Relevo de emergencia en Oriente Próximo: EE UU rescata al portaaviones más exhausto de su flota

La llegada del USS George Washington a Oriente Próximo marca el principio del relevo de uno de los despliegues más prolongados de la Marina de Estados Unidos. El portaaviones de propulsión nuclear ha entrado en la zona de operaciones del Comando Central estadounidense para sustituir al USS Abraham Lincoln, que lleva más de nueve meses desplegado y ha permanecido en el mar durante más de 250 días con apenas dos escalas breves.

El movimiento tiene una lectura estrictamente militar: Estados Unidos necesita mantener capacidad aeronaval en Oriente Próximo mientras continúa la guerra con Irán, pero también llega después de que familiares de miembros de la tripulación del Lincoln hayan denunciado unas condiciones que, según sus testimonios, se han deteriorado gravemente con el paso de los meses.

Mientras la Casa Blanca niega reiteradamente el precario estado de sus fuerzas militares, el debate no radica únicamente en quién sustituye a quién. Este relevo, de hecho, permite observar hasta qué punto una operación militar prolongada puede tensionar de forma simultánea la capacidad logística, el mantenimiento de un portaaviones y el estado físico y psicológico de su tripulación.

El USS Abraham Lincoln abandonó San Diego el 21 de noviembre de 2025 acompañado por su grupo de combate. Inicialmente, su despliegue estaba concebido para durar aproximadamente siete meses y tenía como referencia el Indo-Pacífico. La evolución de la situación internacional modificó completamente ese calendario. La guerra iniciada por Estados Unidos contra Irán el 28 de febrero llevó al portaaviones hacia Oriente Próximo, donde su presencia adquirió un valor estratégico muy superior al previsto inicialmente.

El problema es que prolongar una misión no consiste únicamente en mantener el buque navegando. Un portaaviones de la clase Nimitz transporta miles de militares, mantiene operaciones aéreas continuas y necesita un flujo constante de combustible, alimentos, piezas, agua, material sanitario y equipos de mantenimiento. Además, la tripulación trabaja sometida a ritmos particularmente exigentes cuando el buque participa en las operaciones militares.

En circunstancias normales, la Marina estadounidense maneja despliegues de alrededor de siete meses. El Lincoln ha superado ampliamente ese horizonte. Durante su misión únicamente realizó dos paradas breves de aprovisionamiento: una en Guam, en diciembre de 2025, y otra en Omán, apenas en julio de 2026.

Las denuncias que encendieron las alarmas

La crisis humana dentro de las Fuerzas Armadas de EE UU se ha intensificado tras las denuncias de los familiares de los cerca de 5.000 tripulantes. Las quejas familiares apuntan al racionamiento severo de alimentos, duchas infestadas de moho, falta intermitente de agua caliente, lavadoras inoperantes y un desabastecimiento de productos básicos de higiene como pasta de dientes y desodorante. No obstante, la mayor alarma social recae sobre la salud mental de la tripulación; las familias denunciaron desesperados intentos de marineros por lanzarse por la borda y crisis de fatiga psicológica extrema.

Esta situación llevó al senador demócrata Richard Blumenthal a enviar una carta formal exigiendo explicaciones urgentes al secretario de Defensa, Pete Hegseth, y demandando una fiscalización directa del Pentágono sobre las condiciones de la nave.

A pesar de que el Almirante Brad Cooper y el Pentágono han argumentado que los índices de ideación suicida no han sufrido picos y que las fallas de agua ya fueron resueltas, la gravedad de los reportes y el intenso debate en Washington sobre tripulantes intentando saltar al mar precipitó el envío del portaaviones USS George Washington para relevar de emergencia a la exhausta tripulación del Lincoln.

Sin embargo, la Marina rechaza que exista una crisis generalizada de salud mental y ha asegurado que los tripulantes disponen de atención médica, religiosa y psicológica.

La Administración del presidente Donald Trump y el Pentágono han rechazado tajantemente las denuncias sobre las condiciones críticas de habitabilidad y el desgaste psicológico de la tripulación a bordo del portaaviones USS Abraham Lincoln. El secretario Hegseth aseguró ante el Comité de Servicios Armados del Senado que las alarmas sobre el desabastecimiento de insumos y los problemas de agua caliente han sido «groseramente tergiversadas» por medios de comunicación y legisladores de la oposición.

Washington niega una crisis, pero acelera el relevo

El Pentágono presenta el movimiento como una rotación planificada, no como una evacuación de emergencia ni como una consecuencia directa de las denuncias. El secretario de la Marina, Hung Cao, afirmó que el Abraham Lincoln había «completado su despliegue» y regresaría próximamente a Estados Unidos.

Pero, a pesar del discurso de normalización oficial, el Pentágono ordenó el despliegue del George Washington (CVN-73) para relevar al buque. Esta decisión se interpreta en Washington como una admisión implícita de que el Lincoln ha superado sus límites operativos tras acumular un histórico despliegue continuo en el mar.

Los portaaviones son auténticas ciudades flotantes. Sus sistemas de propulsión, aviación, comunicaciones, climatización, abastecimiento y mantenimiento funcionan permanentemente. Las operaciones aéreas someten además a determinados componentes a un desgaste considerable.

Un despliegue excesivamente prolongado puede convertir problemas menores de mantenimiento en dificultades más complejas. Cables de frenado, sistemas hidráulicos, tuberías, equipos eléctricos y numerosos componentes necesitan revisiones periódicas.

Las escalas portuarias no sirven únicamente para descansar. También permiten reponer suministros, realizar reparaciones y efectuar trabajos de mantenimiento que resultan mucho más difíciles mientras el buque permanece desplegado. Por eso, la llegada del George Washington tiene una importancia que trasciende el relevo de una tripulación cansada.

El nuevo despliegue mantiene la presión militar estadounidense sobre la región, pero tiene otra consecuencia estratégica: el USS George Washington llega desde Japón, lo que deja temporalmente a Estados Unidos sin un portaaviones en el área del Indo-Pacífico.

La Marina estadounidense dispone de una flota diseñada precisamente para poder desplazar sus grupos de combate entre diferentes teatros. Pero esa flexibilidad tiene límites. Cada portaaviones que se mantiene durante meses en una región deja de estar disponible para otra.

El relevo, por tanto, resuelve parcialmente el problema del Lincoln, pero no elimina la tensión estructural que plantea mantener simultáneamente compromisos militares en Oriente Próximo, Europa y el Indo-Pacífico. @mundiario