El fútbol tiene estas cosas. Hace menos de un mes Ferran Torres era un jugador más del Barcelona, discutido por su falta de puntería, cuestionado cuando acumulaba errores y lejos de ser considerado una estrella. Marcó el gol que dio a España su segundo Mundial y, de repente, parece que estamos hablando de otro futbolista. Entrevistas, homenajes, actos publicitarios y baños de masas por todas partes.
Y conviene decirlo claramente: si Ferran Torres no hubiese marcado aquel gol, hoy prácticamente nadie estaría hablando de Ferran Torres. Ni existiría semejante exposición mediática, ni su nombre estaría ocupando portadas internacionales, ni probablemente estaría protagonizando una operación de mercado de estas dimensiones. Marcó el gol más importante de su vida. Enhorabuena. Pero fue un gol. No una transformación futbolística.
Porque Ferran sigue siendo Ferran. El mismo futbolista irregular, capaz de enlazar buenos momentos con partidos en los que desaparece y de necesitar demasiadas oportunidades para marcar. La final del Mundial no borró todo lo anterior. Simplemente consiguió que durante unas semanas mucha gente decidiese olvidarlo.
Lo más sorprendente es escuchar ahora determinados mensajes procedentes del propio jugador y de su entorno sobre la necesidad de sentirse querido o valorado por el Barcelona. Ferran considera que el club debería haberle demostrado más cariño. ¿Exactamente qué cariño? Por el Barcelona han pasado Cruyff, Maradona, Romario, Riquelme, Rivaldo, Ronaldinho, Henry o Messi. Algunos salieron incluso por la puerta de atrás después de cambiar directamente la historia del club. Ferran Torres, en la historia del Barça, todavía no es absolutamente nadie.
Y eso no es un insulto. Es simplemente poner las dimensiones de cada uno en su sitio. Ferran ha sido un jugador útil, ha marcado goles y ha tenido momentos buenos. Punto. No ha marcado una época, no ha liderado al Barcelona, no ha sido diferencial durante varias temporadas ni ha construido un legado que obligue al club a arrodillarse para demostrarle afecto.
El Barcelona, de hecho, ha hecho exactamente lo que debía hacer. Ferran entraba en su último año de contrato y existía el riesgo evidente de verlo marcharse posteriormente por mucho menos o incluso gratis. Entonces apareció el Mundial, apareció aquel gol y su cotización se disparó. Si el PSG termina pagando alrededor de 55 millones de euros, el Barça habrá convertido un momento irrepetible del futbolista en una operación económica magnífica.
Y después está París. Porque Ferran parece buscar fuera el protagonismo y la valoración que considera que no ha tenido en Barcelona, pero quizá debería mirar primero la plantilla del PSG. Dembélé, Doué, Kvaratskhelia y, mientras no salga, Barcola. Si piensa que aterrizar en París significa convertirse automáticamente en titular indiscutible de Luis Enrique, puede encontrarse rápidamente con una realidad bastante menos agradable.
Quizá incluso termine jugando menos de lo que jugaba en Barcelona. Y entonces habrá que comprobar si también considera que el PSG no le demuestra suficiente cariño. Porque competir por minutos forma parte del fútbol profesional. Nadie tiene que regalarte protagonismo porque hayas marcado un gol histórico ni porque durante un mes hayas sido uno de los hombres más entrevistados del planeta.
Ferran Torres será para siempre el autor del gol que dio a España su segunda estrella. Eso ya no se lo quita nadie. Pero aquel gol convirtió a Ferran en héroe durante una noche, no en un futbolista diferente al día siguiente. Confundir ambas cosas puede ser precisamente el mayor error de todo este verano.
Si considera que Barcelona no lo quiso suficientemente y que París será diferente, perfecto. El Barça recibe una cantidad extraordinaria, el PSG incorpora otro delantero y Ferran empieza una nueva etapa. Lacito, maleta y que venga el siguiente. @mundiario
