En la historia de las casas reales europeas hay matrimonios que parecen escritos por el destino y otros que, durante un tiempo, fueron cuidadosamente proyectados en despachos, palacios y reuniones familiares. La juventud de la reina Sofía pertenece, en parte, a esta segunda categoría. Antes de convertirse en esposa de Juan Carlos de Borbón y, décadas después, en madre de Felipe VI, su familia contempló para ella otro futuro: casarse con Harald de Noruega y convertirse algún día en reina de ese país.
La posibilidad nació en los círculos de la realeza europea de los años cincuenta, cuando los matrimonios entre miembros de las distintas dinastías seguían teniendo una dimensión política y familiar mucho más evidente que en la actualidad. Federica de Grecia, madre de Sofía, era especialmente consciente de ese mundo. Tenía una personalidad intensa, una enorme influencia sobre sus hijos y una particular habilidad para reunir a jóvenes príncipes en los escenarios adecuados.
Uno de esos escenarios fue el crucero del Agamenón, organizado por Federica en 1954. Durante once días, un centenar de miembros de las principales familias reales europeas recorrieron el Egeo. La versión oficial hablaba de promocionar Grecia como destino turístico después de los años devastadores de la guerra. Pero el viaje tenía también otra finalidad: poner en contacto a una generación de príncipes que algún día ocuparía los tronos europeos.
Sofía tenía entonces 15 años y todavía estaba muy lejos de imaginar cómo acabaría desarrollándose su vida sentimental. En aquel crucero conoció a Juan Carlos, aunque no surgió entre ellos una relación especial. El verdadero proyecto matrimonial que empezó a tomar forma alrededor de la princesa fue otro. Federica encontró en Harald de Noruega, heredero de Olav V, un candidato que encajaba perfectamente en sus planes.
Un matrimonio pensado para dos coronas
Harald era varios años mayor que Sofía y estaba destinado a convertirse en rey. Desde la perspectiva de las familias reales, el emparejamiento parecía casi perfecto: dos jóvenes pertenecientes a dinastías estrechamente vinculadas, con antepasados comunes y una posición compatible dentro de la aristocracia europea.
Pero había un problema que no podía resolverse organizando cenas, regatas o vacaciones familiares. Harald tenía otros sentimientos.
A finales de los cincuenta, mientras desde el entorno de Sofía se favorecía el acercamiento, el príncipe noruego estaba enamorado de Sonia Haraldsen, una joven que no pertenecía a la aristocracia. Su relación representaba precisamente el tipo de unión que podía resultar inaceptable para una monarquía todavía muy preocupada por la continuidad dinástica y el prestigio de la Corona.
En 1959, durante un viaje de la familia real griega por Escandinavia, Sofía descubrió hasta qué punto la prensa ya había construido una historia que ella todavía no había vivido. Los periódicos noruegos la presentaban como posible pareja de Harald pese a que ambos apenas se conocían.
La situación resulta reveladora del funcionamiento de aquellas monarquías. La prensa, las familias y los círculos cortesanos podían convertir una posibilidad en una especie de realidad anticipada. Se organizaban encuentros y se alimentaban rumores antes incluso de que los protagonistas hubieran decidido qué querían hacer con sus propias vidas.
Corfú, regatas y una boda que nunca llegó
El intento no terminó ahí. Durante el verano de 1960, Harald fue invitado a pasar una temporada en Mon Repos, la residencia de verano de la familia griega en Corfú. La convivencia familiar ofrecía el escenario perfecto para que el supuesto romance adquiriera consistencia.
Sin embargo, la química no apareció. La propia Sofía sostuvo posteriormente que aquel proyecto matrimonial había sido impulsado desde fuera y que nunca llegó a existir una relación sentimental propiamente dicha.
Otros cronistas de la realeza han defendido una versión muy distinta. Según explica Jaime Peñafiel a El País, Harald fue uno de los grandes amores de Sofía. Pilar Eyre también ha sostenido que ambos llegaron a ser novios y que la historia terminó dejando una huella especialmente dolorosa en la entonces princesa griega.
La contradicción entre las versiones ha contribuido a convertir aquel episodio en una de las grandes historias sin resolver de la juventud de Sofía. Ella negó que hubiera existido un noviazgo; otros periodistas aseguran que detrás de aquella negativa había un episodio sentimental mucho más intenso.
El rechazo que abrió la puerta a Juan Carlos
El momento decisivo llegó en 1961, durante la boda del príncipe Eduardo, duque de Kent, con Katharine Worsley en Londres. Harald y Sofía volvieron a coincidir en un ambiente en el que buena parte de los asistentes ya daba por hecho que terminarían juntos. Pero el heredero noruego no dio el paso esperado. Y entonces apareció Juan Carlos de Borbón.
El futuro rey de España se acercó a Sofía y comenzó a ocupar el espacio que Harald había dejado vacío. A partir de aquel encuentro, la historia cambió de dirección. Los dos jóvenes pasaron tiempo juntos durante su estancia londinense, fueron al cine, cenaron, tomaron el té, hicieron compras y acudieron a fiestas. La relación que años antes parecía improbable comenzó a adquirir una dimensión sentimental.
Sofía recordaría posteriormente que fue entonces cuando empezó a sentir una verdadera atracción por Juan Carlos. En apenas unos meses, el supuesto matrimonio con Harald dejó de ser una posibilidad y el príncipe español pasó a convertirse en el hombre con quien acabaría casándose en Atenas en 1962.
La ironía histórica es evidente: el matrimonio que había sido concebido como una estrategia dinástica para unir a Sofía con el futuro rey de Noruega terminó indirectamente contribuyendo a que encontrara al futuro rey de España.
Harald, por su parte, no renunció a Sonia Haraldsen. El conflicto con su padre se prolongó durante años y llegó a adquirir una dimensión extraordinaria: el príncipe estaba dispuesto incluso a renunciar a sus derechos sucesorios si no recibía autorización para casarse con ella. Finalmente, Olav V aceptó y la pareja contrajo matrimonio en 1969.
La decisión modificó también la imagen de la propia monarquía noruega. Harald demostró que el afecto podía imponerse a las convenciones dinásticas, en una época en la que los matrimonios de los herederos todavía estaban sometidos a una fuerte presión familiar.
Dos caminos que pudieron cambiar la historia
Resulta tentador imaginar qué habría ocurrido si Harald hubiera correspondido a las expectativas de Federica y Sofía hubiera aceptado casarse con él. La historia de dos monarquías europeas habría sido radicalmente diferente.
Sofía podría haber terminado como reina de Noruega, mientras que Juan Carlos habría tenido que construir su vida sentimental y su futuro político sin ella. España habría contado con una trayectoria dinástica distinta y Felipe VI, tal como hoy se conoce, probablemente ni siquiera habría nacido.
Pero hay una lectura todavía más interesante. La historia demuestra hasta qué punto las decisiones privadas de una generación de príncipes podían tener consecuencias institucionales enormes. Una boda que nunca llegó a celebrarse terminó siendo uno de esos cruces de caminos invisibles que ayudan a explicar cómo se configuraron las monarquías europeas contemporáneas.
La muerte de Harald V, a los 89 años, devuelve ahora aquella historia al primer plano. Durante décadas, él y Sofía mantuvieron una estrecha amistad, mientras sus respectivas familias conservaron vínculos cercanos. Lo que pudo haber sido un matrimonio terminó convertido en una relación marcada por el afecto y por una pregunta que nunca ha desaparecido del todo: qué habría ocurrido si aquel proyecto de Federica de Grecia hubiera funcionado.
La muerte de Harald V, a los 89 años, devuelve ahora aquella historia al primer plano. Durante décadas, él y Sofía mantuvieron una estrecha amistad, mientras sus respectivas familias conservaron vínculos cercanos. Lo que pudo haber sido un matrimonio terminó convertido en una relación marcada por el afecto y por una pregunta que nunca ha desaparecido del todo: qué habría ocurrido si aquel proyecto de Federica de Grecia hubiera funcionado. @mundiario
