Pakistán ha sufrido uno de los atentados más graves de los últimos meses después de que una potente explosión hiciera descarrilar un tren que transportaba personal militar y familias civiles en la provincia de Baluchistán. El ataque, reivindicado por el Ejército de Liberación de Baluchistán, dejó al menos 24 muertos —aunque algunas fuentes elevan la cifra hasta 30— y más de un centenar de heridos en las inmediaciones de Quetta, la capital regional.
La explosión se produjo cuando el tren atravesaba el paso ferroviario de Chaman Phatak, una zona sensible situada cerca de instalaciones de seguridad y a unos 125 kilómetros de la frontera afgana. Según los primeros informes policiales, un vehículo cargado de explosivos habría impactado contra uno de los vagones, provocando una detonación de gran intensidad que descarriló la locomotora y varios coches del convoy.
Las imágenes difundidas tras el atentado muestran vagones volcados, estructuras calcinadas, automóviles destruidos y densas columnas de humo elevándose sobre la ciudad. La onda expansiva también alcanzó edificios cercanos y destruyó ventanas y fachadas en amplias zonas del área afectada.
La reivindicación del ataque por parte del BLA confirma una tendencia que preocupa cada vez más a las autoridades pakistaníes: la creciente sofisticación y agresividad de la insurgencia separatista baluchi.
El grupo aseguró que la operación fue ejecutada por la Brigada Majeed, su unidad suicida especializada en atentados de alto impacto. En un comunicado, su portavoz Jeeyand Baloch afirmó que el objetivo era “un tren que transportaba personal de las fuerzas de ocupación desde Quetta Cantt en un ataque fedayín (suicida) altamente organizado”.
Los trenes militares y las infraestructuras ferroviarias representan un símbolo estratégico para Islamabad, especialmente en una provincia donde el Estado mantiene enormes dificultades para consolidar el control territorial.
El atentado recuerda inevitablemente al secuestro del Jaffar Express ocurrido hace poco más de un año en el distrito de Bolan, cuando insurgentes baluchis hicieron estallar las vías y tomaron como rehenes a más de 400 pasajeros. Aquella operación terminó con decenas de muertos tras la intervención del Ejército pakistaní.
La repetición de ataques contra la red ferroviaria revela que los grupos separatistas han encontrado en estos objetivos una herramienta de enorme impacto mediático, político y psicológico.
Baluchistán: riqueza mineral y conflicto permanente
La raíz del conflicto en Baluchistán sigue siendo profundamente estructural. Se trata de la provincia más extensa de Pakistán y una de las más ricas en recursos naturales, especialmente gas, minerales y corredores energéticos estratégicos. Sin embargo, también es una de las regiones más pobres y menos desarrolladas del país.
Los movimientos nacionalistas baluchis llevan décadas acusando al Gobierno central de Islamabad de explotar los recursos provinciales sin redistribuir los beneficios hacia la población local. Esa sensación de marginación alimentó sucesivas insurgencias armadas que, aunque intermitentes, nunca desaparecieron completamente.
El BLA se ha convertido en la organización insurgente más visible y letal de esa lucha separatista. En los últimos años ha ampliado sus operaciones desde ataques contra fuerzas de seguridad hacia atentados contra infraestructuras, ciudadanos chinos vinculados al Corredor Económico China-Pakistán y ahora nuevamente contra el transporte ferroviario.
Islamabad sostiene desde hace tiempo que India respalda indirectamente a grupos separatistas baluchis, acusación que Nueva Delhi rechaza tajantemente. Las autoridades pakistaníes utilizan frecuentemente el término “Fitna al-Hindustan” (El mal de la India) para referirse al BLA y a otros grupos insurgentes, intentando presentar la violencia como parte de una guerra híbrida regional.
El ataque llega además en un momento geopolítico particularmente delicado para Pakistán. El país intenta reforzar su papel diplomático en medio de la crisis regional derivada del conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, mientras simultáneamente afronta una nueva escalada de violencia interna.
The Balochistan Liberation Army (BLA) says it bombed a passenger train near Quetta, killing at least 30 people. A vehicle packed with explosives hit a shuttle carrying security personnel home for Eid. Officials warn the toll may rise
Al Jazeera’s Kamal Hyder reports. pic.twitter.com/VUCL2VRKWN
— Al Jazeera English (@AJEnglish) May 24, 2026
El presidente Asif Ali Zardari aseguró tras el atentado que “terroristas y sus patrocinadores buscan socavar el papel de Pakistán en los esfuerzos regionales e internacionales por la paz”. Por su parte, el primer ministro Shehbaz Sharif condenó la “atroz explosión de bomba” y afirmó que “tales actos cobardes de terrorismo no pueden debilitar la determinación del pueblo de Pakistán”.
Sin embargo, más allá de la retórica oficial, el atentado vuelve a poner en cuestión la capacidad real del Estado pakistaní para contener simultáneamente múltiples amenazas insurgentes. Además del separatismo baluchi, el país afronta una creciente actividad del Tehreek-e-Taliban Pakistan, organización islamista alineada ideológicamente con los talibanes afganos.
Pakistán acusa al gobierno talibán de Afganistán de permitir que tanto separatistas baluchis como miembros del TTP utilicen territorio afgano como refugio y base logística para lanzar operaciones transfronterizas. Kabul niega esas acusaciones, pero la tensión bilateral continúa aumentando.
Uno de los aspectos que más impacto ha generado en la opinión pública pakistaní es que entre las víctimas había militares viajando junto a sus familias con motivo de la festividad del Eid al-Adha.
La exembajadora pakistaní en Estados Unidos, Sherry Rehman, aseguró que muchas víctimas eran “mujeres y niños”. Esa circunstancia incrementó la indignación política y mediática en el país, especialmente porque el ataque se produjo en una zona donde habitualmente existe fuerte presencia de seguridad. @mundiario
