Querer marcharse de un club no debería convertir automáticamente a ningún futbolista en villano. Julián Álvarez tenía todo el derecho del mundo a considerar terminada su etapa en el Atlético de Madrid y buscar un nuevo destino. El problema estuvo en cómo decidió gestionar esa salida. Porque cuando haces público tu deseo de marcharte sin que exista detrás una operación económicamente viable puedes terminar exactamente donde ha terminado el argentino: en el mismo equipo, pero con una relación completamente diferente con su afición.
Y eso resulta especialmente llamativo porque el Metropolitano había tenido mucha paciencia con él. Su última temporada estuvo bastante lejos de lo esperado y Julián atravesó varios meses en los que no consiguió acercarse al nivel que había mostrado durante su primer curso como rojiblanco o durante sus mejores momentos en Madrid. Aun así, la grada continuó tratándole como uno de los grandes referentes del proyecto.
Todo cambió cuando decidió verbalizar públicamente su intención de salir. Durante el Mundial aseguró que un traspaso podía ser lo mejor para todas las partes y habló abiertamente de cumplir su sueño. Para entonces su representante ya había mantenido contactos con el Barcelona y el interés azulgrana era conocido. El problema era que entre querer fichar a Julián y poder hacerlo existía una distancia económica enorme.
El Atlético había establecido unas condiciones muy elevadas para plantearse su marcha. El Barcelona trasladó una propuesta de alrededor de 100 millones de euros pagaderos en varios plazos, mientras el club rojiblanco había situado anteriormente en 150 millones la cifra necesaria para comenzar a considerar una salida. Por mucha presión que pudiera ejercer el jugador, las cuentas simplemente no salían.
Ahí estuvo probablemente el mayor error de toda la estrategia. Julián y su entorno utilizaron públicamente una carta que normalmente solo funciona cuando el comprador puede acompañarla con dinero suficiente. El Barcelona hizo lo lógico desde su posición: intentar incorporar a uno de los mejores delanteros del mundo utilizando sus posibilidades económicas. Pero el argentino quedó expuesto cuando quedó claro que esa propuesta estaba demasiado lejos de lo que exigía el Atlético.
Ahora el problema de Julián no está realmente en el banquillo. Diego Pablo Simeone continúa considerándolo su mejor futbolista ofensivo y ha reconocido públicamente que quiere construir un equipo alrededor de él. Ni siquiera la llegada de Jonathan David cambia necesariamente esa jerarquía. El canadiense aumenta la competencia y ofrece otra alternativa ofensiva, pero Julián mantiene inicialmente una posición privilegiada dentro del proyecto.
El verdadero reto está en la grada
La cuestión es completamente diferente cuando se mira hacia el Metropolitano. Ahí sí existe una herida importante. Tras el partido frente al Málaga, un sector del fondo sur llegó a corear insultos contra el argentino. Días después, en su regreso al estadio frente al Villarreal, recibió una pitada muy importante desde el momento en el que se anunció su nombre.
Ese es ahora el partido que verdaderamente tiene que jugar Julián Álvarez. No necesita convencer a Simeone de que puede ser titular; necesita convencer otra vez a una afición que durante meses le consideró uno de los grandes símbolos del futuro del Atlético y que terminó interpretando su actuación durante el mercado como una falta de compromiso con el club.
Y seguramente existe una única manera de conseguirlo: volver a ser el mejor Julián Álvarez. Si recupera el delantero agresivo, móvil y decisivo de su primera temporada, si vuelve a marcar diferencias y los goles empiezan a dar puntos al Atlético, será interesante comprobar cuánto tarda el Metropolitano en cambiar los silbidos por aplausos. El propio Enrique Cerezo aseguró durante este conflicto que el argentino terminaría ganándose nuevamente a la afición. El fútbol tiene una extraordinaria capacidad para acelerar ese tipo de reconciliaciones.
Pero Julián tendrá que provocar esa reacción. Los goles pueden conseguir que una grada olvide muchas cosas, aunque difícilmente borren por completo todo lo ocurrido durante este verano. Su intento de salida terminó fracasando, el Barcelona no pudo alcanzar las condiciones del Atlético y el argentino continúa bajo las órdenes de Simeone. La incógnita ya no es si tendrá oportunidades. Las tendrá. La verdadera pregunta es si su fútbol será capaz de reconstruir el vínculo que sus decisiones fuera del campo rompieron con el Metropolitano. @mundiario
