Jesucristo, como nuestro fundamento, Efesios 2:19-21.

Por: Héctor E. Contreras.

En el mundo actual, se está dando un fenómeno que está causando grandes pérdidas, por un lado y grandes ganancias por el otro lado. Me refiero a los grandes movimientos en masa de la explotación migratoria. Ahora mismo, en la ciudad de New York, USA, el Alcalde la misma enfrenta un gran problema por la cantidad de personas que han llegado desde otras ciudades, siendo éstos, hombres, mujeres y niños. Nuestro País, República Dominicana, no está exenta de este flagelo humanitario que azota al mundo. Extranjeros o advenedizos, buscan y luchan por alcanzar una ciudadanía, especialmente en los Estados Unidos de Norte América. Existe, el en reino de los cielos, una ciudadanía que es eterna; ésta llega a nosotros por medio de Jesucristo, quien murió en una cruz con el propósito eterno del Padre celestial, de brindarnos esa ciudadanía  por medio de la sangre derramada en la cruz del calvario de su Hijo. Te invito a convertirte en un ciudadano del reino de Dios, para llegar a este no tienes que atravesar, en ocasiones en embarcaciones pequeñas para llegar a la mal llamada tierra “prometida”. Grandes sumas de dinero se gastan, a veces hasta pierden la vida, porque deben cruzar por tierras y mares, dejando familia y bienes y en estas travesías solo prima el interés marcado por el dinero. 

“Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas”, Filipenses 3:20-21. En aquel tiempo, cuando el apóstol Pablo escribió esta carta a los filipenses, los ciudadanos de Filipos tenían los mismos derechos y privilegios que los de Roma, porque Filipos era una colonia romana. Así mismo, los creyentes en Jesucristo el Señor, experimentaremos un día todos los privilegios especiales de nuestra ciudadanía celestial, porque pertenecemos a Cristo. Cuando Pablo escribe: El “cuerpo de la humillación”, no representa una actitud negativa hacia el cuerpo humano. Sin embargo, es bueno saber que, el cuerpo que recibiremos cuando resucitemos, será similar al cuerpo resucitado de Cristo. 

Aquellos que lucharon contra el dolor, las limitaciones físicas o la incapacidad, pueden tener una maravillosa esperanza en la resurrección. ¡Gloria a Dios! Por Jesucristo. 

“Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”, Mateo 16:15-18. En su confesión, Pedro identificó a Jesús como divino y el tan prometido Mesías. La roca sobre la cual Jesús construiría su Iglesia no era más que Él mismo. Así como Pedro reveló la verdadera identidad de Cristo, Jesús revelaba la identidad y el rol de Pedro. “Sobre esta roca edificaré mi iglesia”; esa Roca, mis amados del Señor, no es más que el Cristo que fue al Monte Calvario por nosotros, derramando su sangre preciosa para la salvación de toda la humanidad. Esa Roca, es Jesucristo el Señor, es ahí donde se inicia el fundamento de nuestra creencia, de nuestra fe y nuestra salvación. 

“Dios hace habitar en familia a los desamparados; Saca a los cautivos a prosperidad; Mas los rebeldes habitan en tierra seca”, Salmo 68:6-7. El verso 4 de este mismo capítulo, nos motiva a cantar salmos a Dios, exaltando su nombre. Con gritos de alabanza y sonido de trompetas, David y su pueblo llevaron el Arca santa hacia el monte Sion, II-Samuel 6:15. Ya en los versos citados, 6 y 7, David alabó a Dios por su protección y sustento. Cuando vemos la majestad de Dios, nuestra respuesta debe ser de alabanzas a Él. Esta era una canción de fe, ya que la mayoría de estos beneficios aún no habían llegado en el tiempo de David. También es un cántico de fe para nosotros en este tiempo. Dios te llama hoy, a que formes parte de su familia por medio de Cristo Jesús, quien es el fundamento de la Iglesia, su Iglesia y de nuestra fe. 

“Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo”, Efesios 2:19-20. ¡Bendito sea Dios para siempre! Por su inmenso amor.

Como hoy, en New York, US, en 1850 llegó a las costas de esta ciudad lo que llamaron en aquel entonces “una marea de migrantes”. La mayoría de éstos eran huérfanos. Nadie, se atrevió hacer frente a tal situación, exceptuando al pastor Charles Loring Brece, de apenas 26 años, que horrorizado por lo que estaba viviendo, organizó la solución para tal problema y creó el llamado “Tren de los Huérfanos”. Este tren partía hacia el oeste y se iba anunciando en cada pueblo por los que pasaba y cualquiera podía pedir un nuevo hijo para su familia. El Tren de los Huérfanos nos sirve como vívida parábola del mensaje de Efesios. Tú has aprendido a sobrevivir y a evitar morirte de hambre. Te has visto como los huérfanos del tren y, en un abrir y cerrar de ojos te encuentras con una pareja de esposos, tal vez entrados en edad, que te recibe, te montas en su carro, te transportan hasta su hogar y pasas a formar parte de una familia. 

Es lo que ha hecho Dios a través del tiempo con los que han confesado a Jesús como su Señor y Salvador. ¡Bienvenido a casa! Tal el hijo pródigo del cual nos escribe el apóstol Lucas en su Evangelio en el capítulo 15. Se inicia un nuevo fundamento en Cristo Jesús, una nueva vida y esperanza en Él. En Cristo ya no somos extranjeros ni advenedizos, hemos pasado a ser parte de la familia de Dios por medio de Él. Ya no somos extranjeros extraños en otro país, sino que hemos pasado a ser parte del Reino de Dios. Tampoco somos advenedizos, es decir, ya somos naturales del Reino celestial de nuestro Dios. 

Te invito, amado amigo o colaborador, a que no seas más un extranjero o advenedizo, si es que ya has aceptado a Jesús como tu Salvador; entonces, si no es así, te invito a que pases a formar parte del Reino de los cielos juntamente con Cristo como tu Salvador personal. 

Que la gracia de Dios reine en cada vida y corazón, ahora y siempre.

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