Por: Héctor E. Contreras.
Jeremías 7:23-26.
El gran hombre temeroso de Dios, un siervo al servicio del Señor por mucho tiempo, escribió: “Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento”, Isaías 64:6. Justicias … .Trapo de inmundicia: El pecado y la culpa habían dejado a los israelitas recubiertos de andrajos desde el punto de vista moral. Y fue el mismo profeta que tiempo atrás, al contemplar en el templo el esplendor y gloria de Dios exclamó: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos. Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa y limpio tu pecado”, Isaías 6:5-7. ¡Ay de mí! Luego de haber proferido seis ayes en el capítulo 5, el profeta agrega un séptimo, esta vez sobre él mismo como representante de aquella nación. Naturalmente, ellos tienen labios inmundos, incapaces de expresarse de otra manera que no fuera la inapropiada. Pero Dios puede limpiar tus labios hoy.
Para declarar lo que el hombre de Dios hizo, se hace necesario que exista en la persona la humildad ante el Señor. Comprender que es el único modo de ser limpiado y recibir una clara visión de tu llamado al servicio de tu Creador. La humildad es esencial para actuar a la semejanza de Cristo. La humildad y la mansedumbre son cualidades engendradas únicamente por el Espíritu Santo. Sus opuestos, el orgullo y la arrogancia, tienen un origen diabólico. La humildad rehúsa promover sus propios intereses, en tanto procura servir a los demás.
En los tiempos del profeta Nehemías, en la fiesta de los Tabernáculos, se narra toda una vivencia delante del pueblo de Israel desde la salida de la esclavitud en Egipto y lo acontecido entre Dios y su pueblo. Existía un vaivén en todo Israel y encontramos la siguiente declaración:
“Pero una vez que tenían paz, volvían a hacer lo malo delante de ti, por lo cual los abandonaste en mano de sus enemigos que los dominaron; Pero volvían y clamaban otra vez a ti, y tú desde los cielos los oías y según tus misericordias muchas veces los libraste”, Nehemías 9:28. ¿Qué es lo malo? El pecado de la arrogancia y del orgullo, porque al sentirnos seguros, en paz y con un bienestar abundante, nos llega y nos llena de lo peor que pueda existir en nuestro interior, sobreabundando lo que más desecha Dios del hombre: La “Arrogancia y el orgullo”.
“Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo; y no hallándolo, dice: Volveré a mi casa de donde salí. Y cuando llega, la halla barrida y adornada. Entonces va, y toma otros siete espíritus peores que él; y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero”, Lucas 11:24-26. Al hablar del hombre que ha sido liberado de un demonio, Jesús se refiere a la persona que vive una vida vacía. El vacío dejado por la salida de un espíritu maligno debe ser llenado por el Espíritu Santo, o el individuo quedará expuesto a una mayor actividad demoníaca, llevando a la misma a una peor situación. Esta enseñanza se aplica de forma inmediata a aquellos que carecen de discernimiento espiritual para reconocer a Jesús como su Salvador. Al rechazarlo, no les queda otra cosa que ceremonias y ritos, lo cual hace de ellos aún más vulnerables al engaño de Satanás. Regresar a la esclavitud de la que fuimos una vez liberados puede resultar siempre en una esclavitud peor. Te invito a que, si has confesado a Jesucristo, escuchar y obedecer la voz de Dios en la persona de su Espíritu Santo, que es el único que te guía a toda verdad.
Mordida por el ángel de la muerte que le desgarraba el alma, Sor Juana Inés de la Cruz pasó inventario a su vida, y la halló mala. Entonces miró a los ojos de Dios en el espejo de la misericordia, y lanzó aquel grito famoso que ha recorrido más de tres siglos de un dolor universal: “Yo, mi Dios, soy la peor de todas”.
“Mas esto les mandé, diciendo: Escuchad mi voz, y seré a vosotros por Dios, y vosotros me seréis por pueblo; y andad en todo camino que os mande, para que os vaya bien.
Y no oyeron ni inclinaron su oído; antes caminaron en sus propios consejos, en la dureza de su corazón malvado, y fueron hacia atrás y no hacia adelante, desde el día que vuestros padres salieron de la tierra de Egipto hasta hoy. Y os envié todos los profetas mis siervos, enviándolos desde temprano y sin cesar; pero no me oyeron ni inclinaron su oído, sino que endurecieron su cerviz, e hicieron peor que sus padres”, Jeremías 7:23-26. El caminar con Dios es una garantía de bienestar para todos los que han confesado a Jesucristo. Cuando no se escucha su voz y se le obedece, caminaremos siempre hacia atrás, porque nuestra cerviz está endurecida y no permite que llegue a nuestros oídos lo que Dios nos quiere decir y hacemos lo peor y desagradable para nuestro Señor.
La confesión de Sor Inés de la Cruz, cuando dijo: “Yo, mi Dios, soy la la peor de todas”, era el remordimiento, el cúmulo de sueños y aspiraciones fallidas que trató de inculcar en sus relaciones humanas, el malestar porque al mirar hacia atrás la condición del prójimo seguía siendo la misma, pese a que su corazón había impulsado la imagen utópica de un mundo que buscaba reconciliarse obstinadamente con su espiritualidad. ¡Ay de mí!, exclamó el profeta Isaías y luego reconoció que lo peor en él eran sus labios inmundos; Sor Inés la peor de todas, y ¿tú? ¿Cómo te encuentras hoy delante de Dios, tu Creador y Hacedor? Si recurres a la misericordia y al amor de Dios, encontrarás en él tu total liberación en la persona de su Hijo Jesucristo, quien derramó su preciosa sangre en la cruz del calvario por ti y por todos los que han de creer en su nombre. Ven a los pies de Cristo y encontrarás la verdadera libertad.
El apóstol Pablo proclamó: “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Y él mismo se responde: Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado”, Romanos 7:24-25.
El pecado nos hace pecadores a la luz incandescente de Dios y en ocasiones nos hace ver por el Espíritu lo peor de nosotros mismos. Dios te ayude en este tiempo a deponer todo lo que te impida vivir una vida plena en Cristo Jesús. Dios te bendiga y te guarde, ahora y siempre.




