El Deportivo de La Coruña regresó a Primera División ocho años después y, casi sin tiempo para digerir la emoción, ya empezó a hablar de Europa. La frase de su presidente, Juan Carlos Escotet, pronunciada en plena euforia colectiva tras el ascenso conseguido en Valladolid, contiene la confirmación de que el Deportivo ya no piensa únicamente en sobrevivir. Ha vuelto a permitirse soñar, como ya había sucedido bajo la presidencia de Augusto César Lendoiro.
“Esta ciudad nunca, nunca os olvidará. Pero ahora, el año que viene, Europa”. El presidente blanquiazul lanzó el mensaje durante la recepción del equipo en el Espacio Avenida de Abanca, apenas unas horas después de una de las noches más intensas que recuerda el deportivismo contemporáneo. La frase condensaba el nuevo estado emocional del club: el Deportivo ha dejado atrás definitivamente la lógica de la caída y empieza a recuperar la ambición histórica que alguna vez lo convirtió en campeón de Liga y protagonista habitual de las noches europeas de Champions.
Porque lo verdaderamente extraordinario de este ascenso no es solo el regreso a Primera. Es el modo en que el club ha conseguido reconstruirse después de haber atravesado uno de los derrumbes más traumáticos del fútbol español moderno. El Deportivo cayó desde la Champions League hasta la tercera categoría del fútbol nacional. Pasó de enfrentarse al Milan o al Manchester United a recorrer estadios modestos de Primera RFEF. Vivió crisis económicas devastadoras, conflictos institucionales permanentes y una sensación colectiva de pérdida que parecía irreversible. Y, sin embargo, sobrevivió.
Juan Carlos Escotet lanzó el gran objetivo tras el ascenso: “El año que viene, Europa”. Más de 10.000 aficionados celebraron bajo la lluvia una noche histórica en Riazor
El triunfo en Valladolid cerró simbólicamente una herida histórica. En Zorrilla, donde el deportivismo había sufrido uno de sus golpes más crueles en la semifinal copera de 1989, el equipo de Antonio Hidalgo encontró esta vez la redención definitiva. El doblete de Bil Nsongo —nuevo héroe blanquiazul surgido desde la reconstrucción de cantera— permitió al Dépor regresar a Primera sin sufrimiento añadido, con una autoridad impropia de un club que llevaba años acostumbrado al trauma.
Quizá por eso la celebración posterior tuvo algo más emocional que festivo. Miles de aficionados esperaron durante horas bajo la tormenta en la explanada de Riazor la llegada del autobús del equipo. A Coruña llevaba demasiado tiempo aguardando una noche así. Ni la lluvia torrencial ni las horas de espera pudieron rebajar la sensación de alivio colectivo. Cuando los jugadores aparecieron pasadas las cuatro de la madrugada, la ciudad explotó definitivamente.
La escena retrata bastante bien lo que representa el Deportivo para Galicia. No es simplemente un club de fútbol. Es una memoria sentimental compartida por varias generaciones. Lo demostraron los cánticos, las lágrimas, las familias enteras bajo el agua esperando a los futbolistas y también la manera en que la plantilla se mezcló emocionalmente con la afición. Álvaro Ferllo animando los coros, Antonio Hidalgo convertido en líder popular improvisado, Mario Soriano cantando en el escenario o David Mella haciendo una voltereta con sombrero resumen algo esencial: este equipo ha reconstruido una conexión emocional que el Deportivo había perdido durante años.
La cantera ocupa además un lugar central en esa nueva identidad. El protagonismo de futbolistas como Mella, Yeremay, Noé o Bil Nsongo simboliza mucho más que un éxito deportivo puntual. Representa la recuperación de una idea de club basada en reconocerse a sí mismo. Durante demasiado tiempo, el Deportivo fue perdiendo vínculos internos mientras intentaba sobrevivir a urgencias económicas y deportivas constantes. Ahora, en cambio, el proyecto vuelve a apoyarse en futbolistas que reflejan el alma social del deportivismo.
La transformación económica también explica el cambio de escenario. El club que llegó a acumular una deuda gigantesca cercana a los 160 millones de euros ha logrado estabilizar sus cuentas bajo la gestión de Juan Carlos Escotet. La construcción de la nueva ciudad deportiva, la reorganización institucional y la apuesta por estructuras más sostenibles han devuelto al Deportivo una estabilidad que parecía imposible hace apenas unos años.
El ascenso no cierra el relato, lo abre
Pero la frase sobre Europa revela también otra cuestión interesante: el ascenso no cierra el relato, lo abre. Durante demasiado tiempo el objetivo del Deportivo consistió únicamente en regresar a Primera. Ahora el club necesita redefinir qué quiere ser dentro del nuevo fútbol español. Y ahí aparece el gran desafío.
Porque el fútbol actual ya no se parece al que el Deportivo conquistó a finales de los noventa y comienzos de los dos mil. La diferencia económica entre los grandes clubes y el resto es hoy mucho mayor. Competir por Europa exige estabilidad financiera, capacidad comercial, talento deportivo y una estructura moderna que vaya mucho más allá de la emoción popular. Escotet, dueño y presidente de Abanca, parece convencido de que el Deportivo puede construir ese camino.
El reto será encontrar equilibrio entre ilusión y prudencia. El deportivismo conoce demasiado bien los peligros de las euforias mal gestionadas. Parte de la caída histórica del club tuvo relación precisamente con un crecimiento acelerado que terminó resultando insostenible. Pero también sería un error exigir resignación permanente a una entidad con semejante historia y potencial social.
Lo que ocurre hoy en A Coruña recuerda, salvando las distancias, a ciertos procesos de reconstrucción emocional vistos en clubes históricos europeos como el Betis, el Napoli o el Leeds United. Equipos que descubrieron que el verdadero patrimonio no eran únicamente los títulos, sino la capacidad de mantener viva una identidad colectiva incluso en los peores momentos.
La madrugada interminable de Riazor reflejó precisamente eso. Algunos jugadores apenas podían mantenerse despiertos tras horas de celebración. Otros seguían cantando cuando ya amanecía sobre la ciudad. Mario Soriano regresaba a casa en taxi viendo salir el sol. Mella hablaba afónico tras una noche de locura compartida con la afición. Bil Nsongo se convertía en icono instantáneo del nuevo Deportivo. Y mientras tanto, miles de personas seguían bajo la lluvia cantando A Primera oé.
El Deportivo ha vuelto. Pero lo más relevante quizá no sea el ascenso. Lo verdaderamente importante es que el club ha recuperado algo todavía más difícil: la convicción de que vuelve a tener derecho a imaginar un futuro grande. @mundiario
