Bruselas busca una voz común sobre Rusia: Kallas advierte de la “trampa” de elegir un negociador

La Unión Europea ha comenzado a asumir una realidad que hace apenas unos meses parecía políticamente inviable. Tarde o temprano el bloque tendrá que definir cómo relacionarse diplomáticamente con Rusia para abordar una eventual salida negociada a la guerra en Ucrania. Sin embargo, ese debate llega marcado por profundas divisiones internas, una desconfianza permanente hacia el Kremlin y el temor a que Moscú utilice las conversaciones como un instrumento para fracturar la unidad europea.

La reunión informal de ministros de Exteriores celebrada en Chipre ha evidenciado precisamente esa tensión entre quienes consideran imprescindible abrir canales de diálogo con Moscú y aquellos que creen que cualquier aproximación prematura solo beneficiaría al presidente ruso, Vladímir Putin. En ese contexto, la alta representante de la UE para Política Exterior, Kaja Kallas, lanzó la advertencia de que Europa no debe caer en la “trampa” de debatir quién debe hablar con Rusia antes de definir qué quiere negociar y bajo qué condiciones.

La Unión Europea no puede ser un mediador neutral con Rusia porque está del lado de Ucrania”, espetó la ex primera ministra estonia sobre la posibilidad de nombrar un “enviado especial” que afronte las imbricaciones del poder en el Kremlin. “La UE debe impulsar a Rusia y a Ucrania a hablar entre sí. Hay asuntos que solo ellos pueden abordar y resolver”, insistió la dirigente liberal, una de las voces más duras con el régimen ruso.

Las palabras de Kallas reflejan uno de los grandes dilemas estratégicos de la UE desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022. Bruselas mantiene oficialmente una posición de firme apoyo político, militar y económico a Kiev, pero al mismo tiempo empieza a asumir que la arquitectura de seguridad europea difícilmente podrá estabilizarse sin algún tipo de interlocución futura con Moscú.

El diálogo con Rusia divide a Europa

La discusión sobre una posible reapertura diplomática con el Kremlin ha ganado intensidad a medida que Estados Unidos se desembaraza progresivamente de las negociaciones impulsadas entre Kiev y Moscú, cuyas riendas tomó apenas meses después de que Donald Trump regresara a la Casa Blanca, tras una encerrona en la cual el presidente ucraniano Volodímir Zelenski y Putin fue rehabilitado internacionalmente gracias a una alfombra roja en Alaska. Varias capitales europeas ven con preocupación el cese de interlocución con el Kremlin, a pesar de que ya la UE no tenía asignado ningún asiento en las rondas de conversaciones auspiciadas por Washington, ya que supondría que corren el riesgo de quedar relegada en cualquier eventual diseño de la paz en Ucrania.

Países como Francia, Italia o Bélgica defienden que Europa debe prepararse para ocupar un papel más activo en futuras conversaciones. El argumento principal es que la guerra afecta directamente a la seguridad continental y que Bruselas no puede limitarse a observar cómo otros actores internacionales negocian cuestiones estratégicas que impactan de lleno sobre el futuro europeo.

Sin embargo, los países bálticos y parte del flanco oriental de la UE mantienen una posición mucho más escéptica. Estonia, Letonia o Lituania consideran que Rusia sigue sin mostrar una voluntad real de negociación y sostienen que cualquier apertura diplomática antes de un alto el fuego verificable solo permitiría al Kremlin ganar tiempo mientras mantiene la presión militar sobre Ucrania. Ese choque de sensibilidades refleja también distintas experiencias históricas con Moscú.

Las líneas rojas de Bruselas

Kallas considera que el verdadero riesgo no reside únicamente en negociar con Rusia, sino en permitir que Moscú condicione las reglas de esa interlocución. Putin había sugerido recientemente que el excanciller alemán Gerhard Schröder —históricamente próximo al Kremlin y vinculado a empresas energéticas rusas— podría actuar como interlocutor europeo. La propuesta fue recibida con enorme recelo en Bruselas y reforzó la percepción de que Rusia intenta influir incluso en la elección de los representantes europeos.

Para Kallas, el error sería centrar el debate en los nombres y no en el contenido político de las negociaciones. Además, pone el foco en que la UE ya forma parte activa del conflicto desde el momento en que apoya a Ucrania militar y financieramente. Bruselas no pretende presentarse como árbitro imparcial, sino como actor político con intereses propios en la seguridad europea y en el desenlace de la guerra.

Pese al inicio de estas conversaciones internas, la UE mantiene intactas varias condiciones fundamentales para cualquier futura negociación con Rusia. Entre ellas destacan la exigencia de un alto el fuego previo, el rechazo a reconocer oficialmente los territorios ucranianos ocupados por Moscú y la defensa de la integridad territorial de Ucrania.

Además, varios países reclaman que cualquier eventual acuerdo incluya cuestiones humanitarias y de seguridad más amplias, como la devolución de menores ucranianos trasladados a Rusia, la situación de los prisioneros o la presencia militar rusa en regiones vecinas como Moldavia y Georgia. La negociación no se limita, por tanto, a cómo terminar la guerra, sino también a qué tipo de equilibrio de seguridad quiere construir Europa después del conflicto. @mundiario