Durante décadas, las cumbres de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) sirvieron para exhibir unidad frente a amenazas externas. La de Ankara, sin embargo, tiene un objetivo muy distinto, el de demostrar que la propia Alianza Atlántica es capaz de sobrevivir al cambio de paradigma que impulsa EE UU bajo la presidencia de Donald Trump.
La gran incógnita ya no es únicamente cuánto deben invertir los socios europeos en defensa. La cuestión de fondo es si Washington seguirá dispuesto a asumir el papel de garante casi exclusivo de la seguridad occidental o si, como lleva años reclamando Trump, Europa tendrá que aprender a sostener por sí misma buena parte de su defensa.
Ese será el verdadero examen al que se someterán los 32 aliados. Desde la cumbre de La Haya del pasado año, el compromiso de elevar progresivamente la inversión en defensa hasta el 5 % del PIB antes de 2035 se ha convertido en la principal referencia política dentro de la organización.
Aunque el comunicado final de Ankara evita convertir esa cifra en la manzana de la discordia, la presión estadounidense continúa intacta. Trump pretende comprobar qué gobiernos han traducido los compromisos en inversiones reales y cuáles siguen confiando en el paraguas militar estadounidense mientras mantienen niveles de gasto inferiores a los que Washington considera aceptables.
El mensaje ya fue anticipado hace semanas por el secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, quien advirtió de que algunos aliados “aprobarán” la evaluación y otros “la suspenderán”.
La gran transformación: menos soldados de EE UU y más responsabilidades europeas
Sin embargo, el dinero constituye solo una parte del debate. La auténtica revolución estratégica se encuentra en la denominada OTAN 3.0, el proyecto impulsado por la Administración Trump para reducir progresivamente el peso militar estadounidense en Europa y trasladar mayores responsabilidades operativas a los países europeos y Canadá.
Ese proceso ya ha comenzado. EE UU ha empezado a retirar parte de los recursos que aporta al Modelo de Fuerzas de la OTAN —el sistema que garantiza la disponibilidad inmediata de tropas, buques, aviones y capacidades en caso de crisis— y ha pedido a sus aliados que cubran esos huecos.
El objetivo responde a la prioridad de Washington de concentrar recursos militares en el Indo-Pacífico y en la creciente competencia estratégica con China, sin abandonar completamente el continente europeo. La redistribución del esfuerzo militar también tiene una importante dimensión industrial. La Casa Blanca quiere que Europa incremente su producción de armamento, pero al mismo tiempo pretende que buena parte de ese esfuerzo continúe beneficiando a la industria estadounidense.
En paralelo a la reunión de líderes se celebrará un foro empresarial de defensa en Ankara en el que se esperan contratos por valor de decenas de miles de millones de dólares. Entre los grandes asuntos pendientes figura además la posible reincorporación de Turquía al programa de cazas F-35, una operación respaldada por Trump pero que genera importantes recelos en Israel debido a que Ankara continúa operando el sistema ruso de defensa antiaérea S-400.
España vuelve a situarse bajo los focos
Si existe un país llamado a protagonizar el debate político de la cumbre, ese es España. Pedro Sánchez mantiene su negativa a comprometerse con el objetivo del 5 % del PIB al considerar que las capacidades militares exigidas a las Fuerzas Armadas españolas pueden alcanzarse con una inversión cercana al 2,1 %. Madrid sostiene que el debate no debe centrarse exclusivamente en el porcentaje del PIB destinado a defensa, sino en el cumplimiento efectivo de los objetivos militares.
El Gobierno recuerda que España figura entre los aliados con mayor incremento reciente del gasto, mantiene uno de los mayores despliegues en el flanco oriental de la OTAN y ocupa posiciones destacadas tanto en aportación de capacidades como en ayuda militar a Ucrania. No obstante, la dirección política de la Alianza continúa defendiendo que ese esfuerzo resulta insuficiente para afrontar el nuevo escenario estratégico. El secretario general, Mark Rutte, ha reiterado en vísperas de la cumbre que espera planes “claros, concretos y creíbles” para avanzar hacia el objetivo del 5 %.
La tensión llega además después de la reciente ofensiva militar estadounidense contra Irán. En Washington existe un notable malestar hacia varios aliados europeos que no facilitaron plenamente la operación o mostraron reservas políticas sobre la intervención.
España e Italia han sido algunos de los países más señalados por responsables estadounidenses, aunque fuentes diplomáticas consideran poco probable que Trump convierta Ankara en un patíbulo lanzando represalias en público. La estrategia parece orientarse más a incrementar la presión política que a provocar una ruptura abierta dentro de la Alianza.
Ucrania sigue siendo un eje central
Aunque el protagonismo recaiga sobre Trump y el futuro reparto de responsabilidades, la guerra de Ucrania continuará ocupando buena parte de la agenda. Los aliados prevén confirmar un nuevo paquete de apoyo militar valorado en 70.000 millones de euros para este año y mantener una cifra similar para 2027.
El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, participará en la primera jornada de la reunión junto a los jefes de Estado y de Gobierno. Sin embargo, el liderazgo estadounidense en este ámbito también está cambiando, Washington insiste en que sean principalmente los europeos quienes financien el esfuerzo militar ucraniano mientras Estados Unidos mantiene el suministro de sistemas de alta tecnología y refuerza las ventas de armamento a los socios europeos.
La declaración final mantiene intacto el principio fundacional de la organización: un ataque contra uno seguirá considerándose un ataque contra todos. Pero detrás de esa fórmula permanece una cuestión mucho más profunda. La OTAN ya no debate únicamente cuánto gastar en defensa. Debate quién asumirá el liderazgo militar de Occidente durante las próximas décadas.
Ankara servirá para medir hasta dónde llega el compromiso europeo con esa transformación y, sobre todo, hasta qué punto Trump considera suficiente el esfuerzo realizado por unos aliados que afrontan la cumbre bajo la sombra de la protección estadounidense ya no puede darse por garantizada sin una contribución mucho mayor por parte de Europa. @mundiario

