Trump promete golpear «muy duro» a Irán: el intercambio de fuego resucita los temores de la guerra

La guerra entre Estados Unidos e Irán, iniciada el pasado 28 de febrero, vuelve a aplicar la lógica de la escalada militar. Tras semanas en las que el gobierno de Donald Trump había priorizado la «guerra económica» mediante bloqueos portuarios y sanciones financieras, las hostilidades directas se han reanudado con fuerza. El detonante ocurrió cuando el Comando Central de EE UU (Centcom) bombardeó dos lanzadores de la Guardia Revolucionaria en la estratégica isla iraní de Larak, en el estrecho de Ormuz, argumentando que se preparaba un despliegue de cohetes y minas navales.

La represalia de Teherán rompió de inmediato el protocolo de tregua alcanzado en junio. La Guardia Revolucionaria de Irán respondió con el lanzamiento de misiles balísticos y drones contra las bases aéreas estadounidenses de Al Azraq y Rey Hussein en Jordania, provocando que el ejército jordano tuviera que interceptar al menos ocho proyectiles en su espacio aéreo. Adicionalmente, Irán extendió sus ataques con drones hacia posiciones de EE UU en los Emiratos Árabes Unidos y derribó un dron norteamericano MQ-9 Reaper sobre el Golfo Pérsico, consolidando el regreso a una dimensión de confrontación armada abierta en toda la región.

La advertencia de Donald Trump ha terminado de despejar cualquier expectativa de calma inmediata. “Vamos a golpearles duro. Habrá una respuesta”, declaró el presidente estadounidense a Fox News. La frase resume el problema actual: Washington pretende combinar la asfixia económica con la capacidad de responder militarmente, mientras Irán trata de evitar una guerra abierta de mayor intensidad sin renunciar a demostrar que conserva capacidad para golpear objetivos estadounidenses.

Según la versión estadounidense, los efectivos de la Guardia Revolucionaria Islámica estaban preparando el lanzamiento de cohetes destinados a colocar minas navales en una de las rutas marítimas más importantes del planeta.

El Mando Central estadounidense presentó la operación como una acción “limitada y precisa” contra una amenaza considerada inminente para la navegación comercial. Irán, por su parte, denunció una agresión y aseguró que el ataque provocó muertos y heridos entre sus efectivos y civiles, aunque no ofreció inicialmente un balance preciso. 

La importancia de Larak va mucho más allá de su tamaño. El estrecho de Ormuz constituye uno de los principales puntos estratégicos del comercio energético mundial. Cualquier intento de minar sus aguas, restringir la navegación o atacar buques comerciales puede provocar inmediatamente una reacción de los mercados petroleros y aumentar la presión sobre las economías importadoras.

De hecho, la reanudación de los combates provocó una subida superior al 2% del petróleo y llevó al Brent a superar los 90 dólares por barril. 

Irán responde y Trump amenaza con más ataques

La Guardia Revolucionaria afirmó haber lanzado misiles balísticos contra las bases estadounidenses Rey Hussein y Al Azraq, en Jordania, en represalia por el ataque contra Larak. Las informaciones disponibles apuntaron a que la mayor parte de los proyectiles fueron interceptados y no se produjeron daños significativos. 

Irán también aseguró que había atacado con drones la base de Al Minhad, en Emiratos Árabes Unidos. Abu Dabi negó posteriormente que la instalación hubiera sido atacada y calificó de falsas esas informaciones, aunque confirmó que sus fuerzas habían intervenido ante un dron procedente de Irán sobre sus aguas territoriales.

La secuencia revela una característica fundamental de esta guerra: cada acción está diseñada para enviar un mensaje sin necesariamente cruzar el umbral de una confrontación total. Estados Unidos golpea una infraestructura considerada peligrosa; Irán responde contra posiciones estadounidenses; Washington amenaza con nuevas represalias. El riesgo reside precisamente en que esa lógica de acción y reacción puede terminar escapando al control de sus protagonistas.

Trump ha optado, de momento, por mantener deliberadamente abierta esa incertidumbre. Su amenaza de que habrá una respuesta no especifica cuándo, dónde ni con qué intensidad. Pero el mensaje es suficientemente claro para que Teherán tenga que asumir que un nuevo ataque contra fuerzas estadounidenses puede desencadenar una operación de mayor escala.

El nuevo intercambio de fuego resulta especialmente significativo porque Washington había anunciado un cambio de estrategia. La Administración Trump había comenzado a presentar las sanciones como el principal instrumento para doblegar a Irán. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, anunció que Estados Unidos probablemente impondrá nuevas sanciones secundarias de forma semanal, inicialmente centradas en bancos y redes financieras vinculadas a Teherán. Washington pretende dificultar que terceros países y empresas mantengan relaciones económicas con Irán.

Bessent interpretó los ataques iraníes como una señal de que las sanciones están provocando un fuerte deterioro económico. Su lectura es que Teherán estaría respondiendo militarmente porque está perdiendo terreno en el ámbito financiero.

Pero esa interpretación contiene una contradicción. Si la estrategia estadounidense consiste en transformar la guerra en un conflicto de baja intensidad sostenido mediante sanciones, una cadena de nuevos ataques puede devolver al escenario militar precisamente la dinámica que Washington pretendía reducir.

La presión económica necesita tiempo para producir resultados. Una represalia militar, en cambio, puede modificar el escenario en cuestión de horas.

El estrecho de Ormuz vuelve a ser el principal foco de riesgo

La disputa por el estrecho de Ormuz explica buena parte de la tensión geopolítica actual, ya que Irán sostiene que controla esta vía y ha amenazado con actuar contra cualquier buque que incumpla las reglas impuestas por Teherán. En este sentido, la Guardia Revolucionaria ha rechazado las afirmaciones estadounidenses de que el paso marítimo permanece plenamente abierto. Mientras que para Estados Unidos garantizar la libre navegación representa una cuestión estratégica y económica fundamental, para Irán el estrecho constituye una de las pocas herramientas de presión efectivas que conserva frente a una potencia militar muy superior.

Por eso Larak adquiere una relevancia especial. El ataque estadounidense no fue simplemente una operación contra dos lanzaderas: fue también una advertencia de que Washington está dispuesto a impedir por la fuerza cualquier intento iraní de instrumentalizar Ormuz como un instrumento de coerción.

En este contexto, Trump publicó en redes sociales un vídeo generado artificialmente que presentó como la destrucción de la isla de Kharg, uno de los principales centros de exportación petrolera iraní. Sin embargo, no existían pruebas de que Estados Unidos hubiera atacado nuevamente Kharg y un funcionario estadounidense confirmó que la isla no había sido objetivo de la operación.

El vicepresidente J. D. Vance aclaró este lunes que la reciente publicación del mandatario constituye un «mensaje estratégico» directo hacia Teherán. Tras la reactivación de los bombardeos en el golfo, la advertencia de golpear el verdadero corazón energético e industrial de la nación persa busca disuadirla de ejecutar una contraofensiva de mayor magnitud. Con este movimiento retórico de presión psicológica y disuasión económica, la administración estadounidense pretende elevar exponencialmente el coste potencial de una escalada militar sin verse obligada a ejecutar de manera inmediata una incursión destructiva contra las terminales de crudo iraníes. 

«A pesar de la retórica hostil de la Guardia Revolucionaria, el presidente iraní, Masud Pezeshkian, mantiene un discurso menos beligerante y asegura que Teherán sigue buscando una solución negociada. Esta postura demuestra que Irán tampoco parece interesado en convertir el último intercambio en una guerra abierta e ilimitada. @mundiario