I-Corintios 13:12-13.
El primer Fruto del Espíritu es el amor, este amor debemos cultivarlo con la ayuda de nuestro Dios, porque la esencia del Evangelio de Jesucristo, de su Iglesia y los redimidos por su preciosa sangre, debe ser el amor. Es el mismo autor de esta carta, el apóstol Pablo que dice: “El conocimiento envanece, pero el amor edifica”, I-Corintios 8:1. Si Dios te ha dotado para adquirir conocimientos diversos sobre la vida, eres una persona privilegiada, sin embargo, esto nunca debe llevarte a estar por encima de los demás. Si practicas el amor, serás edificado, edificada grandemente sobre la Roca de los siglos, Jesucristo y tendrás delante de tí todo lo que has de tener, tanto en lo espiritual, así como en lo material, por supuesto, siempre que muestres humildad delante de Dios y también de los hombres. El amor de Dios es infinito y este amor se forjó en la cruz del Calvario, cuando Jesucristo el Señor murió por tí. Te invito a que tomes como estandarte de tu vida el AMOR DE DIOS, que es el primer fruto y así podrás dar vida a las demás personas como siervo o sierva del Señor.
Pablo escribió: “Pero si alguno ama a Dios, es conocido por Él”, I-Corintios 8:3. No existe en el mundo un amor tan grande como el amor de Dios. “Porque de tal manera amó Dios al mundo”, Juan 3:16. Ese Amor llegó y cumplió sus propósitos en la cruz del Monte Calvario, donde murió Cristo, convirtiéndose el único medio para poder llegar hasta la presencia del Dios del cielo y de la tierra. El fruto del Espíritu está compuesto por (9) ramificaciones, cada una de ella desarrolla un fruto diferente. Al final del capítulo 12de esta carta, específicamente el verso 31dice: “Más yo os muestro un camino más excelente”. ¿Cuál es este camino? EL AMOR. ¿Cuál es la excelencia de este camino? Jesucristo el Señor, quien dijo: “Yo soy el camino, Yo soy la verdad, Yo soy la vida”, San Juan 14:6. Todas las manifestaciones del Espíritu Santo deben ser al mismo tiempo manifestaciones de amor, porque el amor es la base fundamental detrás de todas las cosas que provengan de Dios. I-Corintios 13:13 Nos dice: “Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres: pero el mayor de ellos es el amor”.
Se ha dicho que este amor nace del griego “Agape” y que este amor es eterno, e incondicional, es una entrega total a quien se sirve. Este amor brinda y abarca todo lo concerniente a la vida de cada creyente en Jesucristo. El amor ágape, primeramente existe y luego afecta a las emociones.
Acaso la Biblia al hablar del amor dice: ¿“Porque de tal manera amó Dios al mundo que se sentó en el cielo y tuvo sentimientos de afecto”? No, mis caros amigos y amigas a quienes llegan estas líneas. El sentir del ser humano es algo único, porque se encuentra en su interior. Es su propio yo, su propia carne y también concupiscencia; por lo tanto, el amor que practicamos debe estar sujeto a lo que es el propósito de Dios para cada persona y esto va mucho más allá de nuestras propias emociones.
La Biblia dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado”….¡Eso es amor! El amor ágape es un compromiso volitivo y, volitivo encierra lo que es el “querer” y este querer nos transforma en aquello de los actos y fenómenos de la voluntad. Para darle un carácter más fuerte al significado “volitivo”, debo añadir que, la voluntad es la facultad de decidir y ordenar nuestra propia conducta a la imagen de Dios. Una conducta volitiva refleja la concreción de los pensamientos de una persona en sus actos. De esta manera, supone la libre elección de seguir o rechazar una inclinación en una decisión donde interviene la inteligencia de la persona. En otras palabras, cada vez que hallamos una acción de servir al concepto ágape, vemos que este consiste en dar, en entregarse totalmente para las demás personas. El dar implica una manera que no se puede retribuir. El concepto de dar es contrario a la mentalidad de este mundo, que nos lleva a amar y dar solamente cuando es una razón para suponer que nuestro amor será reciprocado. Si esperamos retribución al servir, entonces se cumplirán las palabras del apóstol cuando escribió: “vengo a ser metal que resuena, o címbalo que retiñe”, I-Corintios 13:1. Debemos ser reales en todo nuestro accionar para servir a Dios y toda persona que tenga alguna necesidad y que nosotros podemos suplir.
“El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia; mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”, I-Corintios 13:4-7. Jesucristo, hablando en una ocasión con sus discípulos les dijo: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo”, Juan 16:33. Antes, en el mismo verso dijo: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz”. Paz y aflicción, ¿quiénes no han sufrido por falta de paz y por alguna aflicción en su vida? Tanto la paz como la aflicción nos han tocado como hombres y mujeres que hemos confesado a Jesucristo como nuestro Señor y Salvador. No sólo a los creyentes les llega vivir un estado de paz y luego la aflicción; van para toda la humanidad. Si sufrimos en este amor, también el sufrimiento nos lleva a ser pacientes con los demás. Si somos benignos, entonces este amor debe convertirse en acción para el servicio, para el bienestar común entre la gente. Si no tiene envidia, tampoco debe ser posesivo, ni mucho menos competitivo, sino que lucha en favor de los que les rodean y que tienen alguna necesidad que requiere de este amor, por lo demás, tampoco es jactancioso. El amor tiene todas las cualidades de no ser ostentoso de lo que se posee; en otras palabras, de sí mismo. El amor no es indecoroso, no trata a otros con arrogancia, ni desprecio, no ultraja con hechos, ni con palabras hirientes. Este amor es todo lo contrario: Es generoso, bondadoso. No se irrita, no es susceptible, no es grosero, ni hostil, sino que en los momentos de dificultad mantiene su compostura, como la de un servidor o servidora de Cristo. Este amor no guarda rencor, no lleva cuenta de los males que ha sufrido, sino que borra, olvida todo lo que pueda encerrar rencor. No se goza de la injusticia, antes se goza de las bendiciones o beneficios que reciben las demás personas. Todo lo sufre, todo lo espera.
Por todo lo que describe Pablo en estos versos, es que debemos reafirmar nuestro amor en este tiempo, para que podamos entender que ninguna persona está libre de la aflicción y exonerada de la paz que pueda invadir nuestro interior. De todo esto, lo más importante, señoras y señores, hermanos y hermanas; es que Dios está por nosotros. “Somos el pueblo de Dios, adquirido por Él. Nación santa, añadiendo también que somos Real sacerdocio, linaje escogido”, I-Pedro 2:9. Si nosotros somos todo lo que describe este verso, entonces Dios nos está preparando para algo grande en este mundo y esta grandeza está fundamentada en el AMOR, su amor infinito.
Si queremos llegar a ser la fuerza al servicio de Dios en este mundo; algo que debemos buscar con anhelo cada día de nuestra vida hasta que logremos alcanzar el Reino de Dios y así nos convertiremos en lo que Dios desea para cada vida: SERVIR-DAR-AMAR. El anciano apóstol escribió: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte”, I-Juan 3:14. La enseñanza que encierra este verso, es que la evidencia de que somos hijos de Dios, es nuestro amor por los demás. Necesitamos conocer que, el amor niega sus propios intereses en beneficio de otros y este amor se manifiesta en la práctica. Alguien dijo: “El fruto de la fe es obediencia a la Palabra de Dios y el resultado final de obedecer a Dios se manifiesta en el amor a los demás”.
El apóstol Pablo, escribiendo a la Iglesia de Colosa plasmó estas palabras: “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto”, Colosenses 3:12-14. Estos versos deben llevarnos a adoptar toda práctica diligentemente de todo tipo de actitud correcta en nuestras relaciones con otras personas: Amor, compasión, humildad, comportamiento desinteresado, generosidad y paciencia al perdonar. Es la clave para establecer en piedad nuestras relaciones humanas, que fueron creadas para ser cultivadas y alimentadas por la justicia. En la medida que practiquemos aquellas cosas que Dios manda, nuestras relaciones se convertirán en una representación terrenal de las que existen en el cielo. Recordemos estas palabras: “Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres: pero el mayor de ellos es el amor”, I-Corintios 13:13.
Que la gracia, la paz y el amor de Dios reine en cada vida. Es mi deseo ardiente.
Pastor: Héctor E. Contreras.



