La fotografía de Vladímir Putin con Xi Jinping y Narendra Modi en Biskek resume buena parte de la transformación geopolítica provocada por la guerra de Ucrania. Rusia ya no dispone del mercado europeo que durante décadas sostuvo una parte esencial de sus exportaciones energéticas, pero tampoco ha quedado aislada. El Kremlin ha encontrado en China, India y otros países de Asia una red comercial, financiera y diplomática que le permite amortiguar las sanciones occidentales.
La paradoja es que sus dos socios más importantes no son aliados incondicionales. Pekín respalda la relación estratégica con Moscú, pero evita comprometerse plenamente con la guerra. Nueva Delhi compra enormes cantidades de petróleo ruso y mantiene una estrecha cooperación militar, pero Modi acaba de trasladar a Putin un mensaje inequívoco: “cada día que la guerra continúa, la humanidad retrocede un paso” y es necesario avanzar hacia “el cese de las hostilidades”.
Para Putin, la presencia de Xi en Biskek tiene un valor económico y político extraordinario. China es el principal comprador de materias primas rusas y se ha convertido en un proveedor fundamental de productos, componentes y tecnología que Moscú necesita para mantener su economía funcionando bajo las sanciones.
Pero la relación no es simétrica. Cuanto más complicada es la situación rusa, mayor es la capacidad negociadora de Pekín. China puede comprar petróleo y gas con descuento, exigir mejores condiciones comerciales y seleccionar cuidadosamente hasta dónde quiere llegar en su cooperación con el Kremlin. Rusia, en cambio, tiene menos alternativas.
La cuestión del gasoducto Poder de Siberia 2 constituye un ejemplo perfecto. Moscú lleva años presentándolo como una pieza estratégica para sustituir parte del mercado europeo perdido. El proyecto permitiría aumentar considerablemente las exportaciones de gas ruso hacia China, pero Pekín no parece tener ninguna urgencia comparable a la del Kremlin.
Según las informaciones citadas en la documentación disponible, China estaría presionando para obtener precios extraordinariamente bajos. El mensaje es evidente: Rusia necesita vender más de lo que China necesita comprar.
Una Rusia demasiado debilitada podría convertirse en un problema estratégico para China. Pero Pekín tampoco necesita que Moscú gane rápidamente la guerra ni que el conflicto provoque una desestabilización internacional que perjudique sus intereses comerciales. La política china consiste, en buena medida, en mantener a Rusia suficientemente fuerte para desafiar el predominio estadounidense, pero suficientemente dependiente como para que Pekín conserve capacidad de influencia.
India: petróleo ruso y distancia política
La posición de Narendra Modi es diferente. India necesita a Rusia por razones económicas, energéticas y militares, pero no quiere quedar atrapada en una alianza ruso-china que limite su margen de maniobra. Nueva Delhi se convirtió en uno de los grandes compradores del petróleo ruso después de la invasión de Ucrania. Los descuentos ofrecidos por Moscú permitieron a India incrementar sus importaciones y convertir parte de ese crudo en productos refinados que posteriormente podían llegar a otros mercados.
Rusia continúa siendo un socio histórico de India en materia de defensa y suministros militares. Pero el acercamiento indio a Estados Unidos y su rivalidad con China obligan a Modi a mantener un delicado equilibrio el cual la Casa Blanca ha hecho presión en el último año. Por eso su mensaje a Putin resulta especialmente significativo. “Necesitamos pasar de una guerra interminable a su fin, al cese de las hostilidades. Y tendremos que avanzar precisamente en esta dirección”, afirmó el primer ministro indio.
Putin respondió: “Muchas gracias, primer ministro. Estamos avanzando por este camino”. El intercambio es diplomáticamente calculado. Modi puede reclamar públicamente el final de la guerra sin romper su relación con Rusia. Putin puede aceptar retóricamente el llamamiento sin comprometerse con las condiciones que Ucrania y Occidente consideran necesarias para un acuerdo.
La cumbre demuestra que las sanciones occidentales han dificultado la economía rusa, pero no han conseguido aislarla completamente.
Rusia ha redirigido una parte sustancial de sus exportaciones energéticas hacia Asia. China e India han adquirido petróleo ruso mientras países de Asia Central se han convertido en rutas alternativas para mercancías, pagos y suministros. El sistema creado por Moscú no elimina las dificultades provocadas por las sanciones, pero sí reduce su capacidad para paralizar la economía rusa.
El Kremlin no necesita que India y China proclamen públicamente su apoyo a la invasión. Necesita algo más práctico: que sigan comerciando con Rusia, comprando sus materias primas y evitando incorporarse plenamente a la estrategia occidental de aislamiento. En ese sentido, las palabras de Modi son importantes políticamente, pero sus decisiones económicas lo son todavía más.
La guerra puede ser criticada y, al mismo tiempo, el petróleo ruso puede continuar entrando en los mercados internacionales. Esa es una de las características fundamentales del nuevo escenario geopolítico.
Putin y Pezeshkian: el siguiente movimiento
China puede relacionarse con Rusia, Irán, India, los países de Asia Central y, simultáneamente, negociar con Washington. Putin tiene muchas menos opciones. La dependencia rusa de China se ha intensificado desde que Europa redujo drásticamente sus compras de energía. Pekín dispone así de una posición privilegiada para obtener recursos rusos baratos y ampliar su influencia en Eurasia.
Además, la guerra entre Estados Unidos e Irán aumenta el valor estratégico de China. Pekín es uno de los principales compradores de crudo mundial y puede aprovechar las alteraciones del mercado energético mientras intenta presentarse como una potencia capaz de mantener relaciones con actores enfrentados a Washington.
La cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), que se celebra en China entre el 31 de agosto y el 3 de septiembre de 2026, no es solamente una demostración de solidaridad entre los gobiernos del Sur Global frente a la narrativa de Occidente. Es también una exhibición del cambio en el equilibrio de poder dentro del propio bloque que Rusia intenta liderar, evidenciado por el protagonismo indiscutible de Pekín y la autonomía estratégica de Nueva Delhi.
El cara a cara bilateral entre el mandatario ruso y el presidente iraní Masoud Pezeshkian añade una dimensión crítica al foro: la cita llega en plena fractura interna en Teherán tras los recientes ataques en el Golfo y pocos días después de que la mediación de EE UU forzara una frágil tregua armada entre Irán e Israel, un escenario donde Pezeshkian busca consolidar apoyos en la OCS para disuadir nuevas ofensivas contra su soberanía.
Rusia e Irán mantienen una asociación estratégica y ambos han aprendido a operar bajo sanciones. Teherán ha proporcionado a Moscú drones y cooperación militar durante la guerra de Ucrania, mientras Rusia ha ofrecido respaldo político y cooperación tecnológica. Pero la capacidad rusa para ayudar a Irán tiene límites. Moscú ya soporta el enorme coste económico y militar de Ucrania y no puede convertirse fácilmente en el salvavidas financiero de Teherán. @mundiario
