Líbano, atrapado en “la guerra de otros”: el temor a una nueva ocupación y el riesgo de fractura

La guerra en Oriente Próximo ha entrado en una fase en la que los actores secundarios empiezan a asumir un protagonismo involuntario. Ese es el caso del primer ministro del Líbano, Nawaf Salam, quien ha denunciado que su país ha sido arrastrado a una “guerra de otros”, en referencia directa a la escalada entre Israel e Irán.

Sus declaraciones no solo evidencian la fragilidad del Estado libanés, sino también el riesgo de una transformación territorial de largo alcance en la región.

En este contexto, el anuncio de posibles zonas de amortiguamiento por parte del Gobierno israelí —liderado por Benjamín Netanyahu— ha encendido las alarmas en Beirut. La idea de extender una franja de seguridad hasta el río Litani supone, en la práctica, una ampliación del control israelí sobre el 10% del territorio libanés, lo que muchos analistas interpretan como una ocupación de facto. Este escenario revive tensiones históricas y plantea interrogantes sobre la soberanía del Líbano.

Desde la capital, el mensaje es claro: el país no solo enfrenta una amenaza externa, sino también una profunda crisis interna. La implicación de Hezbolá en ataques contra Israel, en coordinación con intereses iraníes, ha debilitado la posición del Estado libanés. El propio Gobierno ha intentado limitar su actividad militar, pero la realidad sobre el terreno demuestra que su capacidad de control es limitada.

El “Líbano se ha convertido en víctima de una guerra cuyo desenlace y fecha de finalización nadie puede predecir”, declaró Salam a los periodistas el jueves tras una reunión de su gabinete

La advertencia del mandatario apunta a un problema estructural: el Líbano carece de capacidad para mantenerse al margen de los conflictos regionales. Su territorio se ha convertido en un espacio de confrontación indirecta, donde convergen intereses estratégicos de potencias regionales. Esto explica por qué el primer ministro insiste en que el país no tiene “ningún interés nacional” en esta guerra, pese a estar profundamente afectado por ella.

El impacto humanitario agrava aún más la situación. Más de un millón de personas podrían verse desplazadas si se consolida la expansión militar israelí. En un país con una economía frágil y recursos limitados, esta presión demográfica puede desencadenar una crisis social de gran magnitud. La historia reciente del Líbano demuestra que estos desequilibrios pueden derivar rápidamente en tensiones sectarias.

“Las posturas de los cargos israelíes y las tácticas de su ejército revelan objetivos de gran alcance, que incluyen una expansión significativa de la ocupación de territorios libaneses, peligrosas declaraciones sobre el establecimiento de zonas de amortiguamiento o cinturones de seguridad, y el desplazamiento de más de un millón de libaneses”, afirmó Salam.

Al mismo tiempo, la estrategia israelí responde a una lógica de seguridad. Tras años de enfrentamientos con Hezbolá en la frontera norte, el objetivo de crear una zona tampón busca reducir la amenaza de ataques. Sin embargo, esta medida conlleva un alto coste político y podría consolidar una ocupación prolongada, algo que ya ocurrió durante décadas hasta el año 2000.

En paralelo, la dimensión diplomática se vuelve clave. El Gobierno libanés ha intensificado sus esfuerzos para movilizar apoyo internacional y evitar una escalada mayor. Sin embargo, la falta de consenso global y la complejidad del conflicto limitan las posibilidades de una solución rápida. La guerra en Irán actúa como catalizador, conectando distintos frentes y ampliando el alcance del conflicto.

Salam afirmó que su Gobierno redoblaría los esfuerzos diplomáticos y políticos para poner fin a la guerra. El llamamiento del presidente libanés, Joseph Aoun, para entablar conversaciones directas con Israel no ha recibido respuesta hasta el momento. @mundiario