La visita de Ursula von der Leyen a Nuuk tiene una lectura económica, pero difícilmente puede separarse de la creciente disputa geopolítica por Groenlandia. La presidenta de la Comisión Europea ha anunciado un nuevo paquete de inversiones de 200 millones de euros para 2026 y 2027, acompañado de una declaración conjunta entre la Unión Europea, Groenlandia y Dinamarca para ampliar la cooperación en sectores estratégicos.
Bruselas evita presentar formalmente esta iniciativa como una respuesta a Donald Trump. El presidente estadounidense ha insistido en la importancia de que Estados Unidos obtenga el control de Groenlandia, una posición rechazada por Dinamarca y por las autoridades groenlandesas. La nueva apuesta europea pretende, por tanto, reforzar los vínculos económicos y políticos con el territorio precisamente cuando aumenta la competencia internacional por el Ártico.
Von der Leyen resumió la posición europea en Nuuk con una afirmación inequívoca: “La integridad territorial, la soberanía y la inviolabilidad de las fronteras son principios fundamentales del derecho internacional”. La Comisión ha insistido además en que el futuro de Groenlandia corresponde decidirlo a sus habitantes y a Dinamarca.
El paquete anunciado por Bruselas forma parte de la estrategia Global Gateway y se concentra en tres grandes áreas: conectividad, energía limpia y materias primas críticas. No se trata, por tanto, de una simple transferencia presupuestaria, sino de una combinación de proyectos destinados a aumentar la capacidad económica y tecnológica de Groenlandia.
El despliegue de la estrategia de la Unión Europea en Groenlandia —reforzado tras la reciente apertura de la oficina permanente de la Comisión Europea en Nuuk y los últimos fondos de inversión— se articula bajo tres ejes prioritarios:
La primera prioridad es la conectividad digital. La UE financia el desarrollo de infraestructuras críticas de telecomunicaciones, centradas en el despliegue de cables submarinos transatlánticos y redes de conectividad satelital de baja órbita. En un territorio de más de dos millones de kilómetros cuadrados, escasamente poblado y condicionado por una meteorología ártica extrema, dotar a la isla de redes de alta velocidad estables no solo es un motor de desarrollo socioeconómico local, sino un imperativo geoestratégico fundamental frente al control de las telecomunicaciones en el Atlántico Norte.
La segunda es la transición hacia energías limpias, canalizada a través del Plan Energético de Groenlandia. El foco principal de Bruselas se concentra en cofinanciar la ampliación de la capacidad hidroeléctrica de la isla. El objetivo prioritario es doble: por un lado, reducir los elevados costes estructurales de un territorio que todavía depende de combustibles fósiles importados para su calefacción; por otro, generar el masivo superávit eléctrico que requerirán las futuras plantas de procesamiento industrial en suelo groenlandés.
La tercera pieza constituye el núcleo geopolítico de la alianza: el suministro sostenible de materias primas críticas. La Comisión Europea resalta que el subsuelo groenlandés alberga 25 de los 34 minerales catalogados como críticos por la UE —destacando yacimientos clave de tierras raras, grafito, molibdeno y niobio—. Con la puesta en marcha de la Ley Europea de Materias Primas Críticas, asegurar el acceso a estos yacimientos es vital para que las industrias comunitarias de automoción eléctrica, microelectrónica y sistemas avanzados de defensa logren reducir su actual dependencia de los controles de exportación impuestos por China.
De 225 a 530 millones: una apuesta de mayor alcance
Ahí aparece una de las razones por las que Groenlandia ha adquirido un valor muy superior al que sugeriría su reducida población. Para Europa, disponer de nuevas fuentes de materias primas significa reducir vulnerabilidades en cadenas de suministro dominadas en algunos casos por terceros países.
Sin embargo, el potencial geológico de Groenlandia no significa que esos recursos estén disponibles de forma inmediata. La explotación minera se enfrenta a condiciones particularmente difíciles: clima extremo, grandes distancias, infraestructuras limitadas y elevados costes de extracción y transporte.
Por eso la estrategia europea habla de desarrollo sostenible de las cadenas de valor, y no simplemente de extraer minerales. El acuerdo entre Bruselas y Nuuk pretende favorecer inversiones, infraestructuras y proyectos que permitan que una mayor parte del valor económico permanezca en Groenlandia. La UE y Groenlandia ya habían establecido en 2023 una asociación estratégica para desarrollar cadenas sostenibles de materias primas.
Si la relación europea se limitara a buscar minerales, difícilmente podría competir con el argumento de que Groenlandia debe beneficiarse directamente de sus propios recursos. Bruselas necesita presentarse como socio económico a largo plazo, no únicamente como comprador de materias primas.
Además, los 200 millones anunciados ahora tampoco constituyen el conjunto de la financiación europea. Para el periodo 2021-2027, la UE tiene asignados 225 millones de euros a Groenlandia. La Comisión ha propuesto elevar la financiación hasta aproximadamente 530 millones para el periodo 2028-2034, más del doble del nivel actual. No se trata solamente de responder a una crisis diplomática concreta, sino de construir una relación que pueda sostenerse durante años.
El nuevo paquete incluye además ámbitos directamente vinculados a la vida cotidiana: educación, pesca, vivienda, turismo sostenible y apoyo a pequeñas empresas. Es un aspecto relevante porque el atractivo de la UE para Groenlandia dependerá tanto de su capacidad para financiar grandes infraestructuras como de los beneficios concretos que perciba la población.
El primer ministro groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, lo resumió así: “Groenlandia necesita a la Unión Europea y la Unión Europea necesita a Groenlandia”.
¿Puede Bruselas “desarmar” la presión de Trump?
El trasfondo de toda esta operación es el cambio estratégico del Ártico. El deshielo está modificando las condiciones de navegación y facilitando un acceso progresivamente mayor a zonas de interés económico y estratégico. Al mismo tiempo, Estados Unidos, Rusia, China y los países europeos han incrementado su atención sobre la región.
Von der Leyen definió Groenlandia como un lugar donde “chocan las placas tectónicas de la geopolítica”. La Comisión prepara además una nueva estrategia europea para el Ártico, que pretende reforzar la presencia comunitaria en una región que hasta hace relativamente poco ocupaba un lugar secundario en las prioridades de Bruselas.
En ese contexto, la inversión tiene también una dimensión de autonomía estratégica europea. Si Europa quiere reducir su dependencia de determinados proveedores de minerales críticos, necesita diversificar sus fuentes. Groenlandia puede contribuir a ese objetivo, aunque no puede resolverlo por sí sola.
Los 200 millones de euros no eliminan la presión estadounidense ni modifican por sí mismos el equilibrio militar del Ártico. Tampoco resuelven la cuestión fundamental de quién controla la seguridad de la región. Lo que sí pueden hacer es cambiar el cálculo económico y político de Groenlandia. Una mayor presencia europea significa más inversiones, infraestructuras, cooperación institucional y alternativas económicas. Eso proporciona a Nuuk más margen para relacionarse con Washington desde una posición menos dependiente de un único socio.
Dinamarca, además, no está planteando sustituir a Estados Unidos por la UE. Mette Frederiksen ha señalado que Copenhague quiere trabajar estrechamente con Washington en seguridad y defensa, al tiempo que pretende reforzar la cooperación con sus aliados europeos.
La dimensión militar continuará dependiendo fundamentalmente de Dinamarca y de la OTAN. La dimensión económica, sin embargo, ofrece a Bruselas un instrumento diferente: aumentar el coste político de cualquier intento de alterar unilateralmente el statu quo y, al mismo tiempo, hacer que la relación europea resulte más útil para Groenlandia. @mundiario

