El cónclave a puerta cerrada que templó a Trump con la OTAN tras su amenaza de ruptura con España

Ankara resume como pocas el funcionamiento de la diplomacia atlántica en la Donald Trump. El presidente de EE UU pasó en cuestión de horas de convertirse en el principal factor de incertidumbre de la cumbre a presentarse como el líder satisfecho de una alianza reforzada. El giro no fue fruto de una negociación improvisada, sino del resultado de una estrategia cuidadosamente diseñada durante meses por la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y por Turquía para evitar una nueva crisis transatlántica.

Desde antes del inicio del encuentro, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, y el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, habían preparado hasta el último detalle con un objetivo claro, impedir que Trump dinamitara la reunión.

El contexto era especialmente delicado. Washington ya había anunciado una reducción progresiva de determinadas capacidades militares estadounidenses en Europa, mientras el propio Trump había llegado a plantear públicamente nuevos repliegues y había endurecido su discurso contra varios aliados por su escaso compromiso con el gasto militar y por la falta de respaldo estadounidense en la crisis con Irán.

A ello se sumaba un clima de tensión política con varios socios europeos, especialmente con España, a la que el presidente estadounidense había acusado de incumplir sus obligaciones dentro de la Alianza y había vuelto a amenazar con una ruptura total del comercio bilateral, aunque ello implicaría convertir en agua de borrajas el acuerdo alcanzado con la Comisión Europea para amortiguar la guerra de aranceles que la Casa Blanca lanzó al mundo el año pasado.

Cinco minutos para convencer a Trump

La reunión del Consejo Atlántico se organizó siguiendo un formato particularmente rígido. Cada jefe de Estado o de Gobierno recibió instrucciones para intervenir durante menos de cinco minutos, una fórmula habitual en las grandes cumbres, pero que se pidió con especial ahínco en Ankara para fomentar un ritmo muy dinámico que evitara que Trump desviara la atención a otro asunto. Por ello, destacan fuentes diplomáticas a El País, la mayoría de los líderes sintetizó lo más posible los logros de sus gobiernos para convencer al presidente de EE UU de que Europa hace su parte, y a instancias de la Casa Blanca.

Solo tres dirigentes disponían del margen que quisieran: el propio Trump, Rutte y el anfitrión Erdogan. El mensaje que escuchó el presidente estadounidense fue extraordinariamente uniforme. Lejos de responder a sus ataques, prácticamente todos los aliados centraron sus intervenciones en demostrar con cifras el incremento de sus inversiones militares.

Algunos ejemplos destacaron para llamar la atención de Trump. Lituania explicó que ya dedica el 5,33 % de su PIB a defensa, su vecina Estonia informó de un gasto superior al 5 %, el ultranacionalista Karol Nawrocki destacó que Polonia había pasado del 1,86 % al 4,68 % en apenas una década. Dinamarca, recelosa después de que el presidente desempolvara sus reclamaciones sobre Groenlandia, expuso el fuerte incremento de sus presupuestos militares, mientras España defendió que ha elevado su inversión hasta el 2 % y que alcanzará el 2,1 %, subrayando además su participación en numerosas misiones de la OTAN.

En lugar de debatir, la reunión consistió en presentar resultados y transmitir la misma idea de que Europa está siguiendo la senda que Trump llevaba años reclamando.

El papel decisivo de Rutte y Erdogan

Según diversas fuentes diplomáticas presentes en la reunión y mencionadas en varios medios, el punto de inflexión llegó cuando Trump terminó de escuchar la intervención de los aliados. Lejos del tono empleado horas antes ante los medios, el presidente estadounidense modificó completamente su discurso. “Queremos quedarnos con ustedes”, trasladó a los líderes europeos durante la sesión privada, según varias fuentes conocedoras del encuentro. A partir de ese momento desaparecieron los reproches personales sobre el gasto militar.

Tampoco volvió a insistir en sus amenazas sobre la isla ártica, ni utilizó la reunión para anunciar nuevos repliegues militares estadounidenses, una posibilidad que algunos aliados temían seriamente tras sus declaraciones de primera hora de la mañana.

Dos figuras desempeñaron un papel esencial en ese cambio de clima. Rutte volvió a ejercer de principal interlocutor con Trump, reforzando constantemente la idea de que la OTAN estaba alcanzando precisamente los objetivos fijados por EE UU. El secretario general evitó cualquier debate conflictivo y centró toda la reunión en los avances presupuestarios y militares.

Erdogan, por su parte, convirtió la cumbre en un ejercicio permanente de diplomacia personal. El presidente turco elogió públicamente el liderazgo estadounidense, agradeció las contribuciones militares de distintos aliados —incluida España por el despliegue de baterías Patriot en Turquía— y organizó un protocolo especialmente diseñado para agradar al presidente estadounidense. Desde la cena de gala en el palacio presidencial hasta los regalos personalizados entregados a cada dirigente, toda la escenografía respondía al mismo objetivo de mantener a Trump cómodo y receptivo.

España pasó de objetivo de las críticas a ejemplo de “redención”

Uno de los cambios más significativos afectó directamente a Pedro Sánchez. Durante la mañana, Trump había vuelto a señalar a España como un “socio terrible” y “mala gente” que “no paga” ni “participa” como espera el resto de sus aliados.  Sin embargo, tras la reunión privada el tono cambió radicalmente. Ya de regreso en el Air Force One, el presidente estadounidense aseguró que España se había “redimido completamente” tras aceptar una importante contribución económica dentro del marco de la OTAN, que La Moncloa no precisa.

El contraste reflejaba la dinámica que marcó toda la jornada, de una agresividad máxima ante las cámaras seguida de un tono mucho más conciliador durante las conversaciones reservadas. La transformación quedó reflejada en la comparecencia final de Trump. Lejos del dirigente irritado que había llegado por la mañana, el presidente estadounidense habló de una cumbre “magnífica”, aseguró que había sentido “amor en el aire” y afirmó que los aliados le habían trasladado repetidamente cuánto apreciaban su liderazgo. “Había una tremenda unidad en aquella sala”, resumió.

Incluso mantuvo una reunión más constructiva con el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, durante la que mostró mayor disposición a facilitar la licencia de Washington para fabricar sus propios sistemas Patriot.