La dimisión de Dan Driscoll no es un relevo administrativo más en Washington. El secretario del Ejército estadounidense presentó el lunes su renuncia al presidente Donald Trump después de meses de tensión con el secretario de Defensa, Pete Hegseth, y su salida se interpreta como el desenlace de una disputa de poder que ha ido creciendo en el interior del Pentágono. La Casa Blanca no ha atribuido oficialmente la marcha a un conflicto personal o profesional, pero las informaciones publicadas por The Wall Street Journal, The Washington Post, Reuters y otros medios sitúan las diferencias entre ambos en el centro de la crisis.
El resultado es especialmente llamativo porque Driscoll no era un funcionario marginal. Veterano de Irak, próximo al vicepresidente J.D. Vance desde sus años en Yale y confirmado por el Senado en 2025, había adquirido un perfil propio dentro de la Administración Trump. Su prioridad era transformar el Ejército para un campo de batalla dominado por drones, inteligencia artificial, sistemas autónomos y armas de menor coste. El propio Pentágono había encargado a Driscoll acelerar la incorporación de sistemas no tripulados y mejorar las capacidades contra drones, además de reformar adquisiciones y reducir estructuras consideradas obsoletas.
El conflicto con Hegseth no parece reducirse a una cuestión de personalidades. En el fondo existe una diferencia sobre qué debe ser el Ejército estadounidense del futuro. Driscoll y el general Randy George, jefe del Estado Mayor del Ejército hasta su salida en abril, defendían una transformación tecnológica basada en las lecciones de Ucrania: drones baratos, guerra electrónica, sistemas autónomos, rapidez en la adquisición de material y capacidad para adaptarse a un adversario que cambia constantemente.
El secretario de Guerra comparte la agenda de modernización tecnológica, pero la ha subordinado a una reingeniería ideológica y cultural profunda de las Fuerzas Armadas. Su gestión insiste en recuperar la filosofía estrictamente combativa y letal, endurecer los estándares de preparación física y letalidad, y desmantelar por completo las políticas de diversidad, equidad e inclusión (DEI) que considera burocráticas.
Esta visión colisionó directamente con la del exsecretario Driscoll, apodado por Donald Trump como el «drone guy» por su agresivo impulso a los programas de sistemas no tripulados y la cooperación tecnológica con Ucrania. Aunque ambos coincidían en la necesidad de una fuerza más ligera y letal, entraron en una feroz disputa por el control de los mandos y la dirección de la institución. El conflicto culminó con la reciente renuncia de Driscoll y una purga masiva de la cúpula militar ejecutada por Hegseth, quien ya ha provocado la salida forzada de casi una veintena de altos mandos para colocar a aliados afines a su enfoque de línea dura. Es en este choque por la lealtad y el control absoluto del Pentágono donde aparece la verdadera dimensión de la pugna.
Driscoll tenía una baza que incomodaba a Hegseth
La destitución del general Randy George en abril agravó definitivamente la relación. George trabajaba estrechamente con Driscoll y compartía con él la apuesta por transformar el Ejército. Su salida se produjo sin una explicación pública detallada y convirtió la cuestión de los nombramientos militares en un problema político dentro del Departamento de Defensa.
Después llegaron nuevas salidas de generales y altos responsables. The Washington Post contabiliza entre las principales bajas bajo Hegseth a George, el general Christopher Donahue, el secretario de la Armada John Phelan, además de otros responsables de primer nivel. El periódico señala que la salida de Driscoll se produce en el contexto de una renovación mucho más amplia de la cúpula militar.
Para los críticos de Hegseth, el patrón apunta a una concentración creciente del poder en torno al secretario de Defensa. El senador demócrata Jack Reed, miembro de mayor rango del Comité de Servicios Armados del Senado, afirmó tras la dimisión que Hegseth había “despedido y bloqueado los ascensos de decenas de altos mandos sin dar explicaciones”. Se trata, naturalmente, de una valoración política de un dirigente opositor, no de una conclusión institucional independiente, pero refleja la preocupación que la sucesión de relevos está generando en el Congreso.
La posición de Driscoll era particularmente singular porque no dependía exclusivamente de Hegseth. Su relación con J.D. Vance le proporcionaba acceso directo a una de las figuras más influyentes de la Casa Blanca. Además, había demostrado capacidad para relacionarse con legisladores de ambos partidos y había asumido incluso tareas diplomáticas vinculadas a las conversaciones entre Rusia y Ucrania.
Esa autonomía podía resultar problemática para un secretario de Defensa que ha convertido la disciplina de la cadena de mando y la fidelidad a su proyecto político en elementos centrales de su gestión. Las informaciones sobre la relación entre ambos describen a Hegseth como desconfiado respecto de Driscoll y especialmente incómodo con la proximidad de este al vicepresidente. Reuters señala que la tensión se intensificó precisamente después del despido de George y por los obstáculos a promociones de altos mandos.
La Casa Blanca, en cambio, ha evitado presentar la salida como una derrota. Su portavoz Anna Kelly calificó a Driscoll de funcionario “sumamente eficaz” y destacó su contribución a la preparación y capacidad operativa del Ejército, así como su participación en las negociaciones entre Rusia y Ucrania. Es una forma de cerrar la crisis sin reconocer públicamente la existencia de una batalla interna.
El problema llega en plena guerra con Irán
El momento de la dimisión es probablemente el aspecto más delicado. Estados Unidos afronta una guerra con Irán que entra en su séptimo mes y mantiene tropas desplegadas en Oriente Próximo. El Ejército participa en operaciones de defensa aérea y otras misiones, mientras continúa desempeñando un papel importante en Europa y en el apoyo a Ucrania. En mayo, el Comité de Servicios Armados del Senado ya advertía de que las Fuerzas Armadas estaban afrontando misiones cada vez más exigentes frente a Rusia, China e Irán.
La salida de Driscoll deja al Ejército sin un secretario civil confirmado por el Senado y sin un jefe de Estado Mayor permanente. El exasesor del propio Hegseth, Christopher LaNeve, continúa ejerciendo como interino en la jefatura militar, mientras la Casa Blanca debe encontrar un sustituto para Driscoll. Reuters confirma que el subsecretario adjunto Dave Fitzgerald, vinculado a los esfuerzos de innovación, también podría abandonar el cargo.
Aquí aparece el verdadero coste institucional de la pugna. Una reorganización de la cúpula puede permitir a Hegseth colocar a dirigentes más próximos a su estrategia, pero también reduce la continuidad precisamente cuando el Ejército tiene que ejecutar operaciones simultáneas y acelerar una transformación tecnológica compleja.
El posible sucesor añade otra dimensión a la disputa. Entre los nombres mencionados aparece Sean Parnell, portavoz principal del Pentágono y estrecho colaborador de Hegseth. The Hill y TIME han informado de que su nombre había comenzado a circular como posible sustituto de Driscoll.
Si Parnell terminara siendo nominado y confirmado, Hegseth reforzaría todavía más su influencia sobre el Ejército. Pero el nombramiento tendría que superar al Senado, donde ya existen resistencias (incluso entre republicanos) a algunas decisiones de la actual dirección del Pentágono. Por eso, la próxima batalla no será únicamente por el nombre del sustituto, sino por el modelo de Ejército que la Administración Trump quiere consolidar.
La salida de Driscoll, por tanto, no demuestra por sí sola que Hegseth haya ganado definitivamente la batalla por el Pentágono. Sí confirma, sin embargo, que su posición se ha fortalecido mientras desaparece uno de los pocos altos cargos con suficiente peso político para defender una agenda propia dentro del Ejército. La cuestión ahora es si esa concentración de autoridad permitirá ejecutar con mayor rapidez la transformación militar en EE UU. @mundiario
