La oración, la llave que nos abre el camino a Dios, Juan 11:41-42.

Por: Héctor E. Contreras.

Shirley, una conocida mía, disfrutaba de un momento a solas en un área aislada del parque local, cuando de pronto sintió que se iba a desmayar. Rápidamente buscó su teléfono celular e intentó marcar, sin embargo no había suficiente recepción para completar la llamada. A medida que su visión se oscurecía, grito: ¡Dios mío, ayúdame! Poco tiempo después, Shirley despertó dentro de una ambulancia camino al hospital. En el momento que perdió el conocimiento, dos paramédicos habían llegado al mismo lugar alejado del parque para almorzar”, testimonio de la Sra. Mónica A. Andermann, New York, USA., Revista del Aposento Alto, septiembre 7 del 2014. ¡Dios mío, ayúdame! Fueron las únicas palabras pronunciadas por Shirley, y al instante, Dios respondió su clamor. Dios puede escucharte a ti hoy, sin importar la condición en que te encuentres. Nunca dejo de pensar en las palabras del profeta Jeremías, cuando nuestro Señor le dijo: “Clama a mí, y yo te responderé y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces”, Jeremías 33:3. Es por tal razón que David escribió: “Jehová oirá cuando yo a él clamare”, Salmo 4:3-b. ¡Bendito sea el nombre de Dios!

Estas cosas habló Jesús, y levantando los ojos al cielo, dijo: Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti”, Juan 17:1. La petición de Jesús sobre sí mismo no es egoísta, porque su deseo es glorificar al Padre. Glorificar al Padre es darlo a conocer. Jesús pronto se manifestaría como el Salvador del mundo a través de su muerte redentora. Los que creyeran en Él conocerán a Dios y así poseerán la vida eterna. Todo el capítulo 17 de Juan, podríamos llamarlo como: “La oración del Señor”. La oración contiene una triple petición: “Que Él fuera glorificado”, 1-5, “que los apóstoles fueran santificados”, 6-19 y que “la Iglesia se mantuviera unida”, 20-26. La oración, mis amados del Señor, es el mejor medio de comunicación que tenemos con Dios. Ojalá nos animemos a entender la magnitud del significado de la oración delante del Altar de Dios. El Altar de Dios no tiene que ser el templo donde tú asistas, sino el lugar escogido por tí para comunicarte con Él. ¡Él es bueno! Él te escucha. 

Entonces volvió Ezequías su rostro a la pared, e hizo oración a Jehová, y dijo: Oh Jehová, te ruego que te acuerdes ahora que he andado delante de ti en verdad y con íntegro corazón, y que he hecho lo que ha sido agradable delante de tus ojos. Y lloró Ezequías con gran lloro. Entonces vino palabra de Jehová a Isaías, diciendo: Ve y di a Ezequías: Jehová Dios de David tu padre dice así: He oído tu oración, y he visto tus lágrimas; he aquí yo añado a tus días 15 años”, Isaías 38:2-5. La oración de Ezequías debe llevarnos a entender que nuestro Dios no ha elegido un lugar específico para la oración. Este hombre, simplemente volvió su rostro a la pared. Me lleva a recordar, hace ya varios años, cuando fui invitado por unos vecinos a compartir con ellos lo que algunos llaman la “última noche”. Un familiar de ellos había fallecido en Rancho Arriba, San José de Ocoa. Yo era un joven de 24 años, imberbe en el Evangelio. Recuerdo que esa noche, nunca tomé en mis manos una copa de alcohol, sólo tomaba café. Este lugar es montañoso y por ende, también frío. Durante la noche pregunté si existía algún río cerca, en el cual nos podíamos bañar al amanecer, la respuesta fue un sí.  

Después de una noche larga, llega el amanecer y todos nos disponemos a ir al río. Comenzamos, llenos de algarabía a bañarnos en las heladas aguas de aquel río. A los pocos minutos, después de haberme sumergido en un gran charco de agua, pude notar que comenzaba a perder fuerzas en mi cuerpo. Salí del agua, me senté sobre una piedra, bastante débil; mi cuerpo comenzaba a cambiar de color, hoy entiendo lo acontecido aquel día. Sufrí un ataque de hipotermia por la baja temperatura  del agua. Sentado sobre la piedra, tal Ezequías, alcé mis ojos al cielo y atiné a pronunciar las siguientes palabras: “Señor, ¿vas a dejar que yo me muera en este lugar tan lejos?” Tal Ezequías, creo que mi primera oración de petición a Dios, había sido respondida por Él. A partir de ahí comencé a recuperar las fuerzas. Como Ezequías, como yo; también tú puedes recibir la respuesta de Dios, en lo que ahora enfrentas por lo cual a veces llega la duda a tu corazón. Confía en Dios, espera en Él y Él hará. 

Entonces quitaron la piedra de donde había sido puesto el muerto. Y Jesús, alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para crean que tú me has enviado”, 

Juan 11:41-42. Jesús dirige su oración al Padre alzando sus ojos al “Trono de Dios” que está en los cielos. ¿Qué otra cosa es la oración, sino la elevación del alma hasta el Trono celestial de Dios, para dirigir allá los afectos, los sentimientos y las súplicas de nuestro corazón? Alzó los ojos por encima de la tumba de Lázaro y pasó por alto todas las dificultades que, para una vuelta a la vida, suponía la hediondez de un cadáver en proceso de descomposición. Jesús se dirige al Padre con toda seguridad, dándole gracias por haberle escuchado, es decir, por haberle concedido el poder de hacer el milagro como si este se hubiese llevado a cabo ya.

De esta forma, nos enseñaba Jesús con su propio ejemplo lo que ya había dicho a sus discípulos: “por eso, os digo que todo cuanto rogáis y pedís, creed que lo estáis recibiendo, y lo tendréis”, Marcos 11:24. La oración es la llave que nos abre los tesoros del poder y de la gracia de Dios. Por eso, Cristo, al estar seguro de que la petición había sido oída, profesa aquí: a-)  Su agradecimiento por haberle oído. “Gracias te doy por haberme oído”,  b-)  Su seguridad por una respuesta, “yo sabía que siempre me oyes” y c-)  La razón por la que expresó en voz alta la respuesta del Padre a su petición: “Pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me enviaste”. Con esta oración, Jesús pulveriza las objeciones de sus enemigos, quienes habían llegado a blasfemar horriblemente del Espíritu Santo, al atribuir una coalición con el diablo los milagros que Jesús llevaba a cabo mediante el poder del Espíritu de Dios, Mateo 12:28 y Lucas 11:20. En esta ocasión, para mostrar así que dependía por entero de Dios en la realización de sus milagros, y no de cualquier otro poder. 

Todos los portentos que llevaba a cabo nuestro Señor Jesucristo, estaban destinados a confirmar su misión divina y a corroborar así la fe de quienes se habían adherido a Él y se habrían de adherir a Él después, en el transcurso de los siglos. “Para que crean que tú me enviaste”. Jesús da de su divina misión la prueba más alta y contundente: devolver la vida a un muerto de cuatro días. 

Que Dios nos bendiga grandemente, es mi oración, amados del Señor.

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