Hechos 24:14-15.
Por: Héctor. E. Contreras.
¿Qué es la esperanza? Se dice que es un estado de fe y ánimo optimista basado en la expectativa de resultados favorables relacionados con eventos o circunstancias de la propia vida o el mundo en su conjunto. La RAE la define como un “Estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea”. El cristianismo la define como una virtud teológica por la que se espera que Dios dé los bienes que ha prometido. San Pablo la define como uno de los pilares de la fe, cuando hablando a la Iglesia de los corintios les escribió: “Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor”, I-Corintios 13:13. Se dice que en la sociedad moralmente corrupta de los corintios, el amor vino a ser un término confuso con un significado sin importancia para ellos. Ellos no entendían que el amor es la más grande de las cualidades humanas y es un atributo de Dios, según lo declara el apóstol Juan en su primera carta 4:8. La fe es el fundamento y el contenido del mensaje de Dios y la esperanza es la actitud y el enfoque; el amor es la acción. Cuando la fe y la esperanza están alineadas, podemos poseer la libertad de amar realmente porque llegamos a comprender cómo Dios nos ama.
“Por tanto, es por fe, para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su descendencia; no solamente para la que es de la ley, sino también para la que es de la fe de Abraham, el cual es padre de todos nosotros (como está escrito: Te he puesto por padre de muchas gentes) delante de Dios, a quien creyó, el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen. El creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia”, Romanos 4:16-18. Abraham creyó a Dios solo por la fe. No es por amar a Dios ni realizar buenas obras. No es por fe más amor, ni tampoco por fe más buenas obras. Somos salvos sólo mediante la fe en Cristo Jesús. La fe es una experiencia completamente opuesta a la autosuficiencia.
Esta es la razón por la cual Dios decidió que la fe fuese la disposición del corazón que nos traería la salvación, para que sea por gracia. Creyó en esperanza contra esperanza. Al contrario de cualquier expectativa humana ordinaria, en la esperanza aguardamos que Dios cumpla sus promesas para con nosotros. Tener fe significa decidirse a creer, audazmente y sin reservas lo que Dios ha dicho, con una esperanza firme en Él de que cumplirá fielmente sus propósitos en cada uno de nosotros. La fe y la esperanza para estos tiempos, es aprender de nuevo todo el testimonio de las Sagradas Escrituras. Entre las claves de la vida, la fe y la esperanza deben ser el fundamento en lo verdadero, lo real, puro y limpio. La fe, también la esperanza, nos permite vivir, como nunca antes, para el bienestar de los demás.
“Pero esto te confieso, que según el Camino que ellos llaman herejía, así sirvo al Dios de mis padres, creyendo todas las cosas que en la ley y en los profetas están escritas; teniendo esperanza en Dios, la cual ellos también abrigan, de que ha de haber resurrección de los muertos, así de justos como de injustos”, Hechos 24:13-14. Cuando Pablo plasma las palabras “creyendo todas las cosas en la ley y en los profetas”, trata de enseñarnos que los seguidores de Jesús no rechazaban las Escrituras judías. Ellos simplemente las entendían bajo una nueva luz: Jesús de Nazaret era el Mesías. Su venida no obedecía meramente al interés nacional judío y su reino incluía a todas las naciones, entre estas el mundo gentil. Fue el mismo Jesús, el Señor que dijo: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasean el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido”, Mateo 5:17-18.
Con los Evangelios, así como con todo el Nuevo Testamento, la santidad alcanza una nueva dimensión. Jesús ha venido y demostrado lo deseable de la santidad personal, y nos ha dado el Espíritu Santo para poder alcanzarla. Por tanto, tenemos la esperanza gloriosa de experimentar la verdadera vida en Dios. La vida y las enseñanzas de Jesús nos han instruido en cómo vivir una vida piadosa, aunque la piedad nunca nos gana el acceso al cielo desde la tierra, a través de la vida piadosa descubrimos las bendiciones del cielo en la tierra.
En otras palabras, mis amados, Jesús cumplió la Ley; no la abolió, llevándonos a no olvidar que, aquellos que enseñan la indiferencia ante la Ley, no llegarán lejos en el reino de Dios.
“Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo”, Romanos 15:13. El Espíritu Santo no sólo imparte dones espirituales a los creyentes, sino también gozo, paz y esperanza, según lo describe el autor de esta carta, cuando dijo: “No sea, pues, vituperado vuestro bien; porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo”, Romanos 14:16-17. Esto nos indica que, las prohibiciones dietéticas son relativamente triviales, y su cumplimiento no es esencial para el reino de Dios. Lo más importante es el fruto del Espíritu Santo en cada vida, según los siguientes versos: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia,benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley”, Gálatas 5:22-23. El fruto del Espíritu es la obra espontánea en nosotros.
El Espíritu produce estos rasgos del carácter que se encuentran en la naturaleza de Cristo. Ellos son el producto del control de Cristo y no podemos obtenerlo por tratar de llevarlos sin su ayuda. Si queremos que el fruto del Espíritu se desarrolle en nuestras vidas, debemos unir nuestra vida a la de Él, es decir, Cristo el Señor. Debemos conocerlo, amarlo, recordarlo, imitarlo. El resultado final será de una vida llena del Espíritu de Dios, cumpliendo así el propósito de Dios para cada vida, fijando siempre nuestra esperanza en Jesús. Para reafirmar esto, veamos lo dicho por nuestro Señor: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí, nada podéis hacer”, Juan 15:4-5.
“Porque si el ministerio de condenación fue con gloria, mucho más abundará en gloria el ministerio de justificación. Porque aun lo que fue glorioso, no es glorioso en este respecto, en comparación con la gloria más eminente. Porque si lo que perece tuvo gloria, mucho más glorioso será lo que permanece. Así que, teniendo tal esperanza, usamos de mucha franqueza”, II-Corintios 3:9-12. La dádiva de ese pacto estuvo acompañada de gloria porque se trataba de la Palabra de Dios. Moisés, como ministro de ese pacto, reflejó su gloria. La confiada esperanza en la gloria eterna del nuevo pacto, nos permite ser francos, en comparación con Moisés. quien se cubría con un velo el rostro para ocultar la naturaleza temporal de la gloria del antiguo pacto.
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado”, Romanos 5:1-5. Toda vida cristiana es el fruto de la gracia de Dios, en la cual estamos firmes. La gloria es una manifestación externa de su esencia interior. Al regreso del Señor se revelará esa gloria en toda su plenitud. En estos versos se habla de paciencia, prueba y esperanza. Cuando se padece dificultades, crece la esperanza de recibir lo que Dios ha prometido. Sabemos que la esperanza de grandes bendiciones futuras no será vana, porque el Espíritu Santo da testimonio en nuestros corazones del amor de Dios.
“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro”, I-Juan 3:1-3. Juan se maravilló de cómo el amor de Dios regenera a los creyentes, una experiencia que el mundo no puede comprender. La esperanza nuestra, radica en la pureza del corazón, por esto el apóstol, al final del verso 3 plasma la palabra “puro”. Puro nace de la raíz “hagnos”, que describe a una persona o cosa como limpia, modesta, pura y sin mácula; moralmente sin falta y sin mancha. La capacidad de Cristo para vencer la tentación y permanecer puro, le hace ser el modelo para todos los creyentes en Cristo Jesús.
Con todo y pandemia, con Covid-19 y ahora una nueva cepa, debemos permanecer firmes en Jesucristo, fijando nuestra esperanza en Él. Por tanto, amado, les bendiga Dios rica y abundantemente por medio de Cristo Jesús, nuestro Salvador.




