dedicó por completo a servirle a su padre cuidando sus rebaños.   

Desde aquellas tierras lejanas, llegó a Jerusalén Simón, siendo llamado a servir como ayuda al que iba hacia el Monte Calvario con una cruz acuestas. La cruz en el Monte Calvario representaba a todas las naciones y pueblos. Simón de Cirene, un hombre de color, del norte de África, extendió sus manos para ayudar al Salvador del mundo con la pesada cruz que cargaba en sus hombros. 

Un ángel del Señor habló a Felipe, diciendo: Levántate y ve hacia el sur, por el camino que desciende de Jerusalén a Gaza, el cual es desierto. Entonces, él se levantó  y sucedió que un etíope, eunuco, funcionario de Candace reina de los etíopes, el cual estaba sobre todos sus tesoros, y había venido a Jerusalén para adorar, y volvía sentado en su carro, leyendo al profeta Isaías. Y el Espíritu le dijo a Felipe: Acércate y júntate a ese carro. Acudiendo Felipe, le oyó que leía al profe Isaías, y dijo: ¿entiendes lo que lees? Él dijo: ¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare? Y rogó a Felipe que subiese y se sentara con él”, Hechos 8:26-31. Felipe escuchó y  obedeció a la voz de Dios, pudiendo así, conducir a aquel hombre a encontrarse con Dios. Debo añadir también el pasaje que dejó anonadado a este hombre y es el siguiente:

 “Como oveja a la muerte fue llevado; Y como cordero mudo delante del que lo trasquila. Así no abrió su boca. En su humillación no se le hizo justicia; Mas su generación, ¿quién la contará? Porque fue quitada de la tierra su vida”, Hechos 8:32-33. Después de esto, el Eunuco le dijo a Felipe: “Te ruego que me digas: ¿de quién dice el profeta esto: de sí mismo, o de algún otro?” Hechos 8:34. Este encuentro glorioso entre un hombre de Dios que supo escuchar su voz y obedecerla, fue el detonante para que aquel hombre, que se había trasladado desde su tierra lejana hasta Jerusalén para adorar no se sabe a quién, encontró la salvación por la inquietud que llevaba dentro de sí. Después de su inquietante pregunta al envíado de Dios, es decir, Felipe, éste le anunció el evangelio de Jesús. Luego, dice la Biblia: “Y yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado? Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó parar el carro; y descendieron ambos al agua. Felipe y el Eunuco, y le bautizó. Cuando subieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe; y el eunuco no le vió más, y siguió gozoso su camino”, Hechos 8:36-39. Tanto Simón de Cirene como el eunuco, eran de lejanas tierras. El primero fue escogido para ayudar al que llevaba la pesada cruz a cuesta, es decir, se convirtió en un servidor del Señor. El otro, también de la misma región de Simón, en pleno desierto se encontró con Jesucristo el Señor, convirtiéndose al escuchar las palabras del siervo de Dios, Felipe; siendo zambullido en las aguas del bautismo en pleno desierto después de haber confesado que Jesucristo es el Hijo de Dios. ¡Gloria a Dios por su Palabra! Este hombre, el eunuco, después de haber confesado a Jesucristo, regresó gozoso a Etiopía y fundó la Iglesia de Abisinia, la cual aún existe en la actualidad. 

Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna? Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a tí mismo. Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás. Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?” Lucas 10:25-29. En estos versos, Jesús presenta   la realidad   práctica de la devoción como algo del corazón; compara la devoción sincera y sentida en las prácticas de las de  la piedad externa, hipócritas y pretenciosas de los fariseos. 

Bien has respondido; haz esto, y vivirás– es la invitación para tí hoy. Escuchar la voz de Dios y obedecerla también. Nuestro Señor continúa su diálogo con este hombre, quien era un sabio en cuanto a conocimiento de la Palabra y la Ley. Jesús le narra la siguiente historia: “Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los   cuales le despojaron ; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto. Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo. Así mismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo. Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino, y poniéndole en su cabalgadura lo llevó al mesón, y cuidó de él. Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dió al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese. ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? El dijo: El que usó misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Vé, y haz tú lo mismo”, Lucas 10:30-37. Mientras el intérprete de la Ley busca una definición, Jesús le recuerda que el amor no es tema de discusión teórica, sino una cuestión práctica. Religiosos profesionales, representados por el sacerdote y el levita, pueden discutir el asunto con gran habilidad; sin embargo, aunque despreciado como alguien perteneciente a un grupo mestizo y a una religión corrompida, se elogia al samaritano, porque actuó en lugar de teorizar. 

Jesús le devuelve la pregunta al intérprete de la Ley, pero le cambia el énfasis. No se trata de: ¿Quién era el prójimo?, sino de: ¿Quién probó ser el prójimo? El amor no toma en cuenta el valor de su objeto, sino; simplemente responde a la necesidad humana. Existían marcadas fricciones étnicas entre los judíos y los samaritanos, Juan 4:9; no interactuaban con frecuencia y, en algunos casos, exsitía hostilidad en entre ellos. Pero nuestro Señor, el Hijo de Dios, temprano en su ministerio, les enseñó a sus discípulos la verdad de Dios. El Señor ministró a la “mujer de Samaria” y a la gente de Samaria, Juan 4:4-42

En la parábola que he compartido en este mensaje, la fuente de asistencia no fue un pariente o un conciudadano de Israel, sino un despreciado samaritano. 

Se nos recuerda que una de las grandes tragedias del prejuicio es que nos separa de quienes pueden eventualmente ofrecernos ayuda. La compasión del samaritano merece el mayor de los elogios, porque la persona a la que asistió, bajo circunstancias normales, probablemente ni siquiera le habría dirijido la palabra. Cristo vino a romper una separación semejante entre los seres humanos. Es la enseñanza que encontramos en los siguientes versos: “Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas”, Santiago 2:1 y “Cuando salían, hallaron a un hombre de Cirene que se llamaba Simón; a éste obligaron a que llevase la cruz”, Mateo 27:32, ambos textos citado anteriormente. Esto nos hace recordar que, diferentes culturas estaban representadas en el Calvario y en la Iglesia. 1-)  Simón: Sabios de todas las épocas se sentirían honrados de que se les permitiera cumplir tal tarea que le fue encomendada a Simón de Cirene, un hombre del norte de África. Ya que haya sido voluntariamente o no; sus manos se extendieron para ayudar al Salvador a llevar su cruz. 2-)   El Eunuco etiópe, de África, fue el primer gentil convertido cuyo nombre se menciona en Hechos 8:26, también citado anteriormente. 

En este mensaje encontramos a tres hombres de diferentes etnias que tuvieron que ver con el mensaje central de Jesucristo: “Amar al prójimo como a uno mismo”. El mundo está lleno de religiosos, tal el hombre de la Ley que interrogó a nuestro Señor, buscando una respuesta que satisfaciera su propio ego. Simón de Cirene, también el samaritano que auxilió al hombre herido en el camino, por igual el eunuco de los confines de áfrica, que después de su conversión llegó a su tierra y fundó una iglesia en la que se  adoraba a Dios por medio de Jesucristo su Hijo.

Todo aquel que llegue a leer este mensaje, está llamado a convertirse en un servidor en nombre de Cristo, sinceramente, es mi deseo.

Que la gracia de Dios Padre, Jesucristo el Señor y la comunión del Espíritu Santo, sea con cada vida, ahora siempre. ¡Bendecidos sean todos!  

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