Trump se enfrenta a una decisión clave: volver a atacar Irán o contener la escalada

La tregua en el conflicto con Irán no ha despejado el riesgo de una nueva escalada. Estados Unidos e Israel han elaborado planes para retomar los ataques después de las elecciones legislativas de mitad de mandato estadounidenses, previstas para el 3 de noviembre, según una información publicada por The New York Times. Sin embargo, que existan preparativos militares no significa que la ofensiva esté decidida: Donald Trump mantiene la capacidad de autorizarla o frenarla.

El escenario refleja una contradicción que condiciona la estrategia de Washington. Por un lado, la presión militar pretende obligar a Teherán a aceptar concesiones; por otro, una nueva campaña podría agravar las consecuencias económicas y ampliar un conflicto cuyo desenlace sigue sin estar claro.

Los planes contemplan posibles ataques contra instalaciones nucleares, infraestructuras energéticas y arsenales de drones y misiles iraníes. La preparación de estas operaciones coincide con el refuerzo de la presencia militar estadounidense en el golfo Pérsico y con maniobras destinadas a entrenar misiones de bombardeo.

El objetivo estratégico sería aumentar el coste de la resistencia iraní hasta forzar cambios en su posición negociadora. Esta apuesta parte de la premisa de que el deterioro económico del país podría agravarse con nuevos ataques. Sin embargo, debilitar las capacidades militares de un Estado no garantiza que sus dirigentes acepten las condiciones de sus adversarios.

La experiencia de los meses anteriores también obliga a considerar los efectos secundarios. Los bombardeos de Estados Unidos e Israel entre febrero y abril contribuyeron a elevar la tensión regional, mientras la incertidumbre sobre el suministro energético repercutía en los mercados internacionales. Además, el consumo de interceptores antimisiles redujo unas reservas militares que no pueden reponerse de manera inmediata.

Trump afronta el coste político y económico de otra ofensiva

La decisión de reanudar la guerra no depende únicamente de la capacidad operativa de los ejércitos. Según las informaciones publicadas, Trump ha rechazado en varias ocasiones volver a bombardear Irán, incluso cuando los preparativos militares estaban avanzados.

El desgaste político interno constituye un factor relevante. La impopularidad del conflicto puede convertir una nueva operación en un problema para la Casa Blanca, especialmente si provoca un encarecimiento de la energía o exige prolongar el despliegue militar.

A ello se suma el calendario electoral israelí. Benjamin Netanyahu afronta unos comicios que pueden condicionar su continuidad al frente del Gobierno. La posibilidad de una nueva ofensiva coincide, por tanto, con intereses políticos distintos a ambos lados del Atlántico, aunque no permite concluir que la decisión militar responda exclusivamente a cálculos electorales.

La evacuación del personal no esencial de la embajada estadounidense en Arabia Saudí y el refuerzo de las fuerzas en la región añaden señales de preocupación, pero tampoco constituyen una confirmación de que el ataque vaya a producirse.

El estrecho de Ormuz, un punto crítico para la economía mundial

Una nueva ofensiva podría desencadenar represalias iraníes con consecuencias que irían mucho más allá del campo de batalla. Teherán ha advertido de que respondería a nuevos bombardeos y ha amenazado con ampliar los objetivos a centros de datos y cables submarinos de internet, además de instalaciones energéticas y buques mercantes.

El estrecho de Ormuz concentra buena parte del riesgo. Antes del conflicto, por esta vía marítima transitaba aproximadamente una quinta parte del petróleo y el gas comercializados en el mundo. Su cierre o una interrupción prolongada del tráfico podría presionar los precios de la energía, encarecer el transporte y alimentar nuevas tensiones inflacionistas.

Washington exige que Irán reabra el estrecho y renuncie de forma permanente a desarrollar su programa nuclear. Teherán, por su parte, rechaza abordar esta última cuestión en los términos planteados por Estados Unidos y defiende tratarla en una fase posterior de las negociaciones.

El dilema es evidente: una nueva campaña militar podría aumentar la presión sobre Irán, pero también multiplicar los riesgos para el comercio mundial y la estabilidad regional. Mientras continúen los contactos diplomáticos, la existencia de planes de ataque mantendrá abierta una posibilidad que todavía necesita una decisión política. @mundiario