POR : LA REDACCION DE EL GRAN SANTO DOMINGO.COM Y EL GRAN.DO
En República Dominicana, hablar de izquierda es evocar una larga historia de discursos encendidos, denuncias constantes y un desierto de resultados concretos. Han pasado más de cuatro décadas desde que surgieron figuras y movimientos que prometían una transformación radical del país, y sin embargo, hoy el balance es claro: la izquierda dominicana no tiene frutos tangibles que mostrar.
Los protagonistas persistentes de esa izquierda nunca cuajaron .
Muchos de ellos siguen hablando como si recién empezaran, repitiendo las mismas consignas sin evolución ni autocrítica. Se han vuelto expertos en denunciar, pero ineficientes a la hora de construir, unir o gobernar.
El principal cáncer de esta izquierda ha sido la división endémica. Cada grupo quiere ser el dueño absoluto de “la verdad revolucionaria”, cada líder quiere ser el Mesías. La unidad, indispensable para cualquier movimiento serio de transformación, ha sido sustituida por rencillas internas, celos ideológicos y egos hipertrofiados. La izquierda dominicana no es una sola voz, es un coro desafinado donde cada quien canta su propia melodía, sin importar si alguien escucha o si el mensaje llega.
Una sed enfermiza de protagonismo han sido el sello. Muchos de sus líderes han demostrado que les interesa más estar en primera fila de las cámaras y las marchas, que construir una verdadera plataforma de poder popular. Ninguno ha sabido ocupar —ni disputar con inteligencia— el espacio mal aprovechado por los dirigentes de derecha que tanto critican. Ni siquiera han logrado conformar una alternativa real de poder que le dispute el Estado a la oligarquía que denuncian.
Mientras tanto, la derecha, con todas sus falencias, al menos ha aprendido a organizarse, a compartir el poder, a capitalizar sus diferencias en función de un objetivo común: gobernar. La izquierda, por el contrario, ha fracasado incluso en lo básico: llegar al corazón de las masas, inspirar a los jóvenes, conectar con los sectores marginados, o simplemente presentar un proyecto viable y coherente.
Han pasado más de 50 años y lo único que ha florecido en muchos de estos dirigentes es el dogma, el discurso reciclado y la frustración. La izquierda dominicana necesita una renovación urgente —ideológica y generacional— o resignarse a morir hablando sola, en su eterno círculo de debates y asambleas estériles.
Ya es hora de que rindan cuentas. No a sus enemigos políticos, sino al pueblo que alguna vez creyó en ellos. Porque el tiempo de las excusas ya pasó. Y la historia no premia a los que se quejan: premia a los que cambian las cosas.