El viaje secreto de la CIA a Moscú: ¿advertencia o pacto a espaldas de Europa?

La visita del director de la CIA, John Ratcliffe, a Moscú el pasado 25 de agosto ha abierto uno de esos episodios en los que la información disponible parece diseñada para generar más preguntas que respuestas. La Casa Blanca apenas ha explicado el propósito del viaje y Donald Trump ha reducido el encuentro a una visita “semi rutinaria”. Sin embargo, que el máximo responsable de la inteligencia estadounidense haya viajado personalmente a la capital rusa, donde se reunió con los responsables del FSB y del Servicio de Inteligencia Exterior, difícilmente puede considerarse un acontecimiento ordinario.

La última vez que un director de la CIA acudió públicamente a Moscú fue en noviembre de 2021. Entonces, William Burns llevaba un mensaje inequívoco: Washington sabía que Vladímir Putin preparaba una invasión de Ucrania. Tres meses después, Rusia lanzó su ofensiva. La comparación resulta inevitable, pero también puede ser engañosa. En 2026 no existen, al menos públicamente, indicios de una concentración militar rusa en el flanco oriental de la OTAN comparable a la que precedió a la invasión de Ucrania.

El diario The Wall Street Journal y la cadena CBS News aseguraron que el jefe del espionaje estadounidense advirtió firmemente al Kremlin de que no intente poner a prueba la determinación de la OTAN con una operación militar limitada, apuntando a los países bálticos como el escenario más probable de una provocación rusa. Por su parte, la cadena CBS añadió que el mensaje también incluyó duras advertencias por el respaldo de Moscú en la guerra con Irán y la exigencia de reabrir el estrecho de Ormuz bajo amenaza de nuevas sanciones económicas.

Esta oleada de filtraciones forzó la reacción del presidente Donald Trump, quien intentó restar importancia al asunto calificándolo de viaje «semirutinario» y desvinculándolo de las tensiones de la OTAN o Irán, sugiriendo en su lugar que el foco estuvo centrado en buscar una salida negociada a la guerra de Ucrania. En paralelo, el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, confirmó las reuniones entre servicios secretos —aclarando que Ratcliffe no se entrevistó con Vladímir Putin— y tildó de «alarmistas» e irreales los reportes sobre supuestos planes de invasión en territorio aliado.

El portal de noticias Axios reveló otra vertiente clave de las conversaciones: el director de la CIA habría aprovechado sus reuniones secretas en el Kremlin para plantear la organización de una cumbre tripartita de paz presencial entre Trump, Putin y Volodímir Zelenski, con el objetivo explícito de forzar un alto el fuego en Ucrania. Por su parte, una investigación de la agencia Bloomberg destapó la honda brecha diplomática que ha abierto este movimiento de la Casa Blanca, confirmando que la administración estadounidense ocultó deliberadamente el viaje y no informó a los gobiernos europeos de la OTAN sobre el contenido de las deliberaciones en Moscú. Esta falta de transparencia transatlántica ha encendido las alarmas en Bruselas ante el temor de que Washington esté negociando un acuerdo de paz unilateral a espaldas de sus aliados continentales.

El propio Kremlin tampoco ha contribuido a despejar la incógnita. Su portavoz calificó las informaciones sobre un posible ataque ruso a la OTAN como una “distorsión de la realidad” y habló de “historias de terror”. Serguéi Narishkin confirmó que había recibido personalmente a Ratcliffe y describió el encuentro como una “reunión de trabajo”.

¿Está Rusia preparando un ataque contra la OTAN?

La hipótesis de una invasión rusa contra un país de la Alianza no puede descartarse como posibilidad estratégica, pero tampoco existen pruebas públicas suficientes para afirmar que esté a punto de producirse.

El Institute for the Study of War (ISW) coincide en que el inesperado viaje responde a la urgencia de disuadir una posible ofensiva de Rusia dirigida a fragmentar la OTAN. Según las evaluaciones del think tank, la verdadera intención del Kremlin no contempla una invasión convencional inminente, sino la ejecución de un ataque limitado de «zona gris» —como sabotajes de infraestructura, ciberataques generalizados o incursiones fronterizas breves— diseñado específicamente para poner a prueba la solidez del Artículo 5. El objetivo de Moscú radicaría en probar hasta qué punto el presidente Donald Trump y los aliados europeos reaccionarían unidos ante una agresión ambigua.

No obstante, el propio ISW y expertos militares internacionales recalcan una diferencia estratégica fundamental respecto al escenario de finales de 2021: no existe una acumulación de fuerzas militares rusas en las fronteras de los países bálticos (Estonia, Letonia y Lituania) equiparable al despliegue masivo y visible que precedió a la invasión a gran escala de Ucrania. Esta ausencia de tropas pesadas responde tanto al estancamiento de las fuerzas rusas en el frente ucraniano como a la naturaleza de la amenaza actual, la cual, al ser de carácter híbrido o encubierto, requiere una preparación militar mínima y difícil de detectar de antemano.

Una invasión convencional requeriría una preparación logística y militar difícil de ocultar. Además, Rusia lleva más de cuatro años librando una guerra que ha consumido enormes cantidades de hombres, material y recursos. Abrir deliberadamente un segundo frente contra la OTAN supondría asumir un riesgo militar y político extraordinariamente elevado.

Por eso la amenaza que preocupa especialmente a Polonia y a los países bálticos es otra: una acción limitada, ambigua y difícil de atribuir. Un incidente aéreo, una incursión puntual, un sabotaje de infraestructura crítica, una operación clandestina o incluso la captura de un buque podrían permitir al Kremlin medir hasta dónde llega la voluntad occidental de responder.

El objetivo no tendría necesariamente que ser conquistar territorio. Podría ser comprobar si la OTAN es capaz de reaccionar unida.

La guerra de espionaje ya está en Europa

Europa vive una creciente confrontación en la denominada zona gris: sabotajes, ciberataques, espionaje, operaciones de influencia, drones sobre instalaciones sensibles, interferencias y acciones clandestinas que buscan generar costes sin cruzar claramente el umbral de una guerra convencional.

Polonia y Rumanía han registrado incursiones de drones rusos y, en el caso polaco, incluso la caída de un misil ruso en territorio nacional durante un ataque contra Ucrania. Alemania ha investigado drones cargados con explosivos cerca del aeropuerto de Leipzig, un punto logístico importante para el transporte militar hacia Ucrania.

España tampoco permanece al margen. Los servicios de seguridad españoles sospechan que el exmilitar ruso Maxim Kuzminov, asesinado en Alicante en 2024, pudo haber sido víctima de una operación del espionaje ruso, aunque hasta ahora no se ha podido demostrar públicamente esa atribución.

Esta es la dimensión más importante del problema. La guerra entre Rusia y Occidente no necesita comenzar con columnas de tanques cruzando una frontera. Buena parte de la confrontación ya se desarrolla por debajo del umbral militar.

Durante la Administración Biden, la defensa de la unidad de la OTAN constituyó uno de los pilares de la política estadounidense hacia Rusia. Trump ha mantenido una relación mucho más ambivalente con la Alianza y ha insistido repetidamente en que los aliados europeos deben asumir una mayor parte de los costes de su defensa.

El propio presidente estadounidense aseguró recientemente estar «para nada preocupado» ante la posibilidad de un ataque ruso contra territorio de la OTAN y afirmó que Putin le había garantizado que «no va a atacar un territorio de la OTAN». Pero una cosa es que Putin no quiera iniciar una guerra abierta contra la Alianza y otra que descarte operaciones destinadas a probar sus límites. @mundiario