La tregua en el Líbano, impulsada en un contexto de guerra entre EE UU e Irán, muestra signos evidentes de desgaste. Lejos de consolidarse, el alto el fuego se ha transformado en un escenario de confrontación intermitente, con una nueva ola de ataques israelíes y una respuesta sostenida de Hezbolá que amenaza con devolver el conflicto a una guerra abierta.
Desde su inicio a mediados de mes, el cese de hostilidades ha evolucionado hacia una dinámica de violencia contenida pero creciente. Israel ha intensificado sus operaciones aéreas, extendiéndolas por primera vez al valle de la Becá, bastión estratégico de Hezbolá en el este libanés. Esta expansión geográfica de los bombardeos marca un punto de inflexión: el conflicto deja de limitarse al sur fronterizo y adquiere una dimensión más amplia.
Las cifras reflejan esa deriva. En apenas unos días, los ataques han provocado decenas de muertos, en un contexto en el que el balance total de víctimas desde el inicio de la guerra supera ya los 2.500 fallecidos, según autoridades libanesas.
La ofensiva israelí responde a una lógica clara: mantener presión constante sobre las capacidades militares de Hezbolá y consolidar una franja de seguridad en el sur del país. La presencia de tropas israelíes en territorio libanés —en una zona que se extiende varios kilómetros desde la frontera— es uno de los principales factores de tensión.
El ministro de Defensa israelí, Israel Katz, ha sido explícito al respecto: “No habrá una realidad de alto el fuego en el Líbano mientras se siga disparando contra nuestras fuerzas y las comunidades de la Galilea”. Esta posición implica que el alto el fuego no es entendido como una pausa total, sino como un marco flexible que permite continuar operaciones consideradas defensivas o preventivas.
La respuesta de Hezbolá: resistencia y escalada
Desde el lado libanés, la postura de Hezbolá refuerza el círculo de escalada. Su líder, Naim Qassem, ha dejado claro que la organización no aceptará una tregua, con un futuro desarme, que permita a Israel mantener presencia militar en el sur del país. “No renunciaremos a nuestras armas… y el enemigo israelí no permanecerá en un solo centímetro de nuestra tierra ocupada”.
La milicia ha retomado el lanzamiento de cohetes y drones hacia el norte de Israel, combinándolo con ataques directos contra tropas sobre el terreno. Además, fuentes del propio grupo han advertido de un posible retorno a tácticas de alta intensidad, incluyendo operaciones suicidas, lo que sugiere una disposición a escalar el conflicto si la situación se prolonga.
En paralelo a la escalada militar, el Gobierno libanés intenta avanzar en una vía diplomática inédita. Bajo el liderazgo del presidente Joseph Aoun, Beirut ha iniciado contactos directos con Israel —los primeros en décadas— con el objetivo de estabilizar la frontera y avanzar hacia un acuerdo más duradero.
Sin embargo, estas negociaciones enfrentan un obstáculo estructural: la falta de consenso interno. Hezbolá ha rechazado frontalmente el diálogo, calificándolo de “grave pecado”, y ha fijado condiciones previas que incluyen la retirada total de las tropas israelíes, el fin de los ataques y la reconstrucción del país.
Aoun, por su parte, ha defendido el proceso con un argumento político directo: “mi objetivo es poner fin al estado de guerra con Israel”. Pero la brecha entre el Estado libanés y la milicia chií limita el margen de maniobra del Gobierno.
El desarme de Hezbolá: eje del bloqueo
El punto más delicado de las negociaciones es, sin duda, el desarme de Hezbolá. Para Israel, este es un requisito indispensable para cualquier acuerdo sostenible. Para la organización, en cambio, renunciar a su capacidad militar equivale a perder su razón de ser y su papel como actor regional.
Esta incompatibilidad de posiciones explica el estancamiento actual. Aunque el Líbano ha dado pasos formales —como ilegalizar las actividades militares del grupo—, la implementación efectiva de un desarme sigue siendo improbable sin un cambio profundo en el equilibrio político interno.
La evolución del conflicto muestra que la tregua funciona más como un marco de contención que como una solución. Los ataques continúan, las posiciones se endurecen y las negociaciones avanzan sin resultados concretos.
El intercambio de amenazas resume esta dinámica. Desde Israel se advierte que la resistencia de Hezbolá tendrá “consecuencias catastróficas”, mientras que la milicia insiste en que continuará la lucha mientras haya presencia militar extranjera en el Líbano. @mundiario
