Malos tiempos se ciernen sobre el proyecto de Diego Simeone en el Atlético de Madrid. La derrota frente al Celta no hizo más que reforzar la sensación que invade el Metropolitano desde la eliminación contra el Arsenal: el equipo sigue presente en el calendario, pero su espíritu competitivo quedó atrapado entre penaltis fallados, polémicas arbitrales y la oportunidad desperdiciada de alcanzar la final de la Champions League. El Atlético juega partidos, sí, pero lo hace con un alma que parece ausente, como si la temporada se hubiera detenido en aquel golpe europeo.
En la memoria rojiblanca aún arde la cicatriz de La Cartuja. La final de Copa del Rey perdida ante la Real Sociedad se ha convertido en un lamento persistente, un recuerdo que duele más con el paso del tiempo porque representaba la última oportunidad de levantar un título oficial. Esa herida, todavía fresca, se suma al desencanto europeo y dibuja un panorama de frustración acumulada. El Atlético no solo perdió un trofeo: perdió la ilusión de cerrar el curso con una victoria que diera sentido al esfuerzo.
El duelo contra el Celta fue el reflejo perfecto de ese estado emocional: cansancio mental, melancolía y resistencia a la desilusión. Más de 52.000 aficionados acudieron al Metropolitano apenas cuatro días después del mazazo europeo, demostrando que la fidelidad colchonera no entiende de derrotas. Simeone, como tantas veces, volvió a ser el refugio emocional del estadio, el más ovacionado y protegido, el último muro contra el desánimo colectivo. Mientras tanto, Borja Iglesias silenció el coliseo con una definición exquisita, confirmando que el Celta de Giráldez compite con una personalidad tan reconocible que ya nadie se sorprende de verlo soñar con la Champions.
El final de una era empieza a sentirse demasiado cerca
Pero en el Atlético la noche volvió a teñirse de preocupación con José María Giménez. El uruguayo regresaba tras perderse la eliminatoria europea y apenas aguantó 18 minutos antes de caer lesionado otra vez. La escena resultó casi cruel por repetitiva. Giménez lleva años luchando contra un cuerpo que parece impedirle completar la continuidad que su fútbol merece. Y viendo su reciente mensaje en redes sociales, muchos en el Metropolitano empezaron a preguntarse si quizá acababan de presenciar su último partido en casa como rojiblanco.
También Baena dejó otra fotografía simbólica de este final de curso. El gran fichaje del verano ha terminado la temporada buscando constantemente un sitio dentro del sistema. Ante el Celta pasó del doble pivote al costado derecho hasta acabar prácticamente como carrilero defensivo. El talento sigue ahí, pero el contexto emocional y futbolístico del equipo terminó devorando gran parte de sus expectativas iniciales.
La sensación general es que el Atlético necesita reiniciarse mentalmente antes incluso que futbolísticamente. La despedida anunciada de Griezmann, las dudas alrededor de Giménez y el desgaste acumulado de una generación que estuvo tan cerca de volver a tocar la gloria han generado un clima extraño. No es una ruptura traumática, pero sí el final silencioso de una etapa que empieza a apagarse lentamente.
Mientras el Celta sale reforzado y mantiene vivo el sueño europeo, el Atlético mira el calendario deseando encontrar cuanto antes el final del túnel. Quedan partidos, sí, pero el verdadero desafío ya no está en sumar puntos. Está en recuperar la ilusión perdida. Porque cuando un equipo se acostumbra demasiado a rozar la gloria sin alcanzarla, el riesgo más peligroso no es perder títulos. Es perder el hambre. @mundiario
