Por: Héctor E. Contreras.
Lucas 6:46-49.
“He sido arquitecto por más de 50 años. Al diseñar una casa, el arquitecto considera hasta el más mínimo detalle: Las necesidades y estilos de vida del cliente, aspectos estéticos, el clima, la topografía, el costo y mucho más. A menudo, clientes entusiasmados se acercan a mí con fotos que han visto en revistas y me indican que saben exactamente lo que quieren. Mi función es simplemente crear el diseño”, palabras del testimonio del Sr. Keith Honeyman, Ciudad del Cabo, Sudáfrica, en la Revista “El Aposento Alto”, del 26 de septiembre/2014. Una profesión que conduce siempre al profesional de esta rama del saber, la arquitectura, busca siempre la perfección. Sea hombre o mujer, en la mayoría de las ocasiones, siempre dan lo mejor de sí para satisfacer las necesidades de su cliente en el trabajo emprendido. Si tomamos en consideración al arquitecto, debemos pensar en Dios como nuestro Creador, a quien yo he llamado con el título de este mensaje como: “El arquitecto perfecto”. ¿Por qué razón? La respuesta es sencilla; porque Él nos hizo conforme a su imagen y semejanza y somos su máxima y perfecta creación. Nuestra imperfección llegó, cuando caímos en los pecados que azotan al mundo.
“¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo? Todo aquel que viene a mí, y oye mis palabras y las hace, os indicaré a quién es semejante. Semejante es al hombre que al edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo mover, porque estaba fundada sobre la roca. Más el que oyó y no hizo, semejante es al hombre que edificó su casa sobre tierra, sin fundamento; contra la cual el río dio con ímpetu, y luego cayó, y fue grande la ruina de aquella casa”, Lucas 7:46-49. La obediencia a Dios se compara con la construcción de un edificio con bases sólidas, las cuales hacen que la obra permanezca firme, no sólo por el ímpetu de un río, de un huracán, sino que soporta los azotes estremecedores de un terremoto.
Una buena construcción es sinónimo al fundamento de nuestras vidas a través del tiempo. Todos nos esforzamos, desde que comenzamos a tener uso de razón. Buscamos, luchamos y nos aferramos a nuestros pensamientos y propósitos internos, hasta lograr lo que nos hemos propuesto. Tengo un ejemplo familiar que debo detallar aquí como ejemplo y es el siguiente: Mónica es una jovencita de apenas 20 años, es una de mis nietas. Cuando era estudiante de primaria, en un programa televisivo vio y notó algo que le llamó mucho la atención. Fue algo sobre una gobernadora de un Estado, si mal no recuerdo, creo era California, en USA. Ella fijó en su mente alcanzar ser igual o más que aquella mujer. Tomó como ejemplo a una mujer que nunca había visto. Dentro de unos días, recibirá su título de Derecho de la Universidad en que está estudiando y aún en sus pensamientos sigue aspirando a ser lo que, un día, siendo aún una niña, se propuso alcanzar.
La vida cristiana es igual al ejemplo de esta jovencita; comienza con una simple oración de aceptación para que Cristo pase a morar en tu vida y se convierta en tu estandarte para toda la vida. Dios, como el Arquitecto perfecto, te ayuda en la persona de su Espíritu Santo a formarte como un hombre o una mujer en lo que te propones como persona. Lo más importante de todo esto, es saber y entender que ya no depende de tí, sino de Dios y entonces podrás ser formado conforme a los propósitos de Dios para tu vida.
Edifica tu edificio espiritual sobre la Roca, la cual es Cristo Jesús en tí y entonces podrás crecer junto a Él como tu arquitecto. Asegúrate de que tu vida esté construída sobre la sólida base del conocimiento y confianza en Jesucristo el Señor. La obediencia a Dios se compara con la construcción de un edificio sólido que permanece firme en medio de las adversidades y tormentas que puedan azotar tu vida. Cuando la vida está en calma, el fundamento no parece importar. Pero cuando las crisis llegan, se prueba nuestro fundamento. Asegúrate de que tu vida esté construida sobre la sólida base del conocimiento y confianza en Jesucristo.
¿Por qué algunas personas edifican sus casas sin fundamento?
Tal vez por querer evitar el arduo trabajo de preparar piedras, lo que se podría llamar la zapata para la misma o quizás por ahorrar tiempo y dinero a la vez. Una buena construcción conlleva sacrificio, sea de tiempo o económico.
También es necesario saber elegir el lugar de la construcción, para que ésta no se convierta en un fracaso. Dios quiere construir un edificio sólido en tu vida; un edificio que permanezca a través del tiempo. Esta solidez sólo se alcanza en la persona de Cristo Jesús. ¿Quieres esta solidez en tí? Te invito a aceptar el reto de vivir y crecer junto al Señor Jesucristo.
“Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Más el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste sera bienaventurado en lo que hace”, Santiago 1:22-25. Es muy importante saber lo que la Palabra de Dios dice, pero es más importante obedecerla. La eficacia de nuestro tiempo de estudios de la Biblia, puede medirse por el efecto que tiene en nuestra conducta y nuestras actitudes. Como creyentes en Jesucristo, nunca debemos ser solamente oidores, sino todo lo contrario, hacedores de ella. Cuando obedecemos, crecemos en fortaleza, dominio propio y en entendimiento. Nos convertimos en una construcción sólida, cuyo fundamento es Cristo en nuestros corazones.
Podemos comparar la Palabra de Dios a un espejo, ya que…. por medio de la ley es el conocimiento del pecado, Romanos 3:20b, que nos dice: “porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado”. La palabra de Dios le dice a cada uno, como Natán a David cuando fue donde él: “Tú eres aquel hombre”, II-Samuel 12:7. Pero, es bueno saber que, para que la Palabra surta su efecto, es menester que uno vea en ella su propio rostro y no el del vecino, amigo o hermano en la fe; y, después de ver su propio rostro, que se pare a reflexionar y se decida a quitar las manchas y rectificar las deformaciones que el espejo le haya mostrado.
Si nos enfocamos en la Palabra de Dios, nuestro crecimiento y desarrollo será sólido, porque nos hemos enfocado en nuestro interior que, es posible crecer hasta alcanzar la meta que nos hemos propuesto. Les bendiga Dios abundantemente.



