La guerra entre EE UU e Irán entra en una nueva fase de máxima presión. Con las negociaciones estancadas y el final del periodo de 60 días acordado por Washington y Teherán cada vez más cerca, Donald Trump ha vuelto a poner el estrecho de Ormuz en el centro de su estrategia, esta vez con una amenaza de enorme alcance político y geoestratégico.
Durante un mitin celebrado en Long Island, Nueva York, el presidente estadounidense afirmó que, una vez que Estados Unidos termine de derrotar a Irán, tiene previsto declarar el estratégico paso marítimo como “territorio de Estados Unidos”. Trump añadió que Washington mantiene un bloqueo y que ningún barco podrá atravesarlo sin autorización estadounidense.
La declaración supone una escalada notable en el lenguaje empleado por la Casa Blanca. El estrecho de Ormuz no es simplemente una vía marítima de importancia regional, sino que es conocido como uno de los cuellos de botella del mundo, como uno de los principales corredores por los que circulan petróleo y gas en los mercados internacionales. Cualquier intento de convertirlo de facto en una zona bajo control estadounidense tendría consecuencias que irían mucho más allá del enfrentamiento bilateral entre Washington y Teherán.
La amenaza llega cuando se aproxima el 17 de agosto, fecha en la que expira el periodo de 60 días establecido tras el memorando de entendimiento firmado el 17 de junio. Aquel acuerdo fijó el cese inmediato y permanente de las operaciones militares en todos los frentes como punto de partida para negociar una salida al conflicto. Sin embargo, las conversaciones no han producido hasta ahora el avance que esperaba Washington y el discurso de la Administración Trump vuelve a girar hacia la presión máxima sobre Irán.
El presidente estadounidense ya había insinuado esta semana que Estados Unidos podría “quedarse” con el estrecho de Ormuz. En un mensaje publicado en Truth Social sostuvo que Washington tenía el control del paso y que Irán carecía de capacidad para impedirlo.
Washington prepara una tenaza económica contra Teherán
La amenaza sobre Ormuz no llega sola. El Gobierno estadounidense prepara también una nueva ofensiva económica contra Irán. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, ha anunciado que Washington pretende imponer al régimen iraní un “aislamiento económico como nunca antes se ha visto en el mundo”. La estrategia combinaría las sanciones financieras con la presión sobre el tráfico marítimo.
Bessent ha descrito una auténtica estrategia de tenaza. El Tesoro buscaría incrementar hasta niveles inéditos el aislamiento económico de Irán; mientras EE UU mantiene el bloqueo del estrecho de Ormuz para impedir, según sus palabras, que mercancías entren o salgan de los puertos iraníes.
El responsable del Tesoro ha anticipado, además, nuevos anuncios para la próxima semana. La Administración estadounidense pretende así trasladar al terreno financiero una presión que no ha conseguido resolver por completo mediante la vía militar. Si el coste económico de mantener la resistencia se dispara, Teherán tendrá menos margen para prolongar el pulso. Pero también aumenta el riesgo de que la confrontación se extienda a los mercados energéticos y al comercio internacional.
Ormuz, el nuevo campo de batalla
El estrecho de Ormuz se encuentra entre Irán y Omán y constituye un punto de paso esencial para el transporte internacional de hidrocarburos. Su importancia explica por qué cualquier amenaza sobre su apertura tiene una repercusión inmediata sobre los precios y las expectativas de los mercados. Para Washington, controlar el tráfico en la zona permitiría aumentar considerablemente la presión sobre Teherán.
El secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional iraní, Mohsen Rezai, ha advertido de que el paso no volverá a abrirse mientras Estados Unidos mantenga la guerra y el bloqueo naval contra Irán. Teherán exige además la liberación de activos congelados y un alto el fuego que incluya también los escenarios del Líbano y Gaza. La distancia entre ambas posiciones explica buena parte del bloqueo diplomático actual.
El Gobierno iraní no reconoce las afirmaciones de Trump sobre el control estadounidense del estrecho y ha rechazado las condiciones planteadas por Washington. La cuestión de fondo es quién controla realmente la capacidad de decisión sobre una ruta internacional de semejante importancia. El problema para Washington es que una escalada en el estrecho podría tener efectos difíciles de controlar.
Trump busca una salida mientras crece la presión interna
El incremento de la tensión marítima afectaría a los costes de transporte, a los seguros y, sobre todo, a los precios internacionales de la energía. Una guerra prolongada en torno a Ormuz podría terminar teniendo un impacto directo sobre consumidores, industrias y economías muy alejadas de Oriente Próximo.
La ofensiva económica se produce en un momento especialmente delicado para Trump. El conflicto se prolonga, el Ejército estadounidense empieza a mostrar signos de desgaste y la disponibilidad de determinadas municiones se ha convertido en una preocupación creciente dentro de las propias Fuerzas Armadas. Al mismo tiempo, el presidente se aproxima a unas elecciones de medio mandato que serán decisivas para medir el respaldo a su gestión.
El escenario coloca a Trump ante una paradoja. Necesita demostrar que la guerra puede traducirse en una victoria tangible, pero cada semana adicional de conflicto aumenta los costes militares, económicos y políticos. De ahí que la presión financiera haya adquirido un protagonismo creciente. Si la vía militar no consigue forzar una capitulación iraní, la Casa Blanca apuesta ahora por estrangular económicamente al régimen y convertir Ormuz en una herramienta de presión permanente. @mundiario
