En Kiev, Sasha, profesora de francés, dice algo que debería estremecer a Europa entera. Hablan de los bombardeos nocturnos como si fueran algo banal, casi una rutina doméstica. No porque no duelan, sino porque la mente, cuando no puede escapar, aprende a adaptarse. Y esa adaptación, aunque permite seguir viviendo, también deja cicatrices profundas.
La guerra en Ucrania lleva años funcionando como un goteo constante. No siempre hay grandes ofensivas que abran telediarios, pero sí noches interrumpidas por sirenas, explosiones y la incertidumbre de si el próximo ataque caerá cerca. Lo verdaderamente devastador es que, con el tiempo, lo extraordinario se convierte en paisaje. Como si el horror fuera parte del mobiliario urbano.
Un invierno que mostró el verdadero límite
El último invierno marcó un punto de quiebre para muchos ucranianos. Temperaturas extremas, cortes de electricidad, falta de calefacción y bombardeos repetidos contra infraestructuras críticas. La guerra no solo golpea con misiles, también con frío, oscuridad y desgaste acumulado.
Sasha lo vivió en su cuerpo. Migrañas casi diarias, ansiedad, depresión, pruebas médicas continuas, incluso mediciones de cortisol, la hormona del estrés. Es un ejemplo individual que encaja en un patrón colectivo. Una encuesta del portal médico Helsi refleja que solo un 5% de la población considera que tiene buena salud mental. El resto se mueve entre fatiga crónica, insomnio y episodios depresivos.
Aquí conviene explicar algo clave. El estrés prolongado no es solo una emoción, es una agresión biológica. Mantener el cuerpo en alerta durante meses o años acelera el envejecimiento, debilita el sistema inmune y aumenta el riesgo de enfermedades cardiovasculares. No es dramatismo, es medicina.
Infancia y trauma una herida que Europa no puede ignorar
Si hay un punto donde el conflicto se vuelve aún más intolerable es el de los menores. Organismos internacionales han denunciado la deportación de niños ucranianos a territorio ruso. La Corte Penal Internacional emitió en 2023 una orden de arresto contra Vladimir Putin por la deportación ilegal de menores.
Ucrania habla de unas 20.000 deportaciones y más de un millón de niños bajo control ruso. Solo algo más de 2.000 habrían regresado. No es un asunto colateral. Es una forma de violencia política y cultural que busca romper el futuro de un país. Quitar niños es como arrancar páginas enteras de una historia colectiva.
Resistir no debería ser la única respuesta
La parte más inquietante no es que la gente tenga miedo, sino que ya casi no lo comenta. Sasha dice que apenas hablan de los bombardeos. La sociedad parece funcionar con una calma artificial, como quien aprende a caminar sobre cristales sin mirar al suelo.
Europa debería entender que ayudar a Ucrania no es solo enviar armas o negociar tratados. También es sostener una reconstrucción psicológica masiva, financiar atención mental accesible, proteger a los desplazados y exigir rendición de cuentas por los menores deportados.
Las guerras terminan, sí, pero el trauma se queda si nadie lo enfrenta. Y una Ucrania que sobrevive sin sanar será un continente con una herida abierta. No basta con admirar la resistencia. Lo decente, lo necesario, es no dejarles solos cuando el silencio empiece a hacer más ruido que las bombas. @mundiario
