LA PATERNIDAD RESPONSABILIDAD Y PRIVILEGIOS.

 

Hebreos 12:7-9.

Por el Pastor:   Héctor E. Contreras

hector.contreras26@gmail.com

 

El domingo recién pasado, 25 del presente mes de Julio, en todo nuestro país se celebró el “Día del Padre”. En mi forma de ser papá, todo se inicia al llegar nuestro primer bebé a este mundo. Aún llevo en mi mente aquel momento, siendo aproximadamente las 5:30 a 6:00 de la mañana cuando pude cargar a mi primera hija. Es un momento inenarrable de la vida de un hombre. La emoción que se vive al tener la oportunidad de cargar a una criatura de apenas minutos de nacida, acariciar su rostro y besar, según un anuncio de hace mucho tiempo: “Esto no tiene precio”. Debo destacar algo más y es que, mientras se es hijo, nunca uno piensa en nada que tenga que ver con el hogar paterno, todo se le da al hijo, desde el cobijo, la alimentación, incluso algunas diversiones. Si se es hijo soltero y comienza a producir, solo da lo que entiende debe dar para cooperar con los gastos del hogar paterno. Pero cuando llega el tiempo de ser padre, todo cambia, porque ya uno no piensa como lo era estando con los padres. Nace un nuevo ser al convertirse en papá, nunca piensa para sí mismo, sino para la criatura que Dios te ha dado, la madre y los gastos concernientes al hogar. ¡Es hermosa la paternidad! Y esta viene como un regalo de Dios para cada hombre.

 

¿Cuál es la principal responsabilidad de ser padre? “Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él”, Génesis 18:19. Aquí dice que Dios sabía que Abraham instruiría a sus hijos para que anden su caminar después de él. En primer lugar, está la instrucción, luego indica a continuación el tipo de dicha instrucción. Esto significa que se nos da a conocer la naturaleza de dicha instrucción y también cómo ésta se extiende más allá de la muerte. En la persona de Abraham, podemos ver cuál es la responsabilidad de toda persona, especialmente la responsabilidad de los padres de familia a quienes Dios establece como cabeza de ésta y a quienes Él dio vida, hijos y siervos para que fueran diligentes a la hora de señalarlos. 

Cuando los padres de familia y aquellos que tienen cierta preeminencia se preparan para enseñar, no deben ser presuntuosos y pensar: “Esto me parece bien”, e intentar que todos se sujeten a su opinión y sus conceptos. “¿Cómo así? ¿Enseñaré lo que aprendí de Dios en su escuela?”. Lo que debemos recordar de este pasaje es, que nadie será jamás un buen maestro, a menos que sea un buen alumno de Dios. 

 

Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos. Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos?”, Hebreos 12:7-9. ¿Quién ama más a sus hijos, el padre que les permite hacer lo que les causa daño o el que los corrige, disciplina y castiga para ayudarlos a aprender lo que es correcto? Nunca es agradable ser corregido y disciplinado por Dios, pero su disciplina es un indicio de su amor profundo por nosotros. Cuando Dios corrige, tómelo como una prueba de su amor y pídale le muestre lo que está tratando de enseñarle.

Jehová conoce los pensamientos de los hombres, que son vanidad. Bienaventurado el hombre a quien tú, Jehová, corriges, Y en tu ley lo instruyes, Para hacerle descansar en los días de aflicción, En tanto que para el impío se cava el hoyo”, Salmo 94:11-13. A veces se hace necesario el castigo de Dios para ayudarnos. Esto es similar al padre amoroso que disciplina a sus hijos. El castigo no es muy agradable para el niño, pero es esencial para enseñarle la diferencia entre el bien y el mal. La Biblia enseña que: “Ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados”, Hebreos 12:11. Cuando sientas la mano de Dios en la corrección, acéptala como una prueba de su amor. Debes tomar conciencia de que Dios te impulsa a seguir sus sendas a pesar de tu obstinación por andar en tus propios caminos. 

 

En su primera carta a Timoteo, el apóstol Pablo le habla diciendo: “Si alguno anhela obispado, buena obra desea. 

Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar; no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, que gobierne bien su casa, para que tenga a sus hijos en sujeción con honestidad, (pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?”, I-Timoteo 3:1-5. Pablo habla de los requisitos para ser obispo; pero como se puede leer, en su escrito hace referencia a lo que es ser padre. Son muchos los padres, no solo en este tiempo, sino muchos años atrás que creían que ser padre era haber cumplido con sus obligaciones porque proveía alimento y ropa a sus hijos y actuar de vez en cuando como una especie de policía moral. Cuando Pablo habla al obispo, también abarca la paternidad, porque un obispo, un pastor, un cura y otros líderes, se pueden convertir en padres, pero espirituales. El padre debe gobernar bien su casa, mantener a sus hijos en sujeción con toda honestidad. “Como ciudad derribada y sin muro es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda”, Proverbios 25:28. Esto nos quiere decir que, si un padre no sabe como regir su propio espíritu, ¿cómo se ocupará de sus proles? Dios le ha confiado a los padres un encargo sumamente solemne, que, a pesar de ello, es un precioso privilegio. En sus manos, las del padre, están depositadas la esperanza y la bendición o, por lo contrario, la maldición y la plaga de la siguiente generación. Su familia es el vivero, tanto de la iglesia como del Estado y de la forma en que se cultiven ahora, así serán sus productos futuros. ¡Oh cuánta oración y cuánto cuidado deberías emplear en el desempeño de lo que se te ha encomendado a tí, que eres padre!

 

Con toda seguridad, Dios te pedirá cuentas por los hijos que están en tus manos y es que ellos son de Él, de Dios y sólo te los ha prestado para que los cuides y protejas por un tiempo. La tarea que se te ha asignado no es fácil, sobre todo en este tiempo. Sin embargo, si los padres buscan con confianza y formalidad la gracia de Dios, podrán comprobar que es suficiente con llevar a cabo esta responsabilidad y cualquier otra. Las Escrituras nos proporcionan normas para que las sigamos, con promesas de las que podemos apropiarnos; pudiendo añadir también, con temibles advertencias para que no nos tomemos esta responsabilidad a la ligera. 

 

Es de vital importancia para el bien futuro del niño que se le enseñe a estar sujeto desde su temprana edad. Un niño sin formación en este ámbito significa un adulto rebelde. Las prisiones, en todo lugar, están llenas de personas a las que se les permitió vivir a su manera cuando eran menores de edad. Las enseñanzas de la Escrituras es bien clara como el cristal sobre este asunto: “La necedad está ligada en el corazón del muchacho; mas la vara de la corrección la alejará de él”, Proverbios 22:15. En tanto Dios te dice a tí, papá que: “El que detiene el castigo, a su hijo aborrece; mas el que lo ama, desde temprano lo corrige”, Proverbios 13:24, añadiendo también la Palabra: “Castiga a tu hijo en tanto que hay esperanza; mas no se apresure tu alma para destruirlo”, Proverbios 19:18. La advertencia de hoy, para tí como padre es que, no te detenga un necio cariño hacia tu hijo. Ciertamente, Dios ama a sus hijos con un afecto paternal, mucho más profundo del que tú puedas sentir jamás por los tuyos y, aun así, nos dice: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo”, Apocalipsis 3:19, añadiendo esto: “La vara y la corrección dan sabiduría; mas el muchacho consentido avergonzará a su  madre”, Proverbios 29:15. La Palabra de Dios es vida, ¡Amemosla!

 

Este es el tipo de severidad que debes usar en los primeros años de tu prole, antes de que la edad y la obstinación lo hayan endurecido contra el temor y el escozor de la corrección. Si descuidas la vara, habrás malcriado a tu hijo; no la uses sobre él y estarás guardando una para tu propia espalda. A estas alturas, no debería ser necesario indicar que los versículos citados anteriormente no enseñan que un reino de terror deba marcar la vida del hogar. Se puede gobernar y castigar a los niños de un modo que no pierdan el respeto y el afecto por su padre. Ten cuidado de no amargarles el carácter mediante exigencias poco razonables o de provocar tu ira al  castigarlos para desahogar tu propia rabia e impotencia. El padre sabio no debe castigar al hijo desobediente porque se encuentre enojado, sino porque es lo correcto, porque Dios lo requiere y el bienestar del hijo lo exige. Alguien dijo lo siguiente: “Ser padre es la única profesión en la que primero se otorga el título y luego se cursa la carrera”. Esto lo recibí en el día del padre, enviado por una vecina. ¡Cuánta verdad encierra este pensamiento

 

Dios bendiga cada vida, en especial a cada padre que se esfuerza cada día.

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