Apenas dos años después de llegar a Downing Street con una mayoría histórica, Keir Starmer afronta una rebelión interna que amenaza con derribar su liderazgo y abrir una guerra sucesoria de consecuencias imprevisibles para el Partido Laborista.
La dimisión de Wes Streeting como ministro de Sanidad no es un gesto aislado ni una simple discrepancia política: representa la primera ruptura abierta dentro del núcleo duro del Gobierno y activa el mecanismo informal que puede acabar expulsando a Starmer del poder.
El movimiento tiene un enorme simbolismo porque Streeting no pertenece al ala izquierdista tradicionalmente enfrentada al liderazgo laborista. Al contrario. Durante años fue considerado uno de los representantes más visibles del sector moderado, centrista y “blairite” del partido. Precisamente por eso, su salida ha sido interpretada en Westminster como la señal más clara hasta ahora de que la autoridad política del primer ministro se está desmoronando incluso entre sus antiguos aliados.
“He perdido la confianza en su liderazgo”, afirma Streeting en su carta de dimisión dirigida a Starmer. Y añade: “Donde necesitábamos visión, hemos tenido vacío. Donde necesitábamos liderazgo, hemos estado a la deriva”. La dureza de la carta no solo incrementa la presión sobre Downing Street; también deja claro que el debate interno ya no gira sobre errores concretos de gestión, sino sobre la capacidad misma de Starmer para seguir siendo el rostro electoral del laborismo.
La crisis estalló tras los desastrosos resultados de las últimas elecciones locales y regionales, donde Reform UK, el partido liderado por Nigel Farage, capitalizó buena parte del voto de protesta y se consolidó como el gran fenómeno político británico. El resultado provocó pánico dentro del laborismo, especialmente entre diputados que empiezan a temer perder sus escaños en las próximas generales.
Muchos parlamentarios consideran que Starmer ha perdido definición ideológica y que el Gobierno transmite una imagen de agotamiento prematuro. El problema para el primer ministro es que el malestar ya no se limita a pequeños grupos organizados: más de 80 diputados laboristas estarían pidiendo su salida, según distintas filtraciones internas.
La situación recuerda inevitablemente a la caída de Boris Johnson en 2022. Entonces, una cascada de dimisiones ministeriales terminó destruyendo un liderazgo que parecía políticamente invulnerable tras haber obtenido una mayoría absoluta aplastante apenas tres años antes. Ahora el laborismo teme reproducir exactamente el mismo patrón de implosión interna.
La diferencia es que el sistema laborista es mucho más complejo que el conservador para desalojar a un líder. Para activar formalmente un desafío, un candidato necesita reunir el apoyo de al menos 81 diputados. Y ahí reside parte de la tensión actual: Streeting todavía no ha anunciado oficialmente una candidatura directa contra Starmer porque, aparentemente, aún no tiene garantizado ese umbral.
La estrategia de Streeting: empujar a Starmer hacia la salida
Por ahora, el exministro parece apostar por una estrategia distinta: aumentar la presión política y mediática hasta forzar la dimisión voluntaria del primer ministro. Muchos sectores del laborismo intentan evitar una guerra civil formal dentro del partido y avanzar para construir una transición pactada antes de que el deterioro electoral sea irreversible.
Pero Starmer, al menos públicamente, no muestra intención de marcharse. Según distintas filtraciones de los medios británicos, durante una reunión privada con Streeting esta semana dejó claro que piensa resistir cualquier intento de derrocarlo. El problema para el premier es que la rebelión ya parece haberse extendido dentro del propio Gobierno. Varias figuras cercanas a Streeting han abandonado sus cargos o pedido abiertamente un relevo en el liderazgo. Y las presiones continúan creciendo.
Pero no es el único aspirante potencial.
Angela Rayner, antigua viceprimera ministra y figura mucho más cercana a la izquierda laborista, también aparece como posible candidata tras resolver sus problemas judiciales relacionados con cuestiones fiscales. Más a la izquierda aún se sitúa Andy Burnham, alcalde del Gran Manchester y uno de los políticos más populares entre las bases del partido.
Burnham lleva meses intentando regresar a Westminster. Hasta ahora, Starmer había bloqueado su vuelta al Parlamento, pero la debilidad actual del primer ministro podría cambiar completamente el escenario. La posible convocatoria de una elección parcial abre una vía real para que Burnham pueda competir por el liderazgo.
Y en medio del caos emerge incluso un nombre inesperado: Al Carns, secretario de Defensa y veterano militar con experiencia en Afganistán. Su aparición refleja hasta qué punto el vacío de liderazgo se ha ampliado dentro del partido.
La batalla interna laborista no puede entenderse únicamente como un problema personal entre Starmer y Streeting. Forma parte de una transformación mucho más profunda de la política británica posterior al Brexit. Durante décadas, Reino Unido fue percibido como uno de los sistemas políticos más estables de Europa occidental. Pero desde el referéndum de 2016 el país ha entrado en una dinámica de fragmentación acelerada: colapso del bipartidismo tradicional, auge del nacionalismo populista, volatilidad electoral y líderes incapaces de completar siquiera un mandato completo.
La irrupción de Farage vuelve a alterar todo el tablero. Reform UK está absorbiendo parte del voto conservador, pero también sectores obreros desencantados con el laborismo. Y muchos diputados creen que Starmer no ha conseguido construir un relato político suficientemente claro frente a ese fenómeno.
En su carta de dimisión, Streeting menciona directamente el auge del “nacionalismo” de Reform UK como una de sus grandes preocupaciones. El mensaje es significativo: parte del laborismo teme que la actual dirección esté dejando un enorme vacío político que Farage está explotando con eficacia. @mundiario
