La unidad

Por: Héctor E. Contreras

Efesios 4:1-6.

Se dice que la unidad es la propiedad de todo ser, en virtud de la cual no puede dividirse sin que su esencia se destruya o altere. “Las bacterias no tienen el sesgo de los sentimientos y del ego. Buscan el beneficio de la comunidad, porque no tienen valor como individuos sino como sociedad”, Francisco Martínez Mojica, microbiólogo. La unidad es un vínculo, una unión, relación o atadura de una persona o cosa con otra. Es igual a que dos personas u objetos vinculados están unidos, encadenados, emparentados o atados, ya sea de forma física o simbólica. Cuando el cuerpo del Señor, que es su Iglesia se une, alcanza grandes metas y propósitos, porque verdaderamente, en la unidad está la base para vencer en cualquier terreno en que nos encontremos.

“Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer”, I-Corintios 1:10. El primer problema que existe en cualquier lugar donde esté el hombre, es la rivalidad y la lucha que resulta por la preferencia entre líderes basado en lo elevado de su supuesta sabiduría. Es posible que la mayoría se presente como el “partido del pueblo”. Como depositario de la revelación, nadie estuvo tan cerca de la fuente original del cristianismo como Pablo. Este expresa su satisfacción por haber bautizado a unos cuantos, para que ninguno pueda alegar que fue bautizado en el nombre de Pablo, y asumir indebidamente un vínculo especial con él o una posición privilegiada entre los demás. El evangelio tiene que ver con Jesucristo, y nuestros debates son para Él y toda dignidad está en Él. La vida colectiva de la iglesia, no del creyente en particular, es la clave para entender los actos de Dios. No debemos asumir que los apóstoles se inclinaban en sus enseñanzas hacia un tosco individualismo. Dios trata con la iglesia como un cuerpo y con los individuos como sus miembros. Los miembros de la iglesia deben poner los intereses del cuerpo o congregación por encima de los suyos propios. Esto ampliará nuestra comprensión de la dinámica de la verdad que Dios propone a la iglesia, que es su Iglesia; nunca del hombre.

“Unánimes entre vosotros; no altivos, sino asociándoos con los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión. No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres”, Romanos 12:16-17. Es el amor que debe ser el principio mentor en las relaciones cristianas, no sólo entre los hermanos en la fe, sino también para con los enemigos. Pablo menciona muchos deberes cristianos específicos, pero el amor constituye la nota dominante de sus exhortaciones. Cuando nos unimos, nos convertimos en seres humildes, deponiendo todo lo que somos en favor de los demás.

“Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos”, Efesios 4:1-6. Estos seis versículos encierran todos una sola palabra: “piedad”. La piedad equivale a vivir de la manera que Dios quiere que vivamos. Pocos libros hablan tan clara y sucintamente sobre este tema como lo hace Efesios. Aquí se exhorta a la piedad en términos de conducta, motivaciones y ejemplo. El comportamiento piadoso toma su modelo del mismo Dios, especialmente de su plena revelación en Jesucristo su Hijo. Es comprender que tu conducta es el sermón más efectivo que puedes predicar. Es que vivas una vida que ponga de manifiesto la verdad del evangelio de forma consistente e irrefutable.

Cuando el apóstol Pablo habla de “preso en el Señor”, trata de recordarnos, que aún cuando el autor está en la cárcel, todavía insiste en que Cristo es su verdadero captor. Digno significa “de suficiente peso”, una cualidad que se origina en lo que Cristo ha derramado sobre nosotros, más allá de todo lo digno que podamos poseer. La unidad es una responsabilidad de todo creyente y debe ser buscada constantemente. “Un bautismo”: Probablemente se refiere al bautismo en agua, la usual manera de proclamar nuestra fe en Jesucristo. La cuestión no es tanto la forma que adopte esta práctica, como el hecho de si expresamos nuestra obediencia al Señor.

El bautismo del creyente por el Espíritu Santo en el cuerpo de Cristo y el bautismo en el Espíritu o por el Espíritu Santo, para servirle poderosamente, según Juan 1:33, que dice: “Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquel me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu Santo y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo”. Estos no son temas que aquí se cuestionan, sino que se mantienen como realidades espirituales de unidad en el bautismo en agua.

“Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa. Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros”, Filipenses 2:1-4. La base de la unidad cristiana se expresa por medio de cláusulas condicionales. (si… si… si…) En griego, estas cláusulas no implican duda, sino que se utilizan para hacer enfática la expresión. Es vivir desinteresadamente, es dar la espalda a toda ambición egoísta o actitudes arrogantes. Es estimar a los demás como más importantes y meritoria que uno mismo.

Es esforzarse por mantener la unidad con otros creyentes en sus pensamientos, actitudes, amor, espíritu y propósito. Es reconocer que la enseñanza separatista, es decir, creer tener derecho de su propia opinión no es bíblica. Es arrepentirse de corazón y dejar la arrogancia para el bien de la unidad del cuerpo de Cristo.

Vivamos la fe, la esperanza y la caridad en la unidad de Jesucristo, quien siendo Dios se hizo hombre para llevarnos a ser hombres y mujeres dispuestos a alcanzar nuestras metas y propósitos unidos a la luz de la Palabra de Dios.

Que la gracia de Dios Padre, el Hijo y el Espíritu Santo reine en cada vida, en cada corazón, ahora y siempre. ¡Amén!

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