La ONU sitúa a Israel y Rusia en su lista negra por violencia sexual en conflictos armados

La decisión de Naciones Unidas de incluir a Israel y Rusia en su lista negra de países sospechosos de cometer violencia sexual en conflictos armados no es un movimiento menor ni una simple anotación burocrática. Se trata de uno de los mecanismos más delicados y simbólicos de la ONU, porque coloca bajo vigilancia internacional a Estados acusados de convertir el cuerpo humano en otro campo de batalla.

El informe recoge denuncias verificadas de violaciones, torturas sexuales, humillaciones y agresiones contra civiles en Gaza, Cisjordania y Ucrania. Entre las víctimas aparecen hombres, mujeres y menores de edad. También periodistas y activistas de derechos humanos. Es decir, personas que ni siquiera participaban directamente en los combates y que acabaron atrapadas en una maquinaria de violencia donde el miedo se utiliza como herramienta de control.

La reacción israelí no tardó en llegar. El Gobierno de Benjamin Netanyahu anunció la ruptura de relaciones con el secretario general de la ONU, António Guterres, calificando la decisión de política y alejada de la realidad. Sin embargo, el problema de fondo va mucho más allá de una disputa diplomática. La cuestión es que Naciones Unidas considera que existen pruebas suficientes para señalar patrones de violencia sexual vinculados al conflicto.

Aunque formar parte de esta lista no implica sanciones automáticas, sí provoca un desgaste reputacional enorme. Ningún Estado quiere aparecer asociado internacionalmente a prácticas que recuerdan a algunos de los episodios más oscuros de las guerras contemporáneas.

La violencia sexual como estrategia de guerra

Durante años, gran parte del debate internacional sobre las guerras se centró en las bombas, las fronteras y las cifras de muertos. Sin embargo, existe otra dimensión mucho más silenciosa que suele quedar enterrada entre titulares militares. La violencia sexual no aparece por accidente en los conflictos. En muchos casos funciona como una herramienta deliberada para destruir psicológicamente a comunidades enteras.

La ONU lleva tiempo advirtiendo de este fenómeno en conflictos de África, Oriente Medio y Europa del Este. El objetivo suele ser el mismo. Humillar, sembrar terror y romper el tejido social. Una agresión sexual en una guerra no afecta únicamente a la víctima directa. El impacto se extiende a familias enteras, barrios completos y generaciones futuras.

El informe sobre Gaza describe casos especialmente graves, incluyendo violaciones grupales, desnudez forzada y registros corporales sin justificación clara de seguridad. En Ucrania, las denuncias incluyen mutilaciones genitales, descargas eléctricas y agresiones sistemáticas cometidas presuntamente por fuerzas vinculadas al Kremlin.

Lo más preocupante es que estas prácticas no nacen de la nada. La deshumanización del enemigo crea el terreno perfecto para que ciertos límites desaparezcan. Cuando la población civil deja de ser vista como personas y pasa a convertirse en una cifra o en un obstáculo, el horror encuentra espacio para crecer.

El coste de mirar hacia otro lado

Uno de los mayores riesgos de este tipo de informes es que terminen consumidos por la polarización política. Hay sectores que intentarán desacreditar automáticamente cualquier acusación dependiendo del país señalado. Otros utilizarán el documento únicamente como arma ideológica. Pero reducir algo tan grave a un simple enfrentamiento de bloques sería un error peligroso.

La credibilidad de los organismos internacionales depende precisamente de su capacidad para investigar abusos sin importar quién los cometa. Si las violaciones de derechos humanos solo generan indignación cuando las perpetra el adversario político, entonces la defensa de la dignidad humana deja de ser un principio y se convierte en propaganda.

La ONU tampoco está exenta de críticas ni de limitaciones. Sus mecanismos suelen ser lentos y muchas víctimas sienten que la justicia internacional avanza con la velocidad de una puerta oxidada. Aun así, estos informes sirven para dejar constancia histórica y para impedir que ciertos crímenes desaparezcan bajo el ruido de la guerra.

Porque cuando el mundo normaliza estas atrocidades, el silencio termina funcionando como una segunda forma de violencia. Y esa es quizá la parte más inquietante de todas. Que las víctimas no solo tengan que sobrevivir al abuso, sino también al olvido. @mundiario