La solicitud formal presentada este 25 de agosto por las Fuerzas Armadas suecas al Gobierno para expropiar una finca de 1,3 hectáreas próxima a la estratégica base naval de Muskö, en el archipiélago de Estocolmo, trasciende la categoría de mero conflicto inmobiliario. La parcela, adquirida originalmente en 2017 por un ciudadano con vínculos acreditados con el Kremlin y registrada formalmente a nombre de su esposa de doble nacionalidad ruso-sueca, se encuentra en pleno desarrollo de una edificación de gran tamaño que interfiere directamente con los accesos principales de la instalación militar.
Esta medida drástica responde a lo que el teniente general Carl-Johan Edström catalogó como «la situación de seguridad más grave desde el fin de la II Guerra Mundial», impulsada por la integración de Suecia a la OTAN. El estallido de la guerra en Ucrania y, especialmente, la evolución del espionaje táctico y la guerra de guerrillas aérea han obligado al Ejército sueco a justificar la intervención legal amparándose de forma explícita en la amenaza activa de los drones rusos. El terreno en cuestión ha sido declarado por los mandos de defensa como el único espacio crítico restante fuera de su control para poder desplegar una infraestructura de detección y blindaje físico efectivo contra incursiones de aeronaves no tripuladas en el Mar Báltico.
El caso tiene una particularidad que explica su dimensión política: la propiedad no es presentada por las autoridades suecas simplemente como una vivienda próxima a una instalación militar. Según las Fuerzas Armadas, constituye el único emplazamiento que no controlan y que resulta necesario para establecer una defensa eficaz de la base, especialmente frente a drones aéreos y marítimos.
La Agencia Sueca de Fortificaciones presentó este martes formalmente la solicitud de expropiación ante el Gobierno. La legislación sueca contempla este procedimiento cuando un terreno resulta necesario para la defensa nacional. No significa que la propiedad pase automáticamente al Estado: el Gobierno debe autorizar la expropiación y, posteriormente, un tribunal determinaría la indemnización correspondiente al propietario.
La base naval de Muskö no es una instalación cualquiera. Se encuentra en el archipiélago de Estocolmo y buena parte de sus instalaciones están integradas en un complejo subterráneo construido durante la Guerra Fría. Su posición en el Báltico convierte el control de los accesos y del terreno circundante en un elemento especialmente sensible.
La explicación oficial sueca se centra en la geografía militar. La propiedad se encuentra junto a uno de los accesos a la base y ofrece unas condiciones que, según el Ejército, son únicas para reforzar sus defensas. La preocupación ya no se limita a un ataque convencional: los sistemas no tripulados pueden utilizarse para reconocimiento, obtención de inteligencia o ataques directos.
Estocolmo considera que el control de esa finca permitiría reforzar sistemas destinados a detectar y neutralizar drones. No se trata únicamente de derribar un aparato que se acerque a la base. La defensa antidrones requiere detectar, identificar, seguir y, cuando sea necesario, interferir o neutralizar los sistemas no tripulados antes de que alcancen su objetivo.
El factor ruso cambia la lectura del caso
La titularidad del predio representa el núcleo del conflicto de inteligencia. Las Fuerzas Armadas suecas incluyeron la ciudadanía rusa del propietario original como el factor de riesgo prioritario en su informe de expropiación. Investigaciones publicadas por el diario sueco Expressen identificaron al titular del proyecto de construcción como el empresario Stanislav Aleshchenko, a quien los servicios de seguridad vinculan formalmente con oligarcas del entorno directo de Vladímir Putin.
A efectos legales, el terreno y la licencia de obra de la mansión figuran a nombre de su cónyuge, quien posee doble nacionalidad ruso-sueca, una estructura jurídica utilizada de manera recurrente para sortear los filtros de fiscalización de propiedades estratégicas en el archipiélago.
En la propiedad, adquirida en 2017, la pareja avanza en la construcción de una imponente residencia vacacional de más de 600 metros cuadrados que incluye una profunda excavación subterránea. La esposa Tatyana Sazonova ha declarado públicamente que los señalamientos son una «desafortunada coincidencia» y que desconocían la cercanía de la base militar al comprar el terreno, una justificación que las autoridades suecas rechazan por completo.
Sin embargo, la solicitud de expropiación no equivale a una acusación pública de espionaje. Las autoridades suecas no han presentado públicamente pruebas de que la finca haya sido utilizada para lanzar drones, realizar actividades de inteligencia o preparar una operación contra la base.
El razonamiento de Estocolmo es preventivo: la combinación de una localización considerada militarmente indispensable, la proximidad a una instalación estratégica y la situación del propietario constituye, a juicio de las Fuerzas Armadas, un riesgo que el Estado no considera asumible.
Es una diferencia relevante porque afecta directamente al debate sobre seguridad y propiedad privada. El precedente no consiste simplemente en que un Estado quiera recuperar un terreno próximo a una base. Consiste en que la nacionalidad y los presuntos vínculos del propietario con una potencia considerada adversaria pasan a formar parte de la evaluación del riesgo junto a la propia ubicación del inmueble.
La guerra de Ucrania ha cambiado el concepto de amenaza
La frase del jefe del Estado Mayor de la Defensa sueco, Carl-Johan Edström, resume la nueva doctrina de Estocolmo: «Nos enfrentamos a la situación de seguridad más grave desde el final de la II Guerra Mundial y la amenaza contra Suecia y la Alianza es real».
Los drones han dejado de ser una herramienta secundaria para convertirse en uno de los elementos centrales del campo de batalla. Son relativamente baratos frente a sistemas convencionales, pueden operar a distintas distancias y permiten combinar reconocimiento, vigilancia, perturbación electrónica y ataque.
Para los países del Báltico y del norte de Europa, además, existe una segunda dimensión: los sistemas no tripulados pueden operar también en el ámbito marítimo. Suecia habla expresamente de drones aéreos y marítimos, una referencia que encaja con la creciente preocupación europea por la protección de puertos, bases navales, infraestructuras energéticas y cables submarinos.
Suecia mantuvo durante aproximadamente dos siglos una política de no alineamiento militar antes de solicitar su ingreso en la OTAN tras la invasión rusa de Ucrania, convirtiéndose oficialmente en miembro de la Alianza en 2024. Bajo este nuevo contexto, la base de Muskö adquiere una importancia adicional, ya que lo que se protege no es solamente una instalación sueca, sino una infraestructura clave perteneciente a un Estado que ahora está integrado plenamente en la estructura de defensa colectiva de la OTAN.
Esto explica que la petición sueca pueda tener repercusiones más allá del archipiélago de Estocolmo. Si una finca civil puede convertirse en un punto vulnerable para una instalación militar, el mismo problema puede reproducirse en otros países europeos: propiedades privadas junto a aeródromos, puertos, centros de comunicaciones, depósitos militares o instalaciones energéticas. @mundiario

