El Dépor recupera la cordura y el alma en Riazor: un punto de oro con Mario Soriano a los mandos

Un punto en Riazor puede dejar inicialmente ese regusto agridulce que acompaña a los empates como local, sobre todo en una plaza con la exigencia histórica del Deportivo. Sin embargo, en el fútbol los marcadores nunca deben leerse de forma aislada. Cuando se analiza el contexto, la entidad del rival y la marejada previa, este empate sabe a mucho más que a una simple unidad en la tabla: vale oro puro para la estabilidad del proyecto.

La semana anterior había dejado secuelas dolorosas tras la derrota frente al Sevilla. La caída del invicto dolió, pero dolió todavía más por cómo se produjo. La figura de Antonio Hidalgo quedó seriamente cuestionada tras una serie de rotaciones que nadie en A Coruña logró descifrar y que desdibujaron al bloque justo ante uno de los conjuntos más en forma de toda la Primera División.

Aquel tropiezo generó un clima enrarecido, un aluvión de críticas legítimas y la sensación amarga de que, con un planteamiento más sensato y sin experimentos innecesarios, se pudo haber rascado algo positivo en tierras andaluzas. El técnico catalán se vio de pronto en el ojo del huracán, obligado a recomponer el rumbo inmediato para evitar que las dudas se convirtieran en grietas profundas.

Por fortuna, este domingo el libreto cambió de raíz. Hidalgo aparcó la tentación de innovar donde no hacía falta y apostó por la lógica elemental: alinear a los mejores en sus puestos y entregarle el mando a quien realmente sabe qué hacer con la pelota. Sin artificios ni inventos tácticos, el Dépor recuperó el sentido común y la competitividad sobre el césped.

En ese regreso a la lucidez, un nombre emergió por encima de todos: Mario Soriano. El madrileño completó una actuación superlativa, de esas que marcan un antes y un después en la temporada de un futbolista. Con la batuta en la mano y el dorsal 21 a la espalda, gobernó el encuentro con la serenidad de los elegidos y la determinación de un líder consumado.

La consagración de Mario Soriano y el aviso a la pizarra de Hidalgo

Es cierto que a Soriano le costó unas cuantas jornadas tomarle la medida exacta al ritmo y la contundencia de la Primera División, un peaje natural para cualquiera en la élite. No obstante, tras su notable presentación en Getafe, este choque frente al Real Betis sirvió como su confirmación definitiva en la máxima categoría. Ya no hay dudas: el mediapunta ha llegado para quedarse.

Ante un adversario de jerarquía continental como el Betis, Soriano firmó una auténtica exhibición de personalidad y talento puro. Ejerció de mago absoluto entre líneas, ofreciendo siempre una línea de pase limpia y asumiendo la responsabilidad de quebrar el entramado defensivo verdiblanco cuando el partido amenazaba con atascarse en la medular.

El momento cumbre de su recital llegó con esa asistencia milimétrica para el tanto de Diego Villares, una obra de arte que puso el colofón perfecto a una tarde redonda. Soriano no solo encontró la cerradura en la zaga rival, sino que fabricó la llave precisa para que Riazor estallara y el Dépor encontrara el premio a su insistencia.

Este empate frente al conjunto bético demuestra que el Deportivo tiene argumentos futbolísticos de sobra para competir contra cualquiera, siempre y cuando no se autosabotee con ensayos inoportunos desde la banda. La plantilla responde y compite cuando se le brinda un ecosistema coherente donde sus piezas más diferenciales puedan brillar con naturalidad.

Antonio Hidalgo debe tomar nota de lo vivido este domingo. El camino hacia la permanencia y el crecimiento en la élite no exige giros de timón extravagantes, sino confianza en los futbolistas determinantes. Si la pizarra respeta la jerarquía de talentos como Mario Soriano, este punto no será una anécdota, sino el cimiento de una temporada ilusionante en Riazor. @mundiario