FIJANDO NUESTROS OJOS EN JESUCRISTO.

Por:  Héctor E. Contreras.

Hechos 3:4-10.

En mi entender, creo que la mayoría de las personas de mi generación, de alguna forma u otra, alguna vez asistieron a los templos, sean estos católicos o evangélicos. Creo también que, en las puertas de los templos, principalmente católicos, encontramos hombres y mujeres mendigando una ofrenda o una limosna para su sustento.  No sólo en los templos hallamos a este tipo de personas, frecuentan también parques y cuando saben que habrá un acto público, hasta allí se trasladan tratando de encontrar a alguien que les extienda las manos. Ahora, no solamente en templos y parques los vemos, arropan nuestras principales avenidas, en esquinas estratégicas. Conozco un joven que en su adolescencia limpiaba zapatos en donde vivo, luego comenzó a mendigar en la Abraham Lincoln con Dr. Mañón; después se trasladó a otra esquina de la misma Lincoln con Gustavo Mejía Ricart. Siempre le hice saber que podía dejar de mendigar en nuestras calles y dedicarse a estudiar, porque aún era joven y lo sigue siendo; cada vez que le trataba el tema, me contestaba que sí, pero el tiempo ha pasado desde entonces y hoy, en la misma esquina, semi inválido por la obesidad que tiene, enfermo de las piernas y un bastón que usa como apoyo. El relato que detalla el capítulo tres del libro de los Hechos, no está ajeno a nuestra realidad de hoy. Dice el verso 2, de Hechos 3, que había un hombre que llevaban diariamente a la puerta del templo para pedir limosna a los que visitaban aquel lugar de adoración. Es bueno destacar que, existe un gran negocio con este tipo de gente; en muchos casos son explotados por otras personas   por su condición física.  Aquí dice que el mismo era llevado y es posible que quien o quienes lo llevaran formara parte de un gran negocio. Lo más lejos que tenía el hombre de la historia, era que ese día comenzaría una vida normal, jamás soñada por él. El verso dos describe su inutilidad, por ende jamás tendría que someterse a la voluntad de los que lo explotaban cada día, desde que tuvo conocimiento, hasta aquel día memorable para su vida. La Biblia detalla en el verso 1 que Pedro y Juan subían al templo a la hora novena a la oración. Según el verso 3, el hombre cojo vio a estos dos   y le extendió su mano para que le dieran algo, pero Pedro, verso 4, fijando en él sus ojos, le dijo: Míranos, estando muy atento en espera de una gran limosna de aquellos hombres; mas Pedro dijo: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”. 

Dice el verso 7 que le tomó por la mano derecha y lo levantó, y al momento se le afirmaron los pies y tobillos; y saltando, se puso en pie y anduvo; entró con ellos al templo, andando, saltando, y alabando a Dios. ¡Bendito sea Dios! ¡Aleluya! Cuando Pedro le dijo a aquel hombre: ¡Míranos! En mi imaginación, al observar a estos dos hombres, de seguro que el cojo esperaba recibir una gran limosna en aquella hora, sin embargo, para la mayor sorpresa de su vida, en vez de recibir unas cuantas monedas, recibió lo que muchos buscan hoy, la liberación de sus cuerpos enfermos, luchando por salud. Las palabras utilizadas por los hombres de Dios, puede ser que se hagan necesarias para este tiempo. Hay un clamor que se escucha desde el norte hasta el sur, desde este este hasta el oeste; de personas que padecen enfermedades desde  la hipertensión arterial, diabetes, riñones y muchas otras enfermedades que nos abaten cada día.  ¡Míranos! Atento aquel hombre, asombrado tal vez, esperando recibir algo para comer aquel día; vaya sorpresa, cuando los siervos de Dios les dicen: “No tenemos plata ni oro, pero lo que tenemos te damos; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”. Hechos 3:6. El verso 7 detalla todo lo acontecido con este hombre aquel día glorioso para su vida. La enseñanza más contundente de este relato, es el momento cuando Pedro lo tomó de su mano derecha y le ayuda a ponerse en pie. En la mayoría de los casos, solo nos limitamos a dar lo que espera el mendigo, pero el ejemplo de Pedro nos lleva a entender que Dios hace la obra completa y perfecta cuando  sana a alguien, nunca a medias. En todo su vivir,  el hombre de la historia que nos ocupa jamás pensaría que llegaría a caminar por sus propios pies. Después del gran milagro, entra al templo alabando, glorificando y danzando de gozo por la sanidad recibida. Junto a los apóstoles, entró a un lugar que no conocía en su interior, porque solo era dejado a la puerta del templo por años y años. ¡Alabado sea el nombre de Dios para siempre!. Hablando sobre ofrecer una manita a algún necesitado, hoy mismo, cuando escribo estas líneas, mientras montábamos nuestro vehículo esta mañana, mi esposa Elena se desmontó para ayudar a una señora que no podía bajar la acera. Lo mismo que hizo Pedro, lo hizo ella, extendieron sus brazos y ayudaron a un desvalido. De ser un mendigo desde que tenía conocimiento, cojo por años; en un abrir y cerrar de ojos, fue sanado. Al fijar los ojos en aquel hombre, los apóstoles Pedro y Juan utilizaron el nombre completo de: “JESUCRISTRO DE NAZARET”. ¿Por qué utilizar el nombre completo de nuestro Señor? Porque el nombre Jesús era común en esa época, como hoy también lo es. Se utiliza el hombre completo como título de Nuestro Señor. “Jesucristo” (Mesías de Nazaret). “Jesús” (“Josué” o “Jeshua”). Al utilizar el nombre completo de nuestro Salvador, recibimos la autoridad completa de la Deidad de Dios. 

La sanidad de este hombre causó una revuelta en toda la ciudad de Jerusalén. Dice la Biblia que se llenaron de asombro y espanto por el gran milagro de aquel día, Hechos 3:10. El hombre cojo que había sido sanado, utilizado desde quien sabe que tiempo por explotadores de gente como él, ese día de gloria para su vida, recibe una total sanidad y liberación al enderezar sus piernas entumecidas por años y en un momento de atención, fijando atentamente a aquellos hombres, siervos de Dios, en un instante, con una simple oración, sus pies fueron sanados por el poder de la sangre de Cristo Jesús. Esa sangre, el poder glorioso de Dios en la persona del Espíritu Santo, hoy sigue fluyendo en favor de cada persona necesitada. De un mendigo a la puerta del templo, de un hombre que era transportado todos los días a aquel lugar, Dios lo levanta con poder y autoridad y se convierte en un ente de producción para su vida, para su familia, para la sociedad. ¡Gloria a Dios!

¡Míranos! En este tiempo, miremos fijamente al autor y consumador de la fe, Jesucristo el Señor, y entonces encontraremos, no sólo salud de nuestros cuerpos enfermos, no sólo una respuesta de una necesidad anhelada por años, no sólo la liberación económica anhelada, sino lo más importante para nuestras vidas, la salvación de nuestras almas. Fijemos nuestra atención al que fue a la cruz, porque por Él somos, mis amados del Señor. Fué el mismo Pedro que escribió lo siguiente: “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados”, I-Pedro 2:24. Tú, que hoy tienes la oportunidad de leer estas líneas, puedes ser tomado de tu mano derecha y levantarte con poder y salir tal el hombre de nuestra historia, alabando y glorificando a Dios en su corazón. 

Hoy puedes vivir conforme a la justicia de Dios, primero con tu familia, tus negocios o estudios. En todo y por todos, está Cristo Jesús, nuestro Señor y Salvador. Después de la sanidad del hombre que se sentaba en la puerta del templo a mendigar todos los días, este evento y los  versos 9 y 10, nos dicen: “Y Todo el pueblo le vio andar y alabar a Dios. Y le reconocían que era el que se sentaba a pedir limosna a la puerta del templo, la Hermosa; y se llenaron de asombro y espanto por lo que había sucedido”. Más tarde, el pueblo abordó a Pedro y a Juan, creyendo que el poder sanador salía de ellos, llevando a Pedro a proclamar las siguientes palabras: “Varones israelitas, ¿por qué os maravilláis de esto? ¿o por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste? El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis delante de Pilato, cuando éste había resuelto ponerle en libertad”, Hechos 3:12-13. Añadiendo Pedro a sus palabras: “Y por la fe en su nombre (Jesús), a éste, que vosotros veis y conocéis, le ha confirmado su nombre; y la fe que por él ha dado a éste esta completa sanidad en presencia de vosotros”, Hechos 3:16. Este verso confirma el evento supremo cuando los apóstoles, reunidos en el APOSENTO ALTO, esperaban las promesas anunciadas por su Salvador, Jesucristo. Él les hizo saber de “muchas maravillas y señales serían hechas por los apóstoles”. La invocación del nombre de “JESUCRISTO DE NAZARET”, Hechos 3:6 y 4:10, se escucha de los labios de los apóstoles. Las apelaciones al nombre de Jesús como el inequívoco Mesías (Cristo), quien anduvo como un Hombre entre los hombres (de Nazaret), constituye una afirmación de su Persona, su carácter y su oficio real, y el principio de autoridad para extender la gracia sanadora. Al uso del nombre de otra persona para reclamar derechos legales se le llama “poder del abogado”. Este es un poder privilegiado que Jesús ha delegado en nosotros, cuando confrontamos las fuerzas en retirada que la enfermedad y Satanás buscan imponer sobre la humanidad. Hoy, en el nombre de Jesucristo de Nazaret, todos nosotros podemos alcanzar la plenitud de Cristo Jesús, para, primeramente, salvar nuestras almas y luego sanar toda enfermedad que pueda invadir nuestros cuerpos. Hay poder en la sangre de Cristo Jesús. Él puede sanarte a tí y a mí también por ese gran poder que emana de Él.

Que la gracia de Dios, su fortaleza y gran amor, nos conduzcan siempre a brindar el apoyo que otros puedan necesitar. Sólo Él lo puede hacer. Bendiciones de Dios sean derramadas en sus vidas, amados del Señor.

 

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