La guerra entre Estados Unidos, Irán e Israel se encuentra en una fase paradójica y extremadamente delicada: los misiles ya conviven con las mesas de negociación. El ataque lanzado por fuerzas estadounidenses contra posiciones iraníes en el sur de Irán, presentado por Washington como una acción “en legítima defensa”, refleja hasta qué punto el actual proceso diplomático se sostiene sobre un equilibrio precario, condicionado tanto por intereses estratégicos como por presiones políticas internas en todos los bandos.
El episodio ocurrió en las proximidades de Bandar Abás y del estrecho de Ormuz, el corredor marítimo por donde circula aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial. Según el Comando Central estadounidense, las fuerzas norteamericanas actuaron después de detectar embarcaciones iraníes que supuestamente intentaban desplegar minas y posiciones de misiles que podían amenazar a aviones y buques estadounidenses. Washington insiste en que se trató de una operación limitada y defensiva, compatible con el alto el fuego todavía vigente.
Sin embargo, desde Teherán la lectura es radicalmente distinta. El Ministerio de Exteriores iraní calificó el ataque como “un acto de mala fe” y “una violación definitiva del alto el fuego”, acusando a Estados Unidos de utilizar las negociaciones como cobertura mientras mantiene presión militar sobre la República Islámica. La reacción iraní revela una contradicción central del conflicto actual: ambas partes negocian porque necesitan evitar una guerra regional abierta, pero al mismo tiempo siguen utilizando la coerción militar para mejorar su posición en la mesa de diálogo.
Aunque el debate público suele concentrarse en el programa nuclear iraní, la crisis actual tiene un eje económico inmediato: el control y reapertura del estrecho de Ormuz. Desde el inicio de la guerra hace tres meses, la interrupción parcial del tráfico marítimo ha disparado la volatilidad energética y aumentado el temor a una recesión internacional.
Por ello, la prioridad inmediata de Washington no parece ser el dossier nuclear, sino garantizar la libre circulación marítima y estabilizar el mercado petrolero global. El borrador de acuerdo que se negocia en Doha, bajo mediación de Qatar y Pakistán, contempla precisamente una reapertura progresiva del estrecho durante un periodo inicial de 30 días, mientras se habilitaría una segunda fase de conversaciones de unos 60 días centrada en cuestiones más complejas: enriquecimiento de uranio, misiles balísticos y alivio estructural de sanciones.
Teherán, por su parte, intenta aprovechar el contexto bélico para arrancar concesiones económicas significativas. Las negociaciones incluyen el desbloqueo de miles de millones de dólares en activos iraníes congelados y cierta relajación de las sanciones petroleras y petroquímicas. Fuentes iraníes sitúan esa cuestión financiera como el principal escollo pendiente.
Ese cálculo explica por qué Irán, pese a condenar los bombardeos estadounidenses, no ha abandonado las conversaciones. El liderazgo iraní parece convencido de que un acuerdo parcial puede venderse internamente como una victoria de resistencia frente a Estados Unidos e Israel.
Trump busca contener la guerra sin parecer débil
La posición de Donald Trump resulta especialmente compleja. El presidente estadounidense intenta simultáneamente frenar el conflicto, evitar una crisis energética mundial y mantener una imagen de firmeza frente a Irán. Esa combinación explica el lenguaje utilizado por el Pentágono: “autodefensa”, “contención” y “respuesta limitada”.
La Casa Blanca teme que una guerra prolongada dispare los precios del petróleo y erosione la economía global en plena campaña política estadounidense. Pero también enfrenta fuertes presiones internas de sectores republicanos que consideran insuficiente cualquier acuerdo que no implique restricciones inmediatas y verificables sobre el programa nuclear iraní.
De hecho, varios aliados conservadores de Trump han criticado que el posible pacto deje el asunto nuclear para una segunda etapa. Para esos sectores, permitir primero la reapertura de Ormuz y el alivio financiero a Irán sin resolver el enriquecimiento de uranio supone otorgar ventajas estratégicas a Teherán.
El problema para Washington es que Irán tampoco está negociando desde una posición de derrota total. Aunque la economía iraní continúa profundamente afectada por las sanciones, el régimen ha demostrado capacidad para resistir, mantener influencia regional y seguir condicionando el tráfico marítimo global.
La “mala fe” y la diplomacia bajo presión
El concepto de “mala fe” utilizado por Irán resulta especialmente relevante porque apunta al corazón del problema diplomático. Para Teherán, atacar durante un alto el fuego equivale a negociar bajo amenaza. Para Estados Unidos, en cambio, responder militarmente ante riesgos inmediatos no contradice necesariamente la continuidad de las conversaciones.
Pese a ello, ninguno de los dos actores parece interesado todavía en romper totalmente el diálogo. La reacción iraní fue dura en el plano retórico, pero moderada en el militar. Aunque la Guardia Revolucionaria reivindicó el derecho a responder y anunció incidentes con drones estadounidenses, no anunció represalias de gran escala.
Esa contención relativa indica que Teherán tampoco desea dinamitar las negociaciones cuando se encuentra cerca de obtener alivio económico y acceso a fondos congelados.
Otro elemento decisivo es Israel. Mientras Estados Unidos intenta cerrar un acuerdo parcial, el Gobierno de Benjamín Netanyahu mantiene la presión militar sobre el Líbano y Hezbolá. Israel teme que cualquier relajación de sanciones fortalezca indirectamente a Irán y a sus aliados regionales.
El riesgo es evidente: aunque Washington y Teherán logren estabilizar temporalmente Ormuz, el conflicto podría seguir expandiéndose a través de escenarios paralelos como el Líbano, Siria o el Golfo Pérsico. @mundiario
