Trump busca cerrar un pacto con Irán mientras rebaja la euforia sobre el futuro de Ormuz

La posibilidad de un acuerdo entre Estados Unidos e Irán para estabilizar Oriente Próximo y garantizar la reapertura total del estrecho de Ormuz ha dejado de parecer una hipótesis remota para convertirse en una negociación con opciones reales de prosperar. Sin embargo, el optimismo exhibido inicialmente por Donald Trump ha dado paso en apenas unas horas a un discurso mucho más prudente, reflejo de las enormes dificultades que siguen rodeando un entendimiento entre dos enemigos históricos marcados por décadas de desconfianza mutua.

Después de semanas insinuando avances decisivos, el presidente estadounidense llegó a asegurar el sábado que el pacto estaba prácticamente cerrado y que los detalles serían anunciados en breve. Pero apenas un día más tarde rebajó notablemente las expectativas y dejó claro que la negociación todavía está lejos de concluir. Trump afirmó que las conversaciones continúan “de forma constructiva”, aunque pidió a sus enviados que no acelerasen el proceso, convencido de que el tiempo juega a favor de Washington.

El cambio de tono evidencia hasta qué punto el acuerdo continúa siendo extremadamente delicado. Sobre la mesa se encuentra uno de los puntos más sensibles del comercio energético mundial: el estrecho de Ormuz, paso estratégico por el que circula cerca de una quinta parte del petróleo que se consume en el planeta. La reapertura completa y estable de esta vía marítima se ha convertido en la principal prioridad inmediata de Estados Unidos y de sus aliados internacionales, preocupados por el impacto económico que tendría una prolongación de la tensión en la región.

Las conversaciones actuales parecen haberse estructurado en dos fases diferenciadas. La primera consistiría en garantizar cuanto antes la normalización del tránsito marítimo en Ormuz para aliviar la presión sobre los mercados energéticos internacionales. La segunda abriría un periodo adicional de negociación sobre el programa nuclear iraní, posiblemente de varias semanas, con el objetivo de discutir límites, inspecciones y compromisos técnicos más complejos.

Fuentes próximas a las conversaciones sostienen que existe ya un principio de entendimiento político dentro del régimen iraní, aunque el proceso interno de toma de decisiones en Teherán continúa siendo lento y extremadamente opaco. El papel del nuevo líder supremo iraní, Mojtaba Jameneí, hijo del fallecido Ali Jameneí, está siendo determinante en unas negociaciones donde cada concesión es observada con enorme suspicacia tanto por los sectores más radicales del régimen islámico como por los halcones estadounidenses.

Mientras tanto, la Administración norteamericana trata de transmitir una imagen de prudencia calculada. El secretario de Estado, Marco Rubio, reconoció que un acuerdo de semejante magnitud no puede improvisarse ni resolverse en pocos días. La cuestión nuclear sigue siendo el gran obstáculo de fondo y continúa separando a ambas partes en aspectos fundamentales.

Precisamente ahí es donde aparecen las mayores críticas dentro del propio bloque conservador estadounidense. Algunos sectores republicanos consideran que Trump estaría dispuesto a aceptar un pacto demasiado blando con Irán, permitiendo que Teherán conserve parte de su infraestructura nuclear y parte de su capacidad militar. Para estos dirigentes, la campaña lanzada hace meses por Washington solo tendría sentido si terminaba debilitando de forma irreversible al régimen iraní.

Mojtaba Jameneí, líder supremo de Irán, y detrás puede verse un mapa del estrecho de Ormuz. / Mundiario.
Mojtaba Jameneí, líder supremo de Irán, y detrás puede verse un mapa del estrecho de Ormuz. / Mundiario.

El problema para Trump es que también arrastra el desgaste provocado por una operación militar y diplomática que no ha generado los resultados contundentes prometidos al inicio. La intervención, que comenzó tras el ataque contra Irán y la muerte de Ali Jameneí, fue presentada como una ofensiva breve destinada a doblegar rápidamente al régimen iraní. Sin embargo, el conflicto se prolongó mucho más de lo previsto, elevó la tensión internacional, disparó los temores sobre el suministro energético y abrió fisuras dentro del propio Partido Republicano.

Muchos votantes conservadores apoyaron a Trump bajo la promesa de evitar nuevas guerras prolongadas en Oriente Próximo y concentrarse en la economía estadounidense. Ahora, parte de esa base observa con incomodidad cómo la Casa Blanca intenta vender como éxito un acuerdo cuyo principal logro sería restablecer la normalidad en un estrecho que funcionaba sin grandes problemas antes del estallido del conflicto.

La posición de Israel añade todavía más tensión al escenario. El Gobierno de Benjamín Netanyahu contempla con evidente inquietud la posibilidad de que Washington cierre un entendimiento con Teherán sin imponer condiciones mucho más duras sobre el programa nuclear iraní y sobre la influencia militar de Irán en la región. Para el Ejecutivo israelí, cualquier acuerdo que permita al régimen conservar parte de sus capacidades estratégicas supone una amenaza directa a largo plazo.

Trump y su secretario de Estado Marco Rubio han dejado claro que cualquier alivio de Cuba, vendrá condicionado a “cambios dramáticos”. / RR SS.
Trump y su secretario de Estado Marco Rubio han dejado claro que cualquier alivio de Cuba, vendrá condicionado a “cambios dramáticos”. / RR SS.

En paralelo, varios países árabes y Pakistán han desempeñado un papel clave como intermediarios discretos. Las monarquías del Golfo observaban con creciente temor la posibilidad de que una guerra abierta acabara arrastrando a toda la región hacia una escalada incontrolable. Esa presión diplomática ha acelerado las conversaciones en las últimas semanas.

Con las elecciones legislativas estadounidenses cada vez más cerca, Trump necesita además mostrar resultados tangibles. Un acuerdo que estabilice el precio del petróleo y reduzca la tensión internacional podría convertirse en un balón de oxígeno político para una Casa Blanca que afronta crecientes críticas internas y externas.

Sin embargo, el verdadero interrogante sigue intacto: qué ha conseguido realmente Estados Unidos tras meses de enfrentamiento, miles de millones gastados y un enorme desgaste diplomático. Porque el posible acuerdo que ahora se negocia no parece incluir ni el desmantelamiento completo del programa nuclear iraní ni la destrucción definitiva de la capacidad militar de Teherán, objetivos que la Administración estadounidense había presentado como irrenunciables al inicio de la campaña. @mundiario